EN LOS OJOS DE JESÚS, CLAVADO EN LA CRUZ, SOLO HAY PIEDAD Y COMPASIÓN. (Homilía de Viernes Santo de la Pasión del Señor: 3-IV-2015).

 

 Jesús está elevado en la Cruz. A su alrededor hay un espectáculo desolador. Algunos pasan y le injurian. Los príncipes de los sacerdotes hebreos se burlan; y otros, indiferentes, miran simplemente el acontecimiento. En los ojos de Jesús sólo hay piedad y compasión. Le ofrecen vino con mirra, El Señor lo probó por gratitud al que se lo ofrecía, pero no quiso tomarlo, para apurar el cáliz del dolor. ¿Por qué tanto padecimiento”, se pregunta San Agustín. Y el mismo responde: “Todo lo que padeció es el precio de nuestro rescate”.

 

Jesús no se contentó con sufrir un poco: quiso agotar el cáliz del dolor sin reservarse nada, para que aprendiéramos la grandeza de su amor y la bajeza del pecado. Y consideremos que la crucifixión era la ejecución más cruel y afrentosa que conoció la antigüedad. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. La  muerte sobrevenía después de una larga agonía. A veces, los verdugos aceleraban el final del crucificado quebrándole las piernas.

 

EL SENTIDO DE LA CRUZ

 

Y por eso, desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días muchos son los que se niegan a aceptar a un Dios hecho hombre que muere en un madero para salvarnos: el drama de la cruz sigue siendo motivo de escándalo para los judíos y locura para los gentiles, dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios .Por desgracia, desde siempre, ahora también, ha existido la tentación de desvirtuar el sentido de la Cruz.

 

Sin embargo, la unión íntima de cada cristiano con su Señor necesita de ese conocimiento completo de su vida, también de este capítulo de la Cruz. Aquí se consuma nuestra Redención, aquí encuentra sentido el dolor en el  mundo, aquí conocemos un poco la malicia del pecado y el amor de Dios por cada hombre. Por lo tanto, no quedemos indiferentes ante un Crucifijo.

 

LOS FRUTOS DE LA CRUZ NO SE HICIERON ESPERAR

 

Por otra parte, los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Efectivamente, uno de los ladrones, después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús y le dice: “Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu reino”. Estas palabras expresan el final de un proceso que se inició en su interior desde el momento en que se unió a Jesús. Se observa realmente que escuchó al Señor conmocionado, ante tantos insultos. Aquella voz que le reconocía como Dios, debió producir alegría en su corazón, después de tanto sufrimiento.  Y el Señor le dice: Yo te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

 

 Como podemos observar, la eficacia de la Pasión del Señor no tiene fin. Ha llenado el mundo de paz, de gracia, de perdón, de salvación, de felicidad en las almas. Aquella Redención que Cristo realizó una vez, se aplica a cada humano, con la cooperación de su libertad. Cada uno de nosotros puede decir en verdad: aquellas palabras de la Carta a los Gálatas: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.

 

JESÚS TRAS DARSE ÈL NOS ENTREGA A SU MADRE

 

Y esto nos debe llevar a no olvidar jamás que se actualiza la Redención salvadora de Cristo, cada vez que en el altar se celebra la Santa Misa.  También sabemos que muy cerca de Jesús está su Madre y el apóstol San Juan. Y el Señor, después de darse a sí mismo en la Última Cena, nos da ahora lo que Más quiere en  la tierra, lo más precioso que le queda: nos da a María como Madre nuestra. Por lo tanto, ahora con María, nuestra Madre, nos será más fácil acercarnos al Señor, y pronunciar aquellas palabras del Himno Stabat Mater: “¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Hazme contigo llorar y dolerme, de veras, de sus penas mientras vivo; porque deseo acompañar en la Cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. Haz que me enamore de su Cruz y que por Ella viva y muera”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.

 


RECIBIR AL SEÑOR EN GRACIA DE DIOS Y CON LA MÁXIMA DEVOCIÓN. (Homilía: 2-IV-2015. Jueves Santo)

 

 Como sabemos, toda la vida de Jesucristo fue ejemplo de servicio a  todos los humanos, cumpliendo la Voluntad de Dios Padre, hasta la muerte en la Cruz. Por eso, el Señor nos ha prometido que, imitándole a El, encontraremos la verdadera felicidad, que nadie nos podrá arrebatar. Y Él mismo insiste a los Apóstoles, después de lavarles los pies, el día de la Última Cena, que les ha dado ejemplo, para que  alejen y alejemos todos, de nuestro corazón, el orgullo, la ambición y los deseos de dominar a los demás, para que reinen la paz y la alegría, en nuestra vida y en la de aquellos que nos rodean. Y que le recibamos en la Sagrada Comunión, en gracia de Dios y con la máxima devoción.

