LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, ANTICIPO DE NUESTRA GLORIFICACIÓN. (Homilía: 1-III-2015. 2º Domingo de Cuaresma)

 

 La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, en el Monte Tabor, fue un signo o anticipo no sólo de su glorificación, sino también de la nuestra. Lo explica muy bien el apóstol San Pablo, en la Carta a los Romanos, cuando dice: “El Espíritu mismo da testimonio, junto con  nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con El, para ser también con El glorificados”.

 

El célebre Fray Luís de León, en su obra Los nombres de Cristo, en el libro tercero, titulado El Amado, trata de revelar que el mismo Jesucristo es el Hijo Unigénito del Padre, y cumpliendo así las profecías del Antiguo Testamento, lo comenta afirmando que “es Cristo El Amado, esto es, el que antes ha sido, y ahora es y será para siempre la cosa más amada de todas, porque ni una criatura sola, ni todas las criaturas juntas, son de Dios tan amadas, y porque El solo es el que tiene verdaderos adoradores de sí”.

 

SANTO TOMÁS DE AQUINO: SIGNIFICADO DE LA TRANSFIGURACIÓN

 

Por su parte, el más sabio de todos los teólogos, Santo Tomás de Aquino, en su obra  la Suma Teológica, explica el significado de la Transfiguración del Señor, con las siguientes palabras: “Así como en el Bautismo del Señor, donde fue declarado el misterio de la primera regeneración, se mostró la acción de toda la Trinidad, ya que allí estuvo el Hijo Encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma, y allí se escuchó la voz del Padre; así también la Transfiguración, que es como el sacramento de la segunda regeneración (la resurrección), apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube; porque así como Dios Trino da inocencia en el Bautismo, de la misma manera dará a sus elegidos el fulgor de la gloria y el alivio de todo mal en la Resurrección.”

 

Ahora bien, la verdad de la Resurrección de los Muertos no es una novedad del Nuevo Testamento, sino que estaba ya revelada en el Antiguo Testamento, como se puede ver en el Libro de Daniel o en el Segundo de los Macabeos y los mismos judíos piadosos creían en ella. Sin embargo no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque solo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que estaban también profetizados sus sufrimientos y su muerte por el profeta Isaías.

 

CRISTO MUESTRA SU GLORIA EN LA TRANSFIGURACIÓN

 

Y también nos puede venir a la mente el preguntarnos ¿en qué consistió la Transfiguración del Señor? Y debemos tener en cuenta que para entender de algún modo este hecho milagroso, el Señor, para redimirnos con su Pasión y Muerte, renunció voluntariamente a la gloria divina y se encarnó en carne pasible, haciéndose –como dice San Pablo en la Carta Hebreos-, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.

 

Efectivamente, Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria que Él nos dará, y así, con esta esperanza, podemos entender que –como dice San Pablo en la Carta a los Romanos-, “los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros.”

 

Por lo tanto, hermanos, en este domingo Segundo de Cuaresma contemplemos admirados esta manifestación de la gloria del Hijo de Dios, a los tres discípulos más queridos: Pedro, Santiago y Juan. Y pensemos que, desde la Encarnación, la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo estaba, en cierto modo, oculta tras su Humanidad. Pero el mismo Cristo quiso manifestar precisamente a estos tres discípulos predilectos, que iban a ser las columnas de la Iglesia, el esplendor de su gloria divina, con el fin de que cobraran ellos y nosotros, a lo largo de siglos, el aliento suficiente para recorrer el camino que deberíamos andar, sabiendo –como se dice en los Hechos de los Apóstoles-, que “nos es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


SUFRIR LAS TENTACIONES PUEDE SER LA OCASIÓN DE PROGRESO EN LA VIDA CRISTIANA (Homilía: Primer Domingo de Cuaresma. 22-II-2015)

La descripción que San Marcos hace de las tentaciones del diablo, que el Señor sintió en la Montaña, es mucho más corta que la que nos ofrecen San Mateo y San Lucas, pero el contenido y las enseñanzas son las mismas. Efectivamente,  Jesús al sufrir las tentaciones del demonio en el desierto, quiso enseñarnos, sometiéndose a las propias tentaciones, que éstas no son de temer, sino que, por el contrario, pueden ser la ocasión de un progreso en la propia vida cristiana.

 

PORQUÉ DIOS PERMITE LAS TENTACIONES

 

“Dios permite las tentaciones –dice San Alfonso María de Ligorio, en su obra Práctica del Amor a Jesucristo”- en primer lugar, para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios para no caer. En segundo lugar, Dios las permite para que cada uno aprenda a vivir desprendido de las cosas materiales y desee más fervorosamente llegar a la contemplación de Dios, en el Cielo. Y en tercer lugar, para enriquecernos de méritos.”

 

“En efecto –sigue diciendo San Alfonso María-, cuando el alma comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de caer en el pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes que pecar, se humilla y se abandona en los brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a Dios más estrechamente, como atestigua la experiencia”.

