DIOS QUIERE QUE LOS HUMANOS USEMOS DE LAS GRACIAS OFRECIDAS, PARA RECIBIR OTRAS MUCHAS (Homilía: 14º Domingo del Tiempo Ordinario. 5-VII-2015)

El Evangelio de este Domingo décimo cuarto del Tiempo Ordinario comienza diciendo que Jesús, en el tiempo de la Vida Pública, fue a su tierra de “Nazaret”. Pero allí no hizo milagros, no porque le faltara poder, sino en razón del castigo a la incredulidad de sus conciudadanos. Y esto es así, porque Dios Nuestro Señor quiere que los humanos usemos de las gracias ofrecidas, de tal forma que al cooperar con ellas, nos dispongamos a recibir otras muchas nuevas gracias.

Precisamente, San Agustín, en el curso de un sermón, quiso expresar este hecho con una frase que se hizo célebre: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Por otra parte, los vecinos de Nazaret hablan de Jesús llamándole indistintamente artesano e hijo de artesano. Hecho importante que nos hace saber que nuestro trabajo profesional, llevado a cabo como Dios quiere, no es ajeno a los designios divinos.

EL MISMO JESÚS, ANTES DE LA VIDA PÚBLICA, TRABAJÓ EN LA PROFESIÓN DE SAN JOSÉ

Ciertamente, la doctrina de la Santa Madre Iglesia ha dejado claro, en numerosas ocasiones, que los humanos participamos de la Obra de Dios, mediante nuestro trabajo profesional. E incluso, el mismo Jesús, antes de empezar  la predicación de la Vida Pública, se había dedicado a trabajar en la misma profesión de San José.

 Por eso, podemos decir, con toda elocuencia, que la vida de Cristo pertenece al “mundo del trabajo”. Y, al mismo tiempo, además de reconocerlo y tener respeto por el trabajo humano, se puede decir incluso más, teniendo en cuenta lo que afirma el documento de la Iglesia “Laborem exercens”, donde se afirma que Dios mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo, incluso en ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Nuestro Padre y Señor.

 DISTINTOS SIGNFICADOS, EN HEBREO, DE LA PALABRA HERMANO

 También en el mismo Evangelio de este domingo, San Marcos ofrece una lista de hermanos de Jesús y habla genéricamente de la existencia de unas hermanas. Ahora bien, debemos tener en cuenta que la palabra “hermana” o “hermano” en hebreo, no significa necesariamente hijo de los mismos padres. Sino que significa también otros grados de parentesco, como son primos, sobrinos, etc.

Así, por ejemplo, en el Génesis 13,8 y 14,14.16 se llama a Lot hermano de Abrahán, mientras que por el libro del Génesis, 12, 15 y 14, 12, sabemos que era sobrino, hijo de Aram, hermano de Abrahán. Lo mismo ocurre con Labán, a quien se llama hermano de Jacob (Génesis 29,15), cuando era hermano de su madre (Génesis 29,10); y existen además otros casos semejantes.

 Tal confusión se debe sin duda a la pobreza del lenguaje hebreo y arameo que carecen de términos distintos y además usan una misma palabra, como por ejemplo “hermano”, para designar grados diversos de parentesco.

 MARÍA, SIEMPRE VIRGEN

 Por otros pasajes del Evangelio, sabemos que Santiago y José, Simón y Judas y algunos otros casos, aunque se presenten como hijos de María, significa que eran parientes, porque el “Hijo de María” era únicamente Nuestro Señor Jesucristo. Y así es siempre, en todos los textos evangélicos, donde se indica que Jesús es “el Hijo de María”. Y el mismo Jesús, al morir en la Cruz confía su Madre a San Juan, lo que revela que María no tenía otros hijos. Y a esto se añade la fe constante de la Iglesia, que considera a María como la siempre Virgen: “Virgen antes del parto, en el parto, y por siempre después del parto”.

 Y finalmente, el Evangelio de este domingo, nos dice que Jesús no hizo allí (en Nazaret) milagros, no porque le faltara el poder, sino en razón del castigo a la incredulidad de sus conciudadanos. Y es así, porque Dios quiere que los humanos usemos de la gracia que Dios mismo nos ofrece, de tal manera que, al cooperar con ella, nos dispongamos a recibir nuevas gracias.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CRISTO MANIFIESTA SU OMNIPOTENCIA EN LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO Y EN LA CURACIÓN DE LA HEMORROISA. ( Homilía. Domingo 13º del Tiempo Ordinario: 28.VI.2015)

El Evangelio de este Domingo Décimo Tercero del Tiempo Ordinario, que nos narra San Marcos, presenta a Jesús llegando a Cafarnaún, donde le espera mucha gente. Con especial necesidad y fe están Jairo, jefe de la sinagoga, que tiene una hija muy cercana a la muerte; y, por otra parte, en el texto evangélico, que omite la liturgia de este domingo, se narra también el milagro que hace el Señor con la curación de una mujer que padecía flujos de sangre, conocida como la hemorroisa, que había puesto todos los medios humanos posibles para superar su enfermedad. Y ambos nos dan a todos ejemplo de fe en la omnipotencia de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, en realidad, sólo un milagro podía curar a la hija de Jairo, que estaba en la agonía, y resucitarla una vez muerta, así como remediar la enfermedad de la hemorroisa, que había puesto ya todos los medios humanos posibles.