 

De acuerdo con lo que nos relata el Evangelio, conocemos que las familias hebreas, inmolaban un cordero la víspera de la Pascua, según el mandato recibido de Dios a la salida de Egipto, cuando Él mismo los libró de la esclavitud del Faraón. Y esta liberación es figura de la que Jesucristo vendría a realizar, en la tierra, cuando nos redimió a los humanos de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la Cruz.

 

Por eso, podemos pensar hoy con agradecimiento, lo que Cristo hizo por nosotros, amándonos hasta el fin, tras considerar su actitud con los Apóstoles, en la Última Cena. Pero además no podemos olvidar que ese amor intenso no termina con su muerte, porque El vive, y desde su Resurrección gloriosa, nos sigue amando infinitamente.

 

PALABRAS DEL BEATO PABLO VI

 

Precisamente, el Papa beato Pablo VI, en una Homilía del Jueves Santo, afirmaba: “El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte”.

 

Como vemos, lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en la frase “los amó hasta el fin”. Esto indica la intensidad del amor de Cristo, que llega a dar su vida por nuestra salvación. Ahora bien, debemos tener en cuenta que ese amor no termina con su muerte porque El vive, y desde su Resurrección  gloriosa nos sigue amando infinitamente.

 

COMULGAR LIMPIOS DE PECADO GRAVE

 

Por otra parte, cuando el Señor habla de la limpieza de los Apóstoles, en el momento inmediato a la institución de la Eucaristía, está aludiendo a la necesidad de tener el alma limpia de pecado, para recibirle, en la Sagrada Comunión. San Pablo recuerda esta enseñanza, en la Primera Epístola a los Corintios, cuando dice: “Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor”. Por eso, la Iglesia, basada en las enseñanzas de Jesús y de los Apóstoles, establece que para comulgar es preciso confesarse previamente, si hay conciencia, o duda positiva, de pecado grave.

 

El Catecismo prescrito por el Papa San Pío X dice que “para hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas: 1ª, estar en gracia de Dios; 2ª, guardar el ayuno debido; 3ª, saber lo que se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.” Y añade el mismo Catecismo que “estar en gracia de Dios quiere decir tener la conciencia pura y limpia de todo pecado mortal”. Y sigue diciendo el mismo Catecismo que “el que sabe que está en pecado mortal debe hacer una buena confesión antes de comulgar, pues no le basta para comulgar, como conviene, el acto de contrición perfecta sin la confesión”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALEN PIDE A CADA UNO DE NOSOTROS COHERENCIA Y PERSEVERANCIA. (Homilía: Domingo de Ramos, 29-III-2015)

 

 Jesús sale muy de mañana de Betania. Allí se habían congregado muchos discípulos suyos. Y acompañado de esta comitiva, junto a otros que se le van sumando en el camino, el Señor toma el camino de Jericó, hacia el monte de los Olivos, cabalgando sobre un sencillo asno. El cortejo se organizó enseguida. Algunos extendieron su manto sobre la grupa del animal y ayudaron a Jesús a subir encima. Otros, adelantándose, tendían sus mantos en el suelo para que el borrico pasase sobre ellos como encima de un tapiz, y muchos otros corrían por el camino a medida que adelantaba el cortejo hacia la ciudad, esparciendo ramas verdes a lo largo del trayecto y agitando ramos de olivo y de palma, arrancados de los árboles de las inmediaciones.

 

SALGAMOS AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

 

“Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos –decía San Alfonso de Creta en un Sermón sobre este día-, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres”.

 

Seguimos con el Señor y lo vemos acercarse a la ciudad. Entonces, Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías, en un borrico. Así había sido profetizado muchos siglos antes, por el profeta Zacarías. Los cantos del pueblo que le acompaña son claramente mesiánicos. Esta gente –y sobre todo los fariseos- conocía bien esta profecía, y se manifestó llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, les dice: Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.

 

Efectivamente, el Señor ha entrado triunfante en Jerusalén. Y pocos días más tarde, en esa ciudad, será clavado en la Cruz, viendo como Jerusalén se hunde en el pecado, en la ignorancia y en la ceguera. Nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en obras, ni en palabras. Aunque Jesús lo ha intentado todo y con todos.

 

¡TANTAS GRACIAS RECIBIMOS DEL SEÑOR!

 

Pensemos que también en nuestra vida, tampoco ha quedado nada por intentar, ni ningún remedio por poner. ¡Tantas veces Jesús se ha hecho encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias ordinarias y extraordinarias ha derramado sobre nuestra vida!

 

“El mismo Hijo de Dios  -dice el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes- se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre, y en Él mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de les esclavitud del diablo y del pecado, y así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó pro mí. (Galatas, 2, 20).

 

Como podemos observar, la historia de cada hombre es la historia de la continua solicitud de Dios sobre él. Cada hombre es objeto de la predilección del Señor. Jesús lo intentó todo sobre Jerusalén, y la ciudad no quiso abrir sus puertas a la misericordia. Es el misterio profundo de la libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia divina.