 

Por otra parte, como lo vemos en el Evangelio de este primer domingo de Cuaresma, en relación con el mismo Señor, nunca faltará en las tentaciones la ayuda divina. Precisamente, dice San Josemaría, “Jesús ha soportado la prueba. Una prueba real. El demonio, con intención torcida, ha citado el Antiguo Testamento: Dios mandará a sus ángeles, para que protejan al justo en todos sus caminos (Salmo 90). Pero Jesús, rehusando tentar a su Padre, devuelve a ese pasaje bíblico su verdadero sentido. Y, como premio a su fidelidad, cuando llega la hora, se presentan los mensajeros para servirle”. Y concluye el mismo santo diciendo que también nosotros “hemos de llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas.”

 

Y, en realidad, es impresionante también, lo que dice el Evangelio, a continuación de las tentaciones sufridas en el desierto: “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca del reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”. 

 

CONVERSIÓN HACIA DIOS

 

Ciertamente, la inminente llegada del Reino exige una conversión hacia Dios. Ya los profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel, lejos de Dios, como decían los profetas. Y ahora, tanto Juan Bautista como Cristo y los Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida, como condición previa para recibir el Reino de Dios.

 

El mismo Papa, San Juan Pablo II ha recalcado la importancia de la conversión de cara al Reino de Dios, expresión clara de su misericordia: “Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno, a medida del Creador y Padre: el amor, que “Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo”, como dice  San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la Cruz, hasta la Muerte y Resurrección de su Hijo. Por  tanto, la conversión a Dios es siempre fruto de este Padre, rico en misericordia.

 

El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor,es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose. Viven pues in statu conversiones. Este estado es la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre sobre la tierra in statu viatoris.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


PREPARACIÓN Y CONFESIÓN PARA RECIBIR A CRISTO EN LA COMUNIÓN. (Homilía: VI Domingo del Tiempo Ordinario: 15-II-2015)

 

 La Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario, último antes de entrar en la Cuaresma, nos enseña la preparación –con la Confesión- con que debemos recibir a Cristo en la Comunión, y la devoción con que debemos hacerlo. Es decir que las palabras Preparación y Confesión, pueden y deben ser el título y el resumen  de esta Homilía, sin darle más vueltas.

 

Pensemos que en la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: Quiero, queda limpio. El mismo que contemplan y alaban los ángeles y los santos por toda la eternidad. Por eso, cuando nos acerquemos al Sagrario, debemos pensar que allí le encontramos siempre. Y debemos considerar también que esta presencia de Jesús, en medio de nosotros, debería renovar cada día nuestra  vida. Y deberíamos también preguntarnos muchas veces: ¿con qué fe le visitamos?, ¿con qué amor le recibimos?, ¿cómo disponemos nuestra alma y nuestro cuerpo cuando nos acercamos a la Comunión?

 

PODEMOS QUEDAR DIVINIZADOS EN LA COMUNIÓN

 

El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús, en la Comunión. Hasta los ángeles se asombran de tan gran Misterio. El alma de Cristo está en la Hostia Santa, y todas sus facultades humanas conservan en ella las mismas propiedades que en el Cielo.

 

Enseña Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, que el Cuerpo de Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía, tal como es en sí mismo, y el Alma de Cristo con su inteligencia y voluntad; se excluyen sólo aquellas relaciones que hacen referencia  a la cantidad, pues no está Cristo presente en la Hostia Santa a la manera de una cantidad localizada en el espacio.

 

Por lo tanto, de un modo misterioso e inefable está con su Cuerpo glorioso. Y añade Santo Tomás que “el Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a  cada persona en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación.

 

LA COMUNIÓN RECIBIDA  CON LAS DEBIDAS DISPOSICIONES OFRECE UN ALIMENTO ESPIRITUAL

 

Como sabemos, en la Comunión, recibida con las debidas disposiciones, el Señor no sólo ofrece un alimento espiritual, sino que suscita, en el alma, fervientes actos de amor y nos impulsa eficazmente hacia Dios.

 

Tengamos en cuenta que, en la Sagrada Eucaristía, nos espera Jesús para restaurar nuestras fuerzas. Según el Evangelista San Mateo, decía el Señor: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Por lo tanto, mientras estemos en el tiempo de la Iglesia militante, Jesús permanecerá con nosotros como la fuente de todas las gracias que nos son necesarias.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA MISIÓN DE TODOS LOS CATÓLICOS ES LLEVAR LA DOCTRINA DE JESUCRISTO HASTA EL ÚLTIMO RINCÓN DE LA TIERRA. (Homilía: 8-II-2015. 5º Domingo del Tiempo Ordinario)

“La misión de la Iglesia y, por tanto de los cristianos de todos los tiempos, es la de llevar la doctrina de Jesucristo hasta el último rincón de la tierra. Por eso, la Santa Iglesia Católica recuerda, con frecuencia, a los fieles, la llamada que el Señor nos hace de llevar la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo a todas las partes del mundo”. Así lo enseña el Concilio Vaticano II, en el Decreto “Apostolicam actuositatem”.