VOLUNTAD DE DIOS Y AYUDA DIVINA

A la vista de estos dos milagros que realizó Jesucristo, sería bueno que los cristianos de todos los tiempos consideremos que nunca nos faltará la ayuda del Señor, para superar los obstáculos que se opongan a nuestra salvación, si estamos decididos a cumplir siempre la voluntad de Dios Nuestro Señor.

Por su parte, la hemorroisa padecía una enfermedad, por la que, según el Levítico, estaba en impureza legal. Además, ningún medio humano había conseguido curarla. Por lo tanto, a los sufrimientos físicos, se añadía la vergüenza de sentir tal enfermedad. Por eso, para no ser notada por la gente, se acercó a Jesús por detrás y toco tan sólo su manto, con delicadeza. Por lo tanto, su fe se enriqueció por esta manifestación de humildad, ya que, en su conciencia, se consideraba indigna de tocar al Señor. Pero se acercó, delicadamente y llena de fe, al ruedo de su manto. Creyó y supo que había sido sanada. ¡Qué ejemplo para nosotros en orden a saber amar la Confesión y la Comunión!

Pensemos además que, de la muchedumbre que oprime al Señor, una sola persona ha tocado de verdad a Jesús. Ciertamente, está enferma, no sólo con un gesto suyo, sino sobre todo con la fe de su corazón, obtiene la curación. Y comenta San Agustín: “Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa tocó sino que creyó?” Entonces pensemos que necesitamos el contacto con Jesús. No nos ha sido dado otro nombre bajo el Cielo por el que podamos ser salvos (se nos dice en el libro de los Hechos). Por eso, al recibir, en la Sagrada Eucaristía, a Jesucristo, se realiza este contacto físico a través de las especies sacramentales. Por lo tanto, por nuestra parte, necesitamos avivar la fe para que resulten provechosos estos encuentros, en orden a nuestra salvación.

CARÁCTER EXCLUSIVAMENTE DIVINO DE LOS MILAGROS

Por lo que se refiere a la resurrección de la hija de Jairo, se trata de una manifestación clara de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Solamente Dios puede hacer milagros; en ocasiones de un modo directo y otras por medio de las criaturas como instrumentos. El carácter exclusivamente divino de los milagros – y particularmente de la resurrección de los muertos- está recogida en el Antiguo Testamento, con frases como las siguientes: “Yahwéh da la muerte y da la vida, hace bajar al sepulcro y subir de él” (1 Sam. 2,6) porque tiene “el poder de la vida y de la muerte” (Sap. 16,13). Y también, en el Antiguo Testamento, Dios se vale de los hombres para resucitar a los muertos: el profeta Elías resucitó al hijo de la viuda de Sarepta “invocando a Yahwéh” (1 Reg 17,21), y Eliseo “oró a Yahwéh”, para obtener de El la resurrección del hijo de la Sunamita (2 Reg 4,33).

Asimismo, en el Nuevo Testamento observamos como los Apóstoles no obraron por poder propio, sino por el poder de Jesús, a quien habían elevado antes una ardiente súplica: Pedro devuelve la vida a una cristiana de Joppe llamada Tabita (Hechos de los Apóstoles, 9,36 y ss.); y Pablo, en Troáde, al joven Eutico, que se había caído de una ventana (Hechos de los Apóstoles 20,7 y siguientes). Y cuando Jesús, con autoridad soberana, sin remitirse a un poder superior, manda, sin más, que vuelva a la vida la hija de Jairo, manifiesta así que El es Dios.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid


SI NO SE PIERDE DE VISTA LO SOBRENATURAL, LAS DIFICULTADES AYUDAN A LA DIFUSIÓN DEL EVANGELIO. (Homilía. Domingo 12º del Tiempo Ordinario. 21-VI-2015)

El milagro de la tempestad calmada por el Señor, en el Mar de Galilea, debió de ser considerado muchas veces por los Apóstoles presentes, a la vista de las luchas y problemas. Y, sin duda, les sirvió en multitud de ocasiones para superar las dificultades en la predicación y difusión del Evangelio de Jesucristo, no perdiendo nunca el punto de vista sobrenatural.

Y, precisamente, San Alfonso María de Ligorio, en multitud de predicaciones, se refirió a este milagro, al considerar los miles de peligros, tentaciones y ocasiones de pecar, respetos humanos y pasiones desordenadas, a las que se pueden ver sometidos los cristianos, en su caminar por esta tierra. Por eso, precisa que “cuando uno se vea asaltado por una pasión incontrolada, debe poner los medios humanos y sobrenaturales para evitar las ocasiones”. Y sobre todo, en esta vida –añade- “hemos de tener los ojos fijos en Dios, que es quien tan sólo nos ha de liberar de tales peligros”.

EL SEÑOR NUNCA NOS DEJARÁ SOLOS

Ciertamente, algunas veces se levanta la tempestad a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y nuestra pobre barca parece que ya no aguanta más, hasta el punto de que puede darnos la impresión de que Dios guarda silencio. Pero no es así: tengamos en cuenta que el Señor nunca nos dejará solos. Por eso debemos acercarnos a Él, poner los medios que se precisen. Y, en todo momento, podemos decirle: ¡Señor, no me dejes