TODA LA VIDA HUMANA SE PRESENTA COMO LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL. (Homilía: 4º Domingo del Tiempo Ordinario: 1-II-2015).

 “Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha –lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas”. Así lo afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes.

 

De ahí la razón por la que hemos de dar todo su sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal,manteniendo a raya la concupiscencia del pecado y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado.

 

Además del hecho histórico concreto que nos muestra el Evangelio de este Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, con la luz de la fe podemos ver en este poseso a todo pecador que quiere convertirse a Dios, librándose de Satanás y del pecado, pues Jesús no ha venido a liberarnos “de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma”, como afirma San Agustín.

 

LÍBRANOS, OH SEÑOR, DEL MALIGNO

 

Y en tales circunstancias, es muy oportuno recordar la oración que nos enseñó, en el Mensaje a la Humanidad, el Papa San Juan Pablo II: “Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no nos dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo”.

 

Por eso, la Iglesia nos enseña que existen pecados mortales por naturaleza  -que causan la muerte espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural-, mientras otros son veniales, los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves.

 

Ya el mismo San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, nos recuerda que fuimos rescatados a un precio muy alto y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo a la esclavitud. Y añade que hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestras almas el afán de ser buenos cristianos. Y también procurar sentir, en el alma y en el corazón, horror al pecado mortal y abominar igualmente el pecado venial deliberado, que puede suceder que nos lleve a debilitar los cauces, por los que se puede llegar a privarnos de la gracia divina.

 

TENER HORROR AL PECADO MORTAL

 

Ahora bien, ante todo y sobre todo debemos tener horror al pecado mortal que es la peor desgracia que le puede suceder a un cristiano. Por eso, es bueno que consideremos que cuando nos movemos por el amor, todo sirve a la gloria de Dios y nos santifican las mismas realidades terrenas. Por el contrario, cuando uno se deja seducir por el demonio, se introduce, en lo que tal hace, un principio de desorden, que aleja de Dios y es causa de todos las maldades.

 

Pidamos, por tanto, al Señor, por medio de Nuestra Madre la Santísima Virgen, la pureza de conciencia que nos lleve a abominar toda ofensa a Dios Nuestro Señor, y también a hacer nuestro el lamento del profeta Jeremías: Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Javéh. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua. Y San Pablo, en la Carta a los Romanos, precisa: habiendo conocido a Dios no lo glorificaron como Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar  de adorar al Creador.

 

Para terminar, pensemos que el pecado, un solo pecado, ejerce, de una forma a veces oculta y otras visible y palpable, una misteriosa influencia sobre la familia, los amigos, la Iglesia y sobre la entera humanidad. Si un sarmiento enferma, todo el organismo se resiente. Si un sarmiento queda estéril, la vid no produce ya el fruto que de ella se esperaba. Es más, otros sarmientos pueden también enfermar y morir.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


TODO CRISTIANO NECESITA VIGILAR QUE LOS BIENES CREADOS NO LE IMPIDAN LA UNIÓN CON DIOS. (Homilía: Domingo III del Tiempo Ordinario: 25-I-2015).

 

El Evangelio de la Misa de este Domingo III del Tiempo Ordinario, narra la llamada de Cristo a cuatro de sus discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores y se encuentran trabajando, echando las redes o arreglándolas, cuando Jesús pasa y les llama. El llamamiento que reciben es definitivo: seguidme y os haré pescadores de hombres. Jesús emplea un símil sacado de su profesión, la pesca, para señalarles su nueva misión.

EVITAR LA EXCESIVA PREOCUPACIÓN POR LO MATERIAL

Estos pescadores, al instante, lo dejaron  todo para seguir al Maestro. Por lo tanto, pensemos nosotros que, para seguir a Cristo es necesario tener el alma libre de todo apegamiento: del amor a sí mismo en primer lugar, de la excesiva preocupación por la salud, el futuro, las riquezas y los bienes materiales. Porque cuando el corazón se llena de los bienes de la tierra ya no queda lugar para Dios.

 

Si este desasimiento es real, se manifestará en muchos hechos de la vida ordinaria, pues siendo bueno el mundo creado, el corazón tiende a apegarse desordenadamente a las criaturas y a las cosas. Por eso, el cristiano necesita una vigilancia continua y un examen frecuente, para que los bienes creados no impidan la unión con Dios, sino que sean un medio para amarle y servirle.

 

“Vigilen, pues, todos para ordenar rectamente sus afectos –advierte el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium-, no sea que, en el uso de las cosas de este mundo y en el apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte del espíritu de pobreza evangélica y de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del apóstol San Pablo a los Corintios”.

EL DESASIMIENTO CRISTIANO NO ES UN DESPRECIO DE LOS BIENES

El desasimiento cristiano no es un desprecio de los bienes materiales, si se adquieren y se utilizan conforme a la voluntad de Dios, sino hacer realidad, en la propia vida, aquel consejo del Señor: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Cuanto mayor es el desprendimiento, se descubre que mayor es la capacidad de querer a los demás y de apreciar la bondad y la belleza de la creación.

 

Pero un corazón tibio y dividido, dado a compaginar el amor a Dios y a los bienes materiales, a la comodidad y al aburguesamiento, muy pronto desalojará a Cristo de su corazón y se encontrará prisionero de los bienes, que entonces se han convertido para él en males.

 

No debemos olvidar que todos arrastramos como secuela del pecado original la tendencia a una vida más fácil, al afán de dominio, a la preocupación por el futuro. Y a esta tendencia, que existe en todo corazón, se une la carrera desenfrenada por la posesión y disfrute de los medios materiales, como si fuera lo más importante de la vida, que parece extenderse cada vez más en la sociedad en que vivimos. En todas partes se observa una clara tendencia, no al legítimo confort, sino al lujo de no privarse de nada placentero. Es una gran presión que se hace sentir por todas partes y que no debemos olvidar, si queremos de verdad mantenernos libres de estas ataduras para seguir a Cristo y ser ejemplos vivos de templanza, en medio de esa sociedad que debemos conducir hasta el Señor.

EL CORAZÓN HUMANO SOLO ENCUENTRA LA FELICIDAD EN DIOS

La abundancia y el disfrute de bienes materiales nunca darán la felicidad al mundo; el corazón humano sólo encontrará, en su Dios y Señor, la plenitud para lo que fue creado.  Cuando no se actúa con la necesaria fortaleza para vivir este desprendimiento, el corazón se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de los bienes que ha acumulado en su vida.

 

Ahora bien, el desasimiento cristiano no tiene nada que ver con la suciedad y dejadez, con el desaliño o falta de educación. Jesús siempre va bien vestido. Su túnica es en el calvario objeto de sorteo, porque era sin costura y de un solo tejido de arriba abajo. Por su parte, la casa de la Sagrada Familia en Nazaret era modesta, limpia, sencilla, ordenada, alegre, sin desperfectos no recompuestos por dejadez o desidia, agradable, donde daba gusto estar.

 

Por lo tanto, examinemos si somos generosos con lo que tenemos y usamos, si nuestros amigos y familiares nos conocen porque vivimos con sobriedad, si evitamos gastos que son en el fondo capricho, vanidad, aburguesamiento…

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 

 


DEJEMOS QUE NUESTRA VIDA ESTÉ AFECTADA POR LOS PLANES DE DIOS. (Homilía: 18-I-2015. 2º Domingo del Tiempo Ordinario)

El apóstol San Juan junto con San Andrés fueron discípulos del Bautista cuando éste bautizaba en el río Jordán y señaló, al ver pasar a Nuestro Señor Jesucristo: He aquí el Cordero de Dios. Al oír esto fueron tras el Señor y pasaron con El aquel día. Y sabemos que San Juan y San Andrés nunca olvidaron este encuentro. Aunque cada uno lo hizo en dimensión propia. San Juan señalará que eran las cuatro de la tarde.

 

Efectivamente, San Juan volvió a su  casa de Betsaida, situada a orillas del lago de Galilea, a seguir con su trabajo de pescador. Pero el Señor, tras haberle preparado, desde aquel  primer encuentro, le llama a formar parte del grupo de los Doce Apóstoles. Y siendo el más joven de todos, se entregó con el corazón entero, con un amor indiviso y exclusivo, dejando que toda su vida estuviese afectada por los planes del Señor.

 

Por eso, desde este  momento, la vida de San Juan Evangelista estuvo centrada en  su Señor y Maestro. Y, en su fidelidad a Jesús, encontró el sentido de su vida. No opuso ninguna resistencia a la llamada, y supo estar en el Calvario, al pié de la Cruz junto a la Virgen Dolorosa, cuando los demás Apóstoles habían desaparecido. Y así ha de ser nuestra vida, pues aunque el Señor hace llamamientos especiales, toda su predicación es una invitación a seguirle algunos con una vocación específica, aunque de cada uno espera una fidelidad alegre y firme, en todos los momentos de la vida.

 

MUESTRAS DE CONFIANZA DEL SEÑOR, EN SAN JUAN

 

Por los Evangelios, sabemos que San Juan recibió del Señor muestras particulares de amistad y de confianza. Incluso le tuvo un especial afecto. Dejando constancia de ello, por ejemplo, en el momento solemne de la Última Cena, cuando el mismo Jesús les anuncia a los Apóstoles la traición de uno de ellos, y Juan no duda en preguntar al Señor, apoyando la cabeza sobre su pecho, quien iba a ser el traidor.

 

Y la suprema expresión de confianza del Señor en San Juan tiene lugar cuando, desde la Cruz, le hace entrega de su Madre, el amor más grande que tuvo en la tierra. Por lo tanto, si fué trascendental, en la vida de San Juan Apóstol, el momento en que Jesús le llamó para que le siguiera, en el Calvario y cuando estaba en la Cruz, le hace el encargo de cuidar de la Madre de Dios, María Santísima.

 

Por eso, hoy es un buen día para que miremos a San Juan Apóstol, como si nos representara a todos los cristianos y nos invitara a que vivamos como auténticos hijos de María, amándola como hijos suyos que somos, porque Ella, en Cristo, nos ha recibido a todos. Precisamente, San Ambrosio, según el Comentario a Gálatas, cuando ya era muy anciano, les repetía a sus discípulos: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. Y le preguntaron por su insistencia en repetir siempre lo mismo. Y él respondió: “Este es el mandamiento del Señor y, si se cumple, él solo basta.”

 

ENCUENTROS DEL SEÑOR CON SAN ANDRÉS

 

Por su parte, el Evangelio de este domingo nos habla también de los encuentros del Señor con San Andrés, hermano de San Pedro. Y añade que era uno de los que oyeron a Juan el Bautista y siguieron a Jesús. Y junto con San Juan les preguntan al Señor donde vive. Y Él les responde: Venid y veréis. Y precisamente, un santo tan intelectual como Santo Tomás de Aquino, comenta estas palabras afirmando: “Es en el trato personal con el Señor donde Andrés y Juan conocieron por experiencia propia, aquello que con las solas palabras no hubieran entendido del todo”.

 

No olvidemos, por lo tanto, que Jesús sigue presente en el mundo, con la misma realidad de hace veinte siglos, y busca colaboradores que le ayuden a salvar almas. Y así fue ciertamente: Juan lleva a su amigo Andrés a Jesús y después  el mismo  Andrés llevará a su hermano Pedro. Lo cual nos enseña que el encuentro con el Señor dejó a Andrés tan lleno de felicidad y de gozo, que sintiendo tanta alegría le era necesario comunicarla enseguida. Y así, el primero que encontró fue su hermano Pedro.

 

Precisamente, San Juan Crisóstomo comenta este suceso afirmando que Andrés, después de haber estado con Jesús, tras de haberle tratado aquel día, “no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle partícipe de su dicha”. Y lo llevó hasta Jesús. Y esta es nuestra tarea: llevar a Cristo a nuestros parientes, amigos y conocidos, hablándoles con un convencimiento que persuada, como dice San Juan Crisóstomo. Porque verdaderamente, quien encuentra a Cristo lo encuentra para todos y, en primer lugar para los más cercanos: parientes, amigos, colegas…

 

Pensemos también que el Señor se vale con frecuencia de los lazos de la sangre, de la amistad, etc., para llamar a otras almas a seguirle. Y esos vínculos pueden  abrir las puertas del corazón de nuestros parientes y amigos, que a veces no se mueven debido a prejuicios, miedos, ignorancia, reserva mental o pereza.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid


INSTITUCIÓN DEL BAUTISMO: OBLIGACIÓN Y ALEGRÍA DE RECIBIR ESTE SACRAMENTO. (Homilía: 11-I-2015. Fiesta del Bautismo del Señor)

 

Según el Catecismo Romano, en la historia del Bautismo, existen dos momentos diversos: el primero es cuando lo instituyó Nuestro Señor Jesucristo, y el segundo, cuando se estableció la obligación de recibirlo. Respecto al primero, es evidente que Nuestro Señor instituyó este sacramento cuando, bautizado por Juan el Bautista, en el río Jordán, dió al agua la virtud de santificar. Y concluye su establecimiento cuando dice a los discípulos: “id por el mundo entero y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

 

PRESENCIA VISIBLE DEL ESPÍRITU SANTO

 

Una vez que es bautizado el Señor, por Juan el Bautista, se observa la presencia visible del Espíritu Santo, en forma de paloma, como símbolo de la paz y reconciliación entre Dios y los hombres, señalando, de esta forma, el comienzo de la Vida Pública de Jesucristo. Y Santo Tomás de Aquino, en la obra –Suma Teológica- señala precisamente que “el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús guarda relación con el Sacramento con el que todos después iban a ser bautizados, pues los que son bautizados, con el Bautismo de Cristo, reciben el mismo Espíritu Santo”.

 

Por su parte, los Santos Padres de la Iglesia comentan que el Señor fue a recibir este bautismo para cumplir toda justicia, para darnos ejemplo de humildad, para ser conocido por todos, para que todos creyeran en El y para dar fuerza vivificante al agua del Bautismo. Precisamente, el mismo San Agustín, en uno de sus sermones, dice que “desde el Bautismo de Cristo en el agua, ésta borra los pecados de todos”.

 

TIEMPOS DEL BAUTISMO

 

El Catecismo Romano señala que deben notarse dos tiempos diversos del Bautismo: el primero, cuando el Salvador lo instituyó, y el segundo, cuando se estableció la obligación de recibirlo. Respecto a lo primero, es evidente que Nuestro Señor instituyó este Sacramento cuando, bautizado Él mismo por San Juan Bautista, dió al agua la virtud de santificar”.

 

“Respecto a lo segundo –añade el mismo Catecismo-, esto es, al tiempo en que se dio la ley acerca del Bautismo, no hay razón para dudar. Porque están conformes los Santos Padres en que fue cuando, después de la Resurrección del Señor, mandó a los Apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

 

COMIENZO DE LA VIDA PÚBLICA DEL SEÑOR

 

Como sabemos, la presencia visible del Espíritu Santo, en forma de paloma, señala el comienzo de la Vida Pública del Señor. Y también conocemos, por los “Hechos de los Apóstoles”, como, el Día de Pentecostés se apareció, de manera visible, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, en forma de lenguas de fuego, en el momento en el que la Santa Madre Iglesia comenzaba su camino, entre las naciones.

 

Precisamente, en la oración colecta del Día del Bautismo del Señor se dice: Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que Él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, la perseverancia continua en el cumplimiento de tu voluntad.

 

Y verdaderamente es así, porque el Bautismo nos inició en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural. Es la nueva vida que predicaron los Apóstoles y de la que habló Jesús a Nicodemo, con las siguientes palabras: En verdad te digo que quien no naciera de arriba no podrá entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. Por eso, hoy, es un buen día para agradecer a nuestros padres que, quizá a los pocos días de nacer o tal vez el mismo día del nacimiento –como fué mi caso- nos llevaron a la Iglesia a recibir el Santo Sacramento del Bautismo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.