COMIENZA EL ADVIENTO Y TODOS NOS PREPARAMOS BIEN PARA RECIBIR AL NIÑO DIOS. (Homilía: 30 de noviembre de 2014, primer Domingo de Adviento).

 

 “Este adversario enemigo nuestro dondequiera que pueda procura dañar; y pues él no anda descuidado, no lo andemos nosotros”, dice Santa Teresa de Jesús, en su obra  Camino de perfección. Por su parte, San Bernardo, en un Sermón sobre los seis aspectos del Tiempo de Adviento, dice: “Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a los sabios y entendidos: los auténticos caminos de salvación. Meditad en ellos con suma atención. Profundizad en el sentido de este Adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es buena. La Iglesia no celebraría con tanta devoción este Adviento si no contuviera algún gran misterio.”

 

ESTAR VIGILANTES 

 

Una de las antífonas de entrada, del Tiempo de Adviento, dice: El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y a comunicarle vida eterna. Efectivamente, viene el Señor a visitarnos, a traernos la paz, a darnos la vida eterna prometida. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!. Así lo dijo el Señor, según el Evangelio  San Marcos, que se ofrece en la Misa de este domingo.

 

En realidad, podemos observar que se trata de palabras dirigidas, por el Señor, a cada uno de nosotros, porque los humanos tendemos a la somnolencia y al aburguesamiento. Y  fácilmente podemos perder el sentido sobrenatural que debe animar todo cuanto hacemos.

 

Sabemos que los primeros cristianos repetían con frecuencia y con amor la jaculatoria: Ven Señor Jesús. Y aquellos fieles, al ejercitar así la fe y el amor, encontraban la  fuerza interior y el optimismo necesarios para el cumplimiento de los deberes familiares y sociales.

 

ENCUENTROS INESPERADOS CON EL SEÑOR LLENOS DE CONFIANZA

 

Ahora bien, para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no habrá sorpresas, porque cada día se habrán producido muchos encuentros con Dios Nuestro Señor, llenos de amor y confianza, tanto en la recepción de los Sacramentos como en los acontecimientos ordinarios que trae consigo cada jornada.

 

Por eso, es necesario estar vigilantes, incluso en las cosas pequeñas, contra los enemigos de Dios, pero también contra la complicidad, que pueden ofrecer nuestras tendencias a las malas inclinaciones. Pero además, para conseguir la necesaria perfección interior, se precisa una constante mortificación de la memoria y de la imaginación, teniendo en cuenta que la purificación del alma, por la mortificación interior, no es algo meramente negativo. Ni se trata sólo de evitar lo que esté en la frontera del pecado.

 

 

Por el contrario, se trata muchas veces de aprender a privarse, por amor de Dios, de cosas que sería lícito no privarse. Y en esto consiste, precisamente, lo que se llama mortificación voluntaria, que tiende a purificar la mente de todo lo que no es de Dios, y se dirige, en primer lugar, a librar la memoria de recuerdos que vayan en contra del camino que nos lleva al Cielo. Y estos recuerdos pueden asaltarnos mientras trabajamos o descansamos e, incluso, mientras rezamos.

 

Y, entonces, con naturalidad, pondremos los medios para apartarlos, sabiendo hacer el esfuerzo necesario para que la mente vuelva a llenarse del amor y del deseo divino que debe dirigir cada uno de nuestros días.

 

NO PERDER EL TIEMPO EN PENSAMIENTOS INÚTILES

 

Y con la imaginación puede suceder algo parecido: que moleste inventando novelas de muy diversos tipos, urdiendo historias fantásticas que no sirven para nada. Y es el momento de no perder el tiempo en pensamientos inútiles. Y si vinieren a la mente, reaccionar con rapidez y volver serenamente a nuestra tarea ordinaria.

 

De todas formas, la purificación interior no se limita a vaciar el entendimiento de pensamientos inútiles. Va mucha más allá: el alma se dispone al diálogo con Jesucristo y la memoria trae recuerdos de las  maravillas que Dios ha hecho con nosotros y sus bondades, que encenderá de gratitud el corazón y harán más ardiente el amor. Precisamente la liturgia del Adviento nos repite muchas veces este anuncio apremiante: El Señor está  para llegar, y hay que prepararle un camino ancho, un corazón limpio. Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón puro, le pedimos, tal como se expresa el Salmo 50.

 

Y también haremos propósitos concretos de vaciar nuestro corazón de todo lo que no agrada al Señor, de purificarlo mediante la mortificación, y de llenarlo de amor a Dios con constantes muestras de afecto al Señor, como hicieron la Virgen Santísima y San José, con jaculatorias, actos de amor y de desagravio, con comuniones espirituales.