 

EL APOSTOLADO NACE DEL CONOCIMIENTO DE LA VERDAD

 

Naturalmente, el apostolado, es decir, el preocuparnos de la salvación de los demás, nacen del conocimiento de poseer la Verdad y el Amor, la verdad salvadora, el único amor que colma las ansias del corazón, siempre insatisfecho. Cuando se pierde esta certeza, no se encuentra sentido a la difusión de la fe. Y entonces, se llega a pensar que no se puede influir para que los no cristianos –por ejemplo, ante las leyes a favor del divorcio y del aborto- apoyen una ley recta, según el querer divino.

 

Y así también pierde sentido el llevar la doctrina de Jesucristo a otras regiones donde no ha llegado o no está arraigada la fe;  en todo caso, la misión apostólica se convierte en una mera acción social en favor de la promoción de esos pueblos, olvidando el tesoro más rico que podrían darles: la fe en Jesucristo, la vida de la gracia… Son cristianos en los que la fe se ha debilitado y ha olvidado que la verdad es una, que hace más humanos a los hombres y a los pueblos y abre el camino del Cielo.

 

EL MUNDO TIENE NECESIDAD DE SANTOS

 

Decía San Juan Pablo II, el 12 de septiembre de l987, en un discurso a los educadores católicos, que “el mundo no puede contentarse simplemente con reformadores sociales. Tiene necesidad de santos. La santidad no es un privilegio de pocos; es un don ofrecido a todos. Dudar de esto significa no acabar de entender las intenciones de Cristo”.

 

“Ciertamente, la fe es la verdad, e ilumina nuestra razón, la preserva de errores, y sana las heridas y la facilidad que nos dejó el pecado original para desviarnos del camino. De aquí proviene la seguridad del cristiano, no sólo en lo que se refiere estrictamente a la fe, sino a todas aquellas cuestiones que están conexas con ella: el origen del mundo y de la vida, la dignidad intocable de la persona humana, la importancia de la familia”.

 

El Papa beato Pablo VI , en una Alocución del 4 de agosto de l965, decía que esto nos lleva a tener “una actitud dogmática, sí, que quiere decir que está fundada no en ciencia propia, sino en la Palabra de Dios. Actitud que no nos ensoberbece, como poseedores afortunados y exclusivos de la verdad, sino que nos hace fuertes Y valientes para defenderla, amorosos por difundirla. Nos recuerda San Agustín: sin soberbia, estad orgullosos de la verdad”.

 

INMENSO DON Y GRAN RESPONSABILIDAD TENER FE

 

Pensemos que es un inmenso don haber recibido la fe verdadera, pero a la vez una gran responsabilidad. La vibración apostólica del cristiano que es consciente del tesoro recibido no es fanatismo: es amor a la verdad, manifestación de fe viva, coherencia entre el pensamiento y la vida. No se trata de ninguna manera de atraer a las almas con engaños o violencia, sino del esfuerzo apostólico por dar a conocer a Cristo y su llamada a todo hombre, a la salvación eterna.

 

Ahora bien, en el empeño por difundir la fe, siempre con respeto y aprecio por las personas, no cabe transmitir medias verdades por temor a que la plenitud de la verdad y las exigencias de una auténtica vida cristiana, puedan chocar con el pensamiento de moda y con el aburguesamiento de muchos. La verdad no tiene términos medios, y el amor sacrificado no admite rebajas ni puede ser objeto de compromisos.

 

FIDELIDAD A LA DOCTRINA

 

La condición de todo apostolado es la fidelidad a la doctrina, aunque ésta se presente difícil de cumplir en algunos casos, e incluso exija un comportamiento heroico, o al  menos lleno de fortaleza. No se pueden omitir temas, como la generosidad, el poner los medios para tener una familia numerosa, las exigencias de la justicia social, la entrega plena a Dios cuando Él llama a seguirle. Ni tampoco se puede pretender agradar a todos disminuyendo, según conveniencias humanas, las exigencias del Evangelio.

 

Hablamos –escribía San Pablo a los tesalonicenses-, no como quien busca agradar a los hombres, sino sólo a Dios. Por lo tanto, no es buen camino pretender hacer fácil el Evangelio, silenciando o rebajando los misterios que se han de creer y las normas de conducta que han de vivirse. Ni tampoco podemos olvidar lo que el mismo Apóstol dice en la primera Carta a los Corintios: predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero poder de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos. Aunque esto no nos llevará nunca a dejar de esforzarnos siempre por adaptarnos a la capacidad y circunstancias de quienes pretendemos  llevar a vivir el Evangelio.

 

Ciertamente, el afán de que muchos sigan a Cristo debe empujarnos a vivir la caridad con todos, a poner más medios para acercarlos antes al Señor, que los espera. La caridad de Cristo nos urge,  dice San Pablo en la segunda Carta a los Corintios. Y el amor a Cristo es el que nos debe mover a no desaprovechar las oportunidades que tengamos de acercar almas a Dios, que es lo más grande que se puede hacer: alcanzar que vayan al Cielo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.