EL DEBER DE HACER APOSTOLADO SE EXTIENDE A TODOS LOS BAUTIZADOS: MUJERES Y HOMBRES, NIÑAS Y NIÑOS. (Homilía: Domingo, Solemnidad de la Santísima Trinidad: 31-V-2015).

Los discípulos van al Monte que Nuestro Señor Jesucristo les ha indicado y, al verlo, le adoran. Son conscientes de que se postran ante Dios. Y Jesús les habla con la majestad propia de Dios, que es lo que es: “Se me ha dado todo poder, en el Cielo y en la tierra”. Con estas palabras está confirmando la fe de los que le adoran. Y, a la vez, enseña que el poder que los mismos Apóstoles van a recibir –id por todo el mundo- , deriva del propio poder divino, y se extiende a todas y a todos los bautizados.  Es decir: todos debemos hacer apostolado. Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, niñas y niños.

LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA VIENE DE JESUCRISTO

Nos viene bien que, ante estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, recordemos que la autoridad de la Iglesia, en orden a la salvación de los humanos, viene directamente de Jesucristo. Y también es bueno que nos venga a la mente que esta autoridad, en las cosas de fe y moral, está por encima de cualquier otra de la tierra.

Efectivamente, los Apóstoles allí presentes, y después de ellos, sus legítimos sucesores, reciben del Cielo el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Jesucristo. Esto quiere decir que el único camino que conduce a Dios y, por lo tanto, al Cielo, es enseñar y tratar de vivir, de acuerdo con lo que la Santa Madre Iglesia nos enseña.

Por lo tanto, la Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tenemos el deber de  vivir y anunciar, con el ejemplo y la palabra, hasta el fin de los tiempos, lo que Nuestro Señor, por medio de la Iglesia, nos enseña a través de los siglos. Naturalmente, de modo especial, reciben esta misión los sucesores de los Apóstoles, es decir los obispos. Pues en ellos recae el poder de enseñar con autoridad. “Ya que Cristo resucitado, antes de volver al Padre les confiaba, de este modo, la misión y el poder de anunciar a los hombres lo que ellos mismos habían oído, visto con sus ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo de la vida (1 Joh, 1). Y al mismo tiempo les confiaba la misión y el poder de explicar con autoridad lo que El les había enseñado, sus palabras y sus actos, sus signos y sus mandamientos. Y les daba el Espíritu para cumplir esta misión”(Catechesi tradendae, n.1).Por lo tanto, las enseñanzas de los Papas y de los obispos unidos a ellos, deben ser recibidas siempre por todos con asentimiento y obediencia.

 ABRIR EL CAMINO DE LA SALVACIÓN

 Igualmente, también vemos en el Evangelio de este Domingo, como el Señor comunica a los Apóstoles y a sus sucesores el poder bautizar, es decir, de admitir a los hombres, en la Iglesia, abriéndoles el camino de su salvación personal.

 En definitiva, debemos considerar que la misión que   recibe la Iglesia, en este final del Evangelio de San Mateo, es la de continuar, por siempre, la obra de Cristo: enseñar a los hombres y a las mujeres las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles, sin cesar, con la gracia de los Santos Sacramentos de la Santa Madre Iglesia.

Se trata, además, de una misión que durará hasta el fin de los tiempos y que, para llevarla a cabo, el mismo Cristo glorioso promete acompañar a su Santa Madre Iglesia y no abandonarla nunca.

 NO AL DERROTISMO SOBRE LA SITUACIÓN RELIGIOSA

 Por otra parte, todos sabemos que cuando en la Sagrada Escritura se afirma que Dios está con alguno, se quiere indicar que esta persona tendrá éxito en sus empresas. De ahí que la Santa Madre Iglesia, con la ayuda y asistencia de su Fundador Divino, está segura de poder cumplir indefectiblemente su misión hasta el fin de los siglos. Por lo tanto, evitemos el derrotismo sobre la situación religiosa de los países del mundo. Trabajemos, con mucha rectitud, por amor a Dios y a las almas. Tengamos rectitud en nuestras acciones y mucha paciencia con las almas. Con cariño y paciencia, busquemos nuevos modos, iniciativas nuevas, teniendo en cuenta que siempre el amor aguza el ingenio. Y, en definitiva, aprovechemos todos los cauces, en orden a la labor de edificar una sociedad más cristiana y más humana.

 Confiemos que la devoción a la Santísima Virgen María nos encenderá en la fe, en la esperanza y en el amor a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para que colaboremos eficazmente, en nuestro propio ambiente, a recristianizar el mundo, tal como el Papa nos lo pide. En nuestros oídos siguen resonando las palabras del Señor: Id al mundo entero… Entonces sólo eran pocos. Ahora somos muchos más. Pidamos la fe y el amor de aquellas primeras mujeres cristianas y de aquellos primeros varones cristianos que tanto trabajaron por la extensión del Reino de Cristo.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


DIJO EL SEÑOR A LOS APÓSTOLES: “RECIBID EL ESPÍRITU SANTO: A QUIENES PERDONÉIS LOS PECADOS LES SON PERDONADOS”. (Homilía: Solemnidad de Pentecostés, Domingo, 24-V-2015).