 

Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformo pocos días más tarde en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan brusca mudanza, por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos que consultar nuestro propio corazón.

 

Decía San Bernardo, precisamente en un Domingo de Ramos: “¡Qué diferentes voces eran: quita, quita, crucifícale y bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas! ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí a poco le desnudan de los suyos y echan suertes sobre ellos

 

¿QUÉ NOS PIDE LA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN?

 

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia. En el fondo de nuestros corazones hay profundos contrastes. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. En cambio, si queremos tener la vida divina, triunfar con Cristo, hemos de ser constantes y hacer morir por la penitencia lo que nos aparta de Dios y nos impide acompañar al Señor hasta la Cruz.

 

Precisamente, la liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los cristianos este càntico: Levantad vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria. Y pensemos también que María está en Jerusalén, cerca de su Hijo. No  nos separemos de Ella, Nuestra Señora nos enseñará a ser constantes en el amor a Jesús.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.


LA ANUNCIACIÓN Y LA ENCARNACIÓN DEL VERBO, EL HECHO MÁS MARAVILLOSO DE LA HUMANIDAD (Homilía: 25 de marzo de 2015).

 

 La Anunciación a María y la Encarnación del Verbo es el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres y también el acontecimiento más trascendental de la Historia de la Humanidad. Realmente, debemos considerar hasta donde ha llegado la bondad, la misericordia y el amor de Dios por nosotros: Dios quiso nacer de una Madre Virgen. Y, “desde toda la eternidad –dice la Bula Ineffabilis Deus, del Papa Pío IX, publicada el 8 de diciembre de 1854, la eligió y señaló como Madre para que su Hijo Unigénito tomase carne y naciese de Ella, en la plenitud dichosa de los tiempos. Y, en tal grado la amó, por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia”.

 

En realidad, este privilegio de ser virgen y madre al mismo tiempo, es un don divino, admirable y singular, concedido a la Santísima Virgen María. Por eso, es bueno que consideremos las palabras del Catecismo Romano, cuando afirman que Dios “tanto engrandeció a su  Madre, en la Concepción y en el Nacimiento del Hijo, que le dio fecundidad y la conservó en perpétua virginidad”. Y por su parte, el beato Papa Pablo VI, en el Credo del Pueblo de Dios, nos recuerda esta verdad de fe, con las siguientes palabras: “Creemos que la bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.

 

DIGNIDAD Y HONOR DE MARÍA

 

Por su parte, el Evangelio nos recuerda las impresionantes palabras pronunciadas por el Arcángel y dirigidas a María. En primer lugar la llama “llena de gracia”. Es decir que, el enviado del Cielo manifiesta la dignidad y el honor de María, con un saludo inusitado. Por eso, los Padres y Doctores de la Iglesia “enseñaron –tal como se afirma en los documentos ya citados- que, con este singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era asiento de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del Espíritu Santo”, por lo que “jamás estuvo sujeta a maldición”.

 

Precisamente, San Agustín, en un Sermón sobre la Natividad del Señor, glosa la frase “el Señor es contigo”, poniendo en boca del arcángel estas palabras: Más que conmigo. “Él está en tu corazón, se forma en tu vientre, llena tu alma, está en tu seno”·. Y, por eso, manuscritos griegos y versiones antiguas, añaden al final: “Bendita tú entre las mujeres”. Y así es, en realidad, porque sólo Ella tiene la suprema dignidad de haber sido elegida para ser la Madre de Dios.

 

EN LA ANUNCIACION, MARÍA VE CLARA SU VOCACIÓN

 

Por lo tanto, la Anunciación es el momento en que Nuestra Señora conoce con claridad la vocación a que Dios la ha destinado desde siempre. Y cuando vemos que el Arcángel la tranquiliza y le dice “no temas María”, la está ayudando a superar ese temor inicial que, de ordinario, se presenta en toda llamada divina. Pero que no es una imperfección, sino una reacción natural ante la grandeza de lo sobrenatural. Imperfección sería no superarlo, o no dejarnos aconsejar por quienes, como San Gabriel a Nuestra Señora, pueden ayudarnos.

 

Ciertamente, vemos claro que el arcángel San Gabriel comunica a la Santísima Virgen su maternidad divina. Le revela también que el Niño “será grande” y le dice al mismo tiempo que su “Reino no tendrá fin”, porque su humanidad permanecerá  para siempre indisolublemente unida a su divinidad. Por eso, María, que conocía las Sagradas Escrituras, entendió claramente que iba a ser la Madre de Dios hecho Hombre. Y a ello tenía que ser fiel y entregar totalmente su vida.

 

Precisamente, el Papa San Juan Pablo II, en una Homilía pronunciada en la Catedral de México, refiriéndose a la fidelidad de María a lo anunciado por Arcángel, dijo las siguientes palabras: “Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso, la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El  fiat  de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pié de la Cruz”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.