PARA PRODUCIR FRUTOS DE VIDA ETERNA ES NECESARIO ESTAR UNIDOS A CRISTO Y SU IGLESIA. (Homilía: V Domingo de Pascua. 3 de mayo de 2015).

En el Evangelio de la Misa de hoy –Quinto Domingo de Pascua- Nuestro Señor Jesucristo se presenta como la verdadera Vid, porque, a la vieja, al antiguo pueblo de Israel, ha sucedido uno nuevo, que es la Iglesia: Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana; cuya cabeza es el mismo Nuestro Señor Jesucristo, como dice San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios.

 

Nos hace falta, por lo tanto, estar unidos a la nueva y verdadera Vid, a Cristo, para producir frutos de Vida eterna. Porque no se trata simplemente de estar unidos tan sólo a una comunidad, sino de vivir la vida de Cristo, que es vida de la Gracia, savia vivificante que nos anima a todos los creyentes y nos capacita para dar frutos de Vida eterna.

 

LA IMAGEN DE LA VID

 

Por lo tanto, esta imagen de la Vid, nos ayuda a todos los católicos a comprender  las Notas de la Santa Madre Iglesia: Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. De esta forma, todos sentiremos que pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo, íntimamente unidos con la Cabeza que es el mismo Cristo. Y en Ella, también notaremos que no estamos separados los unos de los otros.

 

Si nos fijamos bien en el Evangelio de este domingo, el Señor describe dos situaciones. Por una parte están aquellos que, aun estando unidos a la Vid, con vínculos externos, no dan fruto. Y por otra parte, están los que, aun dando fruto, podrían dar más. Porque aunque es cierto que la fe es el comienzo de la salvación y sin la fe no podemos agradar a Dios, también es verdad que la fe viva ha de dar el fruto de las obras. “Porque en Cristo Jesús –como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas- ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad.”

 

PARTICIPAR DE LA VIDA DE CRISTO

 

De esta forma, se puede decir que para dar frutos gratos a Dios Nuestro Señor no basta recibir el Sacramento del Bautismo y vivir externamente la fe, sino que es necesario participar de la Vida de Cristo, por medio de la gracia, y colaborar en su obra redentora. Por eso, el Señor nos purifica muchas veces, a través de la contradicción y las dificultades, que son como una poda, para que demos más fruto.  Y así podamos comprender el sentido del sufrimiento que, en multitud de ocasiones, nos ayuda a dar frutos de santidad y madurez en nuestras obras.

 

Seguidamente, el Señor se refiere a la limpieza interior, que hemos de alcanzar siguiendo sus enseñanzas, porque, en realidad, la palabra de Cristo nos limpia de nuestros errores, purifica nuestros corazones y los enciende en cosas celestiales, al mismo tiempo que purifica nuestros corazones y vigoriza nuestra fe.

 

El Señor saca también consecuencias de la comparación entre la vid y los sarmientos, subrayando la inutilidad de quien se aparta de El, lo mismo que la del sarmiento separado de la vid. Solo si está unido a ella se puede convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente, como afirma el Salmo ciento cincuenta y tres, mientras que los separados se convierten en palitroques sueltos, secos y agostados. Y es así, porque se cumplen las palabras del Señor: Sin mí no podéis hacer nada.

 

HACER APOSTOLADO

 

Ciertamente, la vida de unión con Cristo trasciende el ámbito individual del cristiano para proyectarse en beneficio de los demás, que es lo que llamamos hacer apostolado. Precisamente el Concilio Vaticano II, en el Documento Apostolicam actuositatem, citando el presente pasaje del Apóstol San Juan, de la Misa de este Domingo, enseña el modo de hacer apostolado los cristianos, con las siguientes palabras: “Puesto que Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo. Lo afirma el Señor: el que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada”.

 

Ahora bien –sigue diciendo el mismo Concilio-, “esta vida de unión íntima con Cristo se nutre con los auxilios espirituales comunes a todos los fieles, sobre todo mediante la participación activa en la Sagrada Liturgia. Y los seglares deben servirse de estos auxilios de tal forma que, al cumplir debidamente sus obligaciones en medio del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de su vida privada, sino que crezcan intensamente, en esa unión, realizando sus tareas, en conformidad con la Voluntad de Dios”.

 

Fijémonos además en el texto último del Evangelio de este Domingo: quien no esté unido a Cristo por medio de la gracia tendrá, finalmente, el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego. Por su parte, San Agustín comenta este pasaje evangélico con las palabras siguientes: “Los sarmientos de la vid son de lo más despreciable si no están unidos a la cepa; y de lo más noble si lo están. Si se cortan no sirven de nada ni para el viñador ni para el carpintero. Para los sarmientos, una de dos: o la vid o el fuego. Si no están en la vid, van al fuego: para no ir al fuego, que estén unidos a la vid”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


DICE EL SEÑOR: “YO SOY EL BUEN PASTOR QUE DA LA VIDA POR SUS OVEJAS”. (Homilía: 26-IV-2015. Cuarto Domingo de Pascua)

 El Evangelio de la Misa del Cuarto Domingo de Pascua, correspondiente al día 26 de abril del año en curso, comienza con estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Yo soy el  Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa”. “Habla aquí Jesús –comenta San Juan Crisóstomo- de su Pasión y Muerte, que iba a ocurrir para la salvación del mundo y que la sufriría voluntaria y libremente”.