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. La Iglesia ha entendido siempre –y así lo ha definido- que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el Sacramento de la Penitencia o Confesión, por medio de los Sacerdotes que gozan de esta licencia.

 

De esta forma, todos estamos convencidos de que el Sacramento de la Penitencia o Confesión es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios Nuestro Señor, con los humanos, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo que, tras la reflexión, decide volver a la casa de su padre. Efectivamente, cada uno de nosotros debe volver a Dios, por medio del Sacramento de la Confesión.

 

DIOS ESPERA SIEMPRE LA VUELTA DEL PECADOR

 

Tengamos en cuenta, sin lugar a duda, que Dios espera siempre la vuelta del pecador y quiere que se arrepienta. Todos conocemos las palabras del Señor, representado en el padre del hijo pródigo. Son una muestra de que Dios Nuestro Señor espera siempre la vuelta del pecador y quiere que se arrepienta. Y, efectivamente, cuando llega el hijo pródigo, las palabras de su padre no son de reproche sino de inmensa compasión, que le lleva a abrazar a su hijo y a cubrirle de besos.

Y esto es así, porque Dios Nuestro Señor tiene siempre compasión de nosotros los pecadores. Y consideremos que su preocupación será incluso mayor por los que se esfuerzan por permanecer fieles. Bien lo entendía Santa Teresita de Lisieux, cuando en su libro Historia de un alma, afirma: “¡Qué dulce alegría la de pensar que el Señor es justo, es decir, que cuenta con nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza! ¿Por qué, pues temer? El buen Dios, infinitamente justo, que se dignó perdonar con tanta misericordia las culpas del hijo pródigo, ¿no será también justo conmigo que estoy junto a El?”.

 

   “PADRE, ¡PADRE MIO!”

 

Cuando llega el hijo pródigo las palabras de su padre no son un reproche sino de inmensa compasión, que le lleva a abrazar a su hijo y a cubrirle de besos. Efectivamente, “ante un Dios que corre hacia nosotros –afirma San José María Escrivá en uno de sus libros titulado Es Cristo que pasa- no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que  no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo”.

“Dios nos espera –dice San Josemaría-, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA MISIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA ES PROPAGAR EL REINO DE CRISTO EN TODOS LOS LUGARES DEL MUNDO. (Homilía. Solemnidad de la Ascensión del Señor. 17-V-2015)

La Iglesia Católica entera ha nacido con el fin de propagar el Reino de Cristo en todos los lugares del Mundo para la gloria de Dios y para hacer que todos los humanos participen de la Redención salvadora. En este sentido, el Concilio Vaticano II, en el decreto sobre el apostolado, enseña que “les ha sido impuesta a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres, de cualquier lugar de la tierra.”

 

Ahora bien, la proclamación de la Buena Nueva nos enseña que la fe y el Bautismo son requisitos indispensables para alcanzar la salvación. Por lo tanto, la conversión a la fe de Jesucristo ha de conducir directamente al Bautismo que “nos confiere la primera gracia santificante –enseña el Catecismo Mayor-, por la que se perdona el pecado original y también los actuales si los hay; remite toda la pena debida por ellos; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los Sacramentos”.

 

SOMOS MIEMBROS DE LA IGLESIA Y LLAMADOS AL CIELO

 

Y, como consecuencia del Bautismo, nos viene la necesidad de darnos cuenta de que, desde entonces, somos miembros de la Iglesia y estamos llamados a ir al Cielo. Precisamente, en el día de hoy, la Ascensión del Señor a los Cielos y el estar sentados a la derecha del Padre constituyen el sexto artículo de la Fe que recitamos en el Credo. Efectivamente, Jesucristo subió al Cielo en cuerpo y alma para tomar posesión del Reino alcanzado con su muerte, para prepararnos nuestro puesto en la gloria y para enviarnos al Espíritu Santo, como dice el Catecismo Mayor.

 

La afirmación que nos hace el Evangelio de este domingo, cuando dice que Jesús “se elevó al Cielo y está sentado a la derecha de Dios”, significa –dice el Catecismo Romano- que el Señor, también en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria y que, siendo igual al Padre en cuanto Dios, ocupa junto a El, el puesto de honor sobre todas las criaturas, en cuanto hombre.

 

Por su parte, el Evangelista San Marcos, al final del Evangelio que se lee este domingo de la Ascensión del Señor, da testimonio de que las palabras de Cristo ya se habían comenzado a cumplir. En efecto, los Apóstoles realizaron con fidelidad la misión que el Señor les había confiado, comenzando a predicar la Buena Nueva de la Salvación. Y sus palabras resultaban acompañadas por los signos y prodigios que Nuestro Señor Jesucristo les había prometido.

OBLIGACIÓN DE TODO CATÓLICO: RECIBIR EL EVANGELIO Y TRANSMITIRLO A LOS DEMÁS

De esta forma, los Apóstoles daban autoridad a su testimonio y a su doctrina, si bien nunca faltaron las fatigas, los peligros, las incomprensiones, las persecuciones y incluso el martirio. Y todo ello nos recuerda las huellas que dejó Nuestro Señor Jesucristo, a lo largo de su vida. Pero agradezcamos todos que, gracias a Dios y también a los Apóstoles, ha llegado a nosotros la fuerza y la alegría de Cristo Nuestro Señor. Y ahora, en la hora presente, cada generación, cada fiel cristiano tenemos la obligación de recibir esa predicación del Evangelio y transmitirlo a los demás. Y a ello nos sentimos mucho más obligados los de la archidiócesis de Santiago de Compostela, porque vino a predicarnos un discípulo del Señor, Santiago Apóstol, que además terminó por sufrir el martirio, en la ciudad de Jerusalén.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña ( Archidiócesis de Santiago de Compostela, en España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sedes en Roma y Madrid y otros lugares del Mundo.


LA MEDIDA DEL AMOR CRISTIANO NO ESTÁ EN EL CORAZON HUMANO, SINO EN EL CORAZÓN DE CRISTO. (Homilía. Domingo,10 de mayo de 2015)

En el Evangelio de la Misa de este Domingo sexto del Tiempo Ordinario, Nuestro Señor Jesucristo da un contenido y un sentido nuevo al amor al prójimo. En la Antigua Ley, alcanzaba también de algún modo a los enemigos, pero el Redentor ahora predica un amor mucho más exigente, que incluye el devolver bien por mal, porque la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo, que entregó su vida en la Cruz, por la redención de todos.

 

Por lo tanto, no puede separarse el amor al prójimo del amor a Dios. El Concilio Vaticano II, lo explica claramente en el Decreto Apostolicam actuositante, sobre el apostolado de los seglares, con las siguientes palabras: “El mandamiento  supremo de la ley es amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo” (así está en el Evangelio de San Mateo, 22, 37-40). Cristo hizo suyo este mandamiento del amor al prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido al querer identificarse Él mismo con los hermanos como objeto de caridad, diciendo: “en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

 

EL AMOR DE DIOS, RAIZ DEL AMOR CRISTIANO

 

Por su parte, el Evangelio de la Misa de este domingo, nos dice claramente que el amor de Cristo a los cristianos es reflejo del amor que las tres divinas Personas  tienen entre Sí y hacia los humanos. Y esta seguridad que tenemos de que Dios nos ama, es la raíz de la alegría y del gozo cristiano, que nos lleva a un deseo ferviente de imitar a Jesucristo, que cumplió en todo la voluntad del Padre celestial.

 

Dice San Josemaría, en una de sus publicaciones que lleva por título Amigos de Dios, que “la vida del cristiano que decide comportarse con la grandeza de su vocación, viene a ser como un prolongado eco de aquellas palabras del Señor: ya nos os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas a vosotros os he llamado amigos porque os he dado a conocer cuantas cosas oí de mi Padre (San Juan, XV, 15). Prestarse dócilmente a secundar la Voluntad divina, despliega insospechados horizontes. Nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque, en ese momento, perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos”.

 

JESUCRISTO ES NUESTRO HERMANO, NUESTRO AMIGO

 

“Hijos de Dios”, Amigos de Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre: nuestro Hermano, nuestro Amigo; si procuramos tratarle con intimidad, participaremos de la dicha de la divina amistad. Si hacemos lo posible por acompañarle desde Belén hasta el Calvario, compartiendo sus gozos y sufrimientos, nos haremos dignos de su conversación amistosa: calicem Domini biberunt –canta la Liturgia de las Horas- et amici Dei facti sunt, bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios. Así se expresa el Responsorio de la segunda lectura del oficio, en la Dedicación de las Basílicas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en la Ciudad de Roma.

 

“Filiación y amistad son dos realidades inseparables para los que aman a Dios. A El acudimos como hijos y como amigos, en un confiado diálogo que ha de llenar toda nuestra vida. Del mismo modo, la filiación divina empuja a que la abundancia de vida interior se traduzca en hechos de apostolado, como la amistad con Dios lleva a ponerse al servicio de los demás y a utilizar esos dones de Dios, como instrumentos para ayudar a descubrir a Cristo”, dijo el beato Álvaro del Portillo, en la presentación del libro “Amigos de Dios”, escrito por San Josemaría.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.