 

Y terminamos pidiéndole a la Santísima Virgen María que nuestra vida sea siempre, como pedía San Pablo, en la Carta a los primeros cristianos de Éfeso, un caminar en el amor.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EN LA FIESTA DE CRISTO REY CONTEMPLAMOS LA ESCENA DEL JUICIO FINAL. (Homilía: Solemnidad de Cristo Rey, domingo día 23 de noviembre de 2014).

 

En la Fiesta de Cristo Rey, al final del  Año Litúrgico, contemplamos la escena grandiosa del acto último que hará entrar todas las cosas en el orden de la justicia. La tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del Juicio Particular al que cada uno debe someterse inmediatamente después de la muerte. La sentencia dictada al fin de los tiempos no será sino la confirmación pública y solemne  del destino de los elegidos y de los reprobados.

 

VERDADES FUNDAMENTALES

 

El Evangelio de la Misa de este domingo pone de manifiesto la enseñanza de algunas verdades fundamentales de nuestra fe: La existencia de un juicio universal al final de los tiempos. La identificación que Cristo hace de Sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado. Finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

 

En los testimonios de los Profetas y en el Apocalipsis se representa al Mesías, como a los jueces, en un trono. Así vendrá Jesús al fin de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos. La verdad del Juicio Universal, que consta ya en los primeros símbolos de la Iglesia, es un dogma de fe definido solemnemente por el papa Benedicto XII en la Constitución  Benedictus Deus, del 29 de enero del año 1336.

 

Efectivamente, seremos juzgados sobre el amor. El Señor nos pedirá cuenta no solamente del mal que hayamos hecho sino además del bien que hayamos dejado de hacer. De esta forma, los pecados de omisión aparecen en toda su gravedad, y el amor al prójimo en su fundamento último: Cristo está presente en el más pequeño de nuestros hermanos.

 

SANTA TERESA Y EL AMOR AL PRÓJIMO

 

Escribe Santa Teresa de Jesús (Moradas, V,3): “Acá, solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección es como hacemos su voluntad… La más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios, no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os vieres aprovechadas, más los estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras: en esto yo no puedo dudar”.

 

Por la parábola, vemos con claridad que el cristianismo no puede ser reducido a una sociedad de  mera beneficencia. Lo que da valor sobrenatural a toda ayuda a favor del prójimo es hacerla por amor a Cristo, viéndole a El en el mismo necesitado. Por eso, San Pablo afirma que “aunque repartiera todos mis bienes, si no tengo caridad, de nada me sirve”. Errada será, por tanto, cualquier interpretación de esta enseñanza de Jesús sobre el Juicio Final que pretenda darle un sentido materialista, al que confunda la mera filantropía con la auténtica caridad cristiana.

 

EXIGENCIAS DE LA CARIDAD CRISTIANA

 

Precisamente, el Concilio Vaticano II, al explicar las exigencias de la caridad cristiana, que da sentido a la llamada asistencial social, dice: “El Concilio, descendiendo a consecuencias prácticas y de máxima urgencia, inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno considere al prójimo, sin excepción alguna, como “otro yo”, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para no caer en la imitación de aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro (San Lucas, 16, 18-31). En nuestra época especialmente urge la obligación de hacernos prójimos del cualquier hombre que sea y de servirlos con efectividad, ya se trate de un anciano abandonado de todos, ya sea un trabajador extranjero injustamente despreciado, ya sea un desterrado, o un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no cometió, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me los hicisteis” (Gaudium et spes, nº 27).

 

 RÉPROBOS O ELEGIDOS

 

Finalmente, recordemos que la existencia de un castigo eterno para los réprobos y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia, en Concilio Lateranense IV, del año 1215: “Jesucristo ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras -buenas o malas-: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA VIDA EN LA TIERRA ES EL TIEMPO PARA ADMINISTRAR LA HERENCIA DEL SEÑOR Y ASÍ GANAR EL CIELO. (Homilía del 16 de noviembre de 2014: Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario)

 

La vida en la tierra, como nos enseña Jesucristo, en el Evangelio de este domingo trigésimo tercero del Tiempo Ordinario, es un tiempo para administrar la herencia del Señor, y así ganar el Cielo. En la parábola que aparece en el texto evangélico, describe a un hombre que distribuye su hacienda, según la capacidad de cada uno de los receptores. Con todo, aún al que recibió un solo talento le fue confiado mucho. Y, como sabemos, pasado algún tiempo, el señor regresó del viaje y pide rendición de cuentas a sus servidores.

 

El significado de la parábola es claro. Pensemos que los siervos somos nosotros: los talentos son las condiciones con que Dios ha dotado a cada uno (la inteligencia, la capacidad de amar, de hacer felices a los demás, los bienes temporales, etc.). Por su parte, el tiempo que dura el viaje del amo es la vida; el regreso inesperado, la muerte; la redención de cuentas, el juicio; entrar en el banquete, el Cielo.

 

Por otra parte, no somos dueños, sino administradores de unos bienes de los que hemos  de dar cuenta. Porque, como nos enseña el Señor, en el Evangelio de este domingo, la vida de la tierra es un tiempo para administrar la herencia del Señor; y así ganar el Cielo.

 

EL MEJOR NEGOCIO, GANAR LA FELICIDAD ETERNA

 

Y así actuaron los dos primeros siervos de la parábola de los talentos, que nos narra el Evangelio de este domingo. Pues, efectivamente, pusieron a la ganancia los talentos recibidos y ganaron con ellos otro tanto. Por eso, cada uno de ellos pudo oír de labios del Señor estas palabras: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor. Y así hicieron el mejor negocio: ganar la felicidad eterna. Porque, los bienes de esta vida, aunque sean muchos, son siempre lo poco en relación con lo que Dios dará a los suyos.

 

Por contraste, el tercero de los siervos, enterró su talento en la tierra, no negoció con él. Perdió el tiempo y no sacó provecho. Porque, en realidad, enterrar el talento que Dios nos confía, significa que hemos tenido capacidad de amar y no hemos amado. Hemos podido hacer felices a los demás y desaprovechamos la oportunidad que presenta el compartir el mismo trabajo, las mismas tareas; hemos podido dar a los demás miembros de la familia, y nos hemos dejado llevar de la comodidad y del egoísmo.

 

Convenzámonos de que no basta, no es suficiente, “no hacer el mal”, es necesario “negociar el talento”, hacer positivamente el bien. Por ejemplo, para el estudiante, hacer el bien es tratar de conseguir, a conciencia, mejorar sus estudios. Así como para un profesional o para un ama de casa, hacer rendir los talentos significará  realizar un trabajo ejemplar, intenso, en el que se tiene presente la puntualidad y los rendimientos efectivos.

 

PREOCUPACIÓN POR LOS DEMÁS

 

Pensemos también que Dios Nuestro Señor, de una manera particular, nos pedirá cuentas de aquellos que, por diversos títulos, ha puesto a nuestro cuidado. Dice San Agustín que quien está al frente de sus hermanos y no se preocupa de ellos es como un espantapájaros, un guardián de paja, que ni siquiera sirve para alejar los pájaros.

 

Examinemos también la calidad de nuestro estudio o de nuestro quehacer profesional. Cualquiera que sea. Pidamos luces al Señor para que, si fuere necesario, reaccionar con firmeza y con la ayuda de la gracia que no nos faltará. Porque, en realidad cuando se lleva una vida cristiana tal como está mandado, pronto se desarrolla la propia personalidad, las posibilidades que encierra toda persona, la capacidad de amistad, de cordialidad, etc.

 

Hemos de ejercitar esas cualidades en la iniciativa llena de fe para vencer los falsos respetos humanos, y provocar una conversación que anime a nuestros parientes, amigos y compañeros de trabajo a mejorar en su vida espiritual o profesional, en su carácter, en sus deberes familiares. Y también hemos de mantener una conversación que facilite recibir los sacramentos a un amigo o a un pariente enfermo.

 

Dios espera igualmente de nosotros, una conducta reciamente cristiana en la vida pública: el ejercicio responsable del voto, la actuación, según la propia capacidad, en los colegios profesionales, en las asociaciones de padres en los colegios de los hijos, en los sindicatos, en la propia empresa, de acuerdo con las leyes laborales del país y poniendo los medios (aunque fueran pocos o pequeños) para mejorar una legislación si ésta fuera menos justa o claramente injusta en materias fundamentales, como son el respeto a vida, la educación, la familia…

 

La Confesión frecuente nos ayudará a evitar las omisiones que empobrecen la vida de un cristiano. En la misma Confesión, ha de prestarse especial atención a los deberes descuidados, a las ocasiones de hacer el bien desaprovechadas, a los momentos perdidos, al amor al prójimo. Han de despertarse en ella, frente a las omisiones, un profundo y serio pesar y una decidida voluntad de luchar conscientemente contra las omisiones de las que, en alguna forma, tengamos conciencia.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


TODOS LOS CATÓLICOS HEMOS DE SER CUIDADOSOS EN HACER BIEN LA GENUFLEXIÓN, ANTE EL SAGRARIO DE NUESTROS TEMPLOS. (Domingo, 9 de noviembre de 2014, Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, templo oficial de los Papas)

Todos los fieles, sacerdotes y laicos, hemos de ser tan cuidadosos del culto divino, que puedan con razón llamarnos celosos más que amantes, para que imitemos al mismo Jesucristo de quien son estas palabras, contenidas en el Evangelio de San Juan: “El celo de tu casa me consume”, que consideramos, precisamente, en el Domingo día 9 de noviembre de 2014, fecha en la que se celebra la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán,  templo Oficial de los Romanos Pontífices.

 

CELO POR LA CASA DE DIOS

 

Precisamente, el celo por la casa de Dios, por su honor y su gloria, constituye una enseñanza central del Mesías, que Cristo realiza al arrojar enérgicamente a los mercaderes del Templo; y en su predicación, en varias ocasiones,  insistirá en el respeto con que deben tratarse los dones divinos, como relata el Evangelio de San Mateo, con palabras muy claras: no deis a los perros las cosas santas, no echéis vuestras perlas a los cerdos.

 

Hoy, por desgracia, un buen número de católicos, asistimos en muchos lugares, a un ambiente de desacralización, en el que late una concepción atea de la persona, para la cual  -dice el Papa San Juan XXIII, en la EncíclicaMater et Magistra, del 15 de mayo de l961- “el sentido religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o imaginación, y que debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contrario absolutamente al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización”.

 

Considero, por ejemplo, como crecen y salen por todas partes, incluso en personas que se llaman cultas, las prácticas adivinatorias, el culto desordenado y enfermizo a la estadística, a la planificación, a la incredulidad. Es decir que, en lo íntimo de su conciencia, el hombre atisba la existencia de Alguien que rige el universo, pero como no se deja dominar por la fe, su mente se llena de supersticiones.

 

NUESTROS TEMPLOS DEBEN SER VERDADERAS CASAS DE ORACIÓN

 

Por eso, la Santa Madre Iglesia nos recuerda que sólo Dios es nuestro único Señor. Y ha querido determinar muchos detalles y formas de culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. Y así, no sólo enseña que la Santa Misa es el centro de toda Iglesia y de la vida de cada cristiano, sino que además nos precisa que nuestras iglesias deben ser verdaderos templos y casas de oración. Y así, ha dispuesto que los templos estén abiertos en las horas convenientes  “para que los fieles puedan fácilmente orar ante el Santísimo Sacramento”, dijo el beato Pablo VI, en el año 1967, en la Instrucción Eucharisticum mysterium. E igualmente dispone como ha de estar colocado el Sagrario, aL que alumbra una lámpara de cera y que sea lo primero que divise un fiel al entrar en un templo católico.

 

Todas estas indicaciones muestran que las cosas sagradas están unidas de manera especial a la Santidad divina. Con ellas, el Señor hace valer la plenitud de sus derechos. Y en aquel pueblo israelita, tentado tan frecuentemente por los ritos paganos, Dios trató  siempre de infundir un profundo respeto por lo sagrado. Y así vemos como Jesucristo subrayó esta enseñanza, con un espíritu nuevo.

 

Como sabemos, el incienso, las inclinaciones y genuflexiones, el tono de voz adecuado a las ceremonias, la dignidad de la música sacra, de los ornamentos y objetos sagrados, el trato y decoro de estos elementos de culto, su limpieza y cuidado, han sido siempre la manifestación de un pueblo creyente. El mismo esplendor de los materiales litúrgicos facilita la comprensión de que se trata sobre todo de un homenaje a Dios.

 

Al Señor tampoco le es indiferente que vayamos a saludarlo al entrar en una iglesia, el que seamos puntuales en llegar a la Santa Misa, el que hagamos la genuflexión delante del Señor, presente en el Sagrario, las posturas o recogimiento que guardamos en su presencia, y sobre todo que no olvidemos que el templo es el lugar donde damos culto a Dios, porque allí está con una presencia verdadera, real y substancial.

 

Mi casa será casa de oración. ¡Qué claridad tiene la expresión que designa al templo como la casa de Dios! Como tal hemos de tenerla. A ella hemos de acudir con amor, como conviene al lugar donde está, ¡esperándonos!, el mismo Dios.Y al mismo tiempo, hay unas actitudes que podemos llamar “urbanidad de la piedad”, como son el santiguarse con agua bendita, el hincar la rodilla ante el Sagrario o el inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de Nuestra Señora, la Virgen María.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.