 

EL SEÑOR DIÓ SU VIDA POR NUESTRA SALVACIÓN

 

Efectivamente, el Señor había hablado antes de pastos abundantes, pero ahora dice que está decidido a dar su misma vida, por nuestra salvación. Y San Gregorio comenta estas palabras de Jesucristo, en una Homilía sobre el Evangelio de San Juan, confirmando que el mismo Señor “hizo lo que había dicho: dio su vida por sus ovejas, y entregó su Cuerpo y su Sangre en el Sacramento de la Eucaristía para alimentar con su carne a las ovejas que había redimido”.

 

“En cambio –sigue afirmando San Gregorio- los asalariados huyen ante el peligro, y dejan que el rebaño se pierda”. Y el mismo se pregunta: “¿Quién es el mercenario?”. Y responde: “El que ve venir al lobo y huye. El que busca su gloria, no la gloria de Cristo; el que no se atreve a reprobar con libertad de espíritu a los pecadores”. Y lo confirma con palabras contundentes: “Tú callas, no repruebas. Tú eres mercenario; has visto venir al lobo y has huido, porque te has callado; y has callado, porque has tenido miedo”.

 

EL MINISTERIO SACERDOTAL ESTÁ ORDENADO A LA SOLICITUD POR LA SALVACIÓN DE TODO HOMBRE

 

El célebre Papa, San Juan Pablo II, en una Carta a todos los sacerdotes, decía:  “Recuerden que su ministerio sacerdotal está ordenado –de manera particular- a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal”.

 

 

Ciertamente, el Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre. En esta entrañable figura se entrevé una exhortación a los pastores de la Iglesia, tal como lo explica San Pedro, en su Primera Carta: “Que apacentéis la grey de Dios puesta a vuestro cargo, velando sobre ella con afectuosa voluntad, según Dios, no por sórdido interés, sino gratuitamente”.

 

Y en efecto, así fue y así tiene que ser siempre. Como sabemos, los Apóstoles, después de la Resurrección, son enviados por Cristo a todas las gentes, para predicar el Evangelio a toda criatura, comenzando por Jerusalén y siguiendo por Judea, Samarìa y hasta los confines de la tierra. De este modo, se cumplirán las antiguas promesas sobre el reinado universal de Jesucristo.

 

EL DESEO DE TODO BUEN CATÓLICO DEBE SER QUE TODOS LOS HUMANOS VENGAN A LA VERDADERA IGLESIA

 

Por eso, la universalidad de la salvación le hace exclamar a San Pablo, en sus distintas Cartas: “Recordad cómo en otro tiempo vosotros estabais lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a la alianza de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otros tiempos estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo”.

 

Ahora bien, la unidad de la Iglesia se da bajo una sola cabeza visible, porque “el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza –dice el Concilio Vaticano II- en el documento “Unitatis redintegratio”- a un solo Colegio Apostólico presidido por Pedro, para construir un solo cuerpo de Cristo en la tierra, al que es necesario que se adhieran todos los que ya pertenecen de algún modo al pueblo de Dios”. Por lo tanto, el deseo constante de todos los católicos debe ser que todos los humanos vengan a la verdadera Iglesia, que siendo “único rebaño de Dios,  como estandarte levantado ante las naciones –añade el citado documento-, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial, ofreciendo el Evangelio de la paz a todo el género humano”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.


VISITAR A DIOS NUESTRO SEÑOR, PRESENTE EN LOS SAGRARIOS DE NUESTRAS IGLESIAS. (Homilía del Tercer Domingo de Pascua: 19-IV-2015).

 

Despues de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se muestra a los Once, según narra el Evangelio de este Tercer Domingo de Pascua. Y en esta aparición a los Apóstoles comió con ellos y les mostró sus llagas, llenándoles de admiración y gozo.

 

Ahora, cada uno de nosotros debe pensar que en el Sagrario nos encontramos con El, que nos ve y  nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de cualquier obstáculo.

JESÚS NOS ESPERA EN EL SACRAMENTO DEL AMOR

 

En una Alocución del 31 de octubre de l982, decía San Juan Pablo II que la piedad eucarística, “ha de centrarse, ante todo, en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la Cruz. Pero tiene una lógica prolongación, en la adoración a Cristo, en este divino Sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el Sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales o colectivos, privados o públicos, que habéis practicado durante siglos”. Por lo tanto, tengamos en cuenta, añade el mismo Pontífice, que “Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo”.

 

Efectivamente, “Jesús está allí, en el Sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o a pocos metros. ¿Cómo no vamos ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas, a pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con El! ¡Qué bien entendemos esta costumbre secular de las “cotidianas visitas a los divinos sagrarios”!. Así se expresaba el Papa Pío XII, en la Encíclica Mediator Dei, con fecha 20 de noviembre del año 1947.  Por su parte, San Josemaría se expresaba afirmando que el Maestro, allí en el Sagrario nos espera desde hace veinte siglos, y podemos estar junto a Él como María hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte-, en su casa de Betania.

DELANTE DE UN SAGRARIO, DIGAMOS: ¡DIOS ESTÁ AQUÍ!

 

Por eso, cuando nos encontremos delante de un Sagrario, bien podemos decir con toda verdad y realidad: ¡Dios está aquí! Y, ante este misterio de fe, no cabe otra actitud que la de la adoración. Por eso, la Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia y también las demás cosas.

 

El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. “Es tan agradecido –decía Santa Teresa de Jesús en su libro Camino de perfección-, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio”. Por eso, debemos considerar que, en la Visita al Santísimo, vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado, aunque Él los esperaba. Por eso, le alegra mucho más el vernos allí.

¿QUÉ HAREMOS ANTE DIOS SACRAMENTADO?: AMARLE, ALABARLE, AGRADECERLE Y PEDIRLE

 

Rezaremos alguna oración acostumbrada junto a la Comunión Espiritual, le pediremos ayudas –espirituales y materiales-, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar de nuevo el mundo, le diremos también, quizá, que queremos acercarle alguna persona. “¿Qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?”.  Así se pregunta San Antonio María de Ligorio, en su obra Visitas al Santísimo Sacramento.

 

Pensemos entonces que cuando dejemos el templo, después de estos momentos de oración, habrá crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que con la Comunión.

 

Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así lo comenta San Juan Crisóstomo, en su obra Instrucción sobre el Misterio Eucarístico. “Y entró Jesús en el templo”. “Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su Padre, para tributarle el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad, debes, lo primero, ir a la Iglesia”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


AL CREER QUE JESÚS ES EL HIJO DE DIOS Y AMAR LA CONFESIÓN, PODEMOS PARTICIPAR, YA AQUÍ EN LA TIERRA, DE LA VIDA ETERNA. (Homilía: 12-IV-2015: Domingo de la Divina Misericordia)

 

En los últimos versículos del Evangelio de este Domingo Segundo de Pascua, se observa que el Apóstol San Juan pone de manifiesto la finalidad que perseguía al escribir este texto: que los hombres crean que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento, el Hijo de Dios. Y que, al creer esta verdad salvadora, centro de la Revelación, puedan participar, ya aquí en la tierra, de la vida eterna.

 

Efectivamente, Jesús se apareció a los Apóstoles la misma tarde del domingo en que resucitó. Se presentó en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que goza de las cualidades del cuerpo glorioso. Y para deshacer la posible impresión de que era sólo un espíritu, muestra las manos y el costado a los Apóstoles.

 

 “LA PAZ SEA CON VOSOTROS”

 

 De esta forma, no queda ninguna duda de que es Jesús mismo y de que verdaderamente ha resucitado. Además les saluda, por dos veces, con la fórmula usual entre los judíos: La paz sea con vosotros. Y lo hace también con el acento entrañable que pondría en otras muchas ocasiones. Y con estas amigables palabras quedan disipados el temor y la vergüenza que tendrían los Apóstoles por su comportamiento durante la Pasión. Y se vuelve a crear un ambiente de intimidad, en el que el Señor les va a comunicar poderes importantes.

 

Precisamente, la Iglesia ha entendido siempre y lo ha definido como de fe que Jesucristo, con estas palabras, confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados por medio de la Sacramento de la Penitencia o Confesión. Y así es ciertamente, porque por la palabra, por el testimonio de otros hombres, enviados por Cristo y asistidos por el Espíritu Santo, se enseña el depósito de la fe.

 

CRISTO EXTIENDE SU PROPIA MISIÓN A LOS OBISPOS Y A LOS SACERDOTES UNIDOS CON ELLOS

 

Por su parte, el Papa León XIII explicó como Cristo transfirió su propia misión a los Apóstoles, momentos antes de retornar al Cielo. Y de esta forma, con la misma potestad con la que el Padre le había enviado, les ordenó a los Apóstoles que extendieran, por todo el mundo, su doctrina. Y en esta misión, los señores obispos son sucesores de los Apóstoles, como se dice en el Decreto Presbyterorum ordinis del Concilio Vaticano II: “Cristo, por medio de los Apóstoles, hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquellos que son los Obispos, cuyo ministerio, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros, a fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal, para cumplir la misión apostólica confiada por Cristo”.

 

LA CONFESIÓN, EXPRESIÓN SUBLIME DEL AMOR DE DIOS

 

Y como sabemos, el Sacramento de la Penitencia o Confesión es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del  Hijo Pródigo. Por eso, consideremos como el Señor nos espera siempre con los brazos abiertos, para que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos

 

 Por eso, los Romanos Pontífices han recomendado con insistencia que los cristianos sepamos apreciar y aprovechemos con fruto este Sacramento. Precisamente en la Mystici Corporis, se afirma lo siguiente: “Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el  justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo”·

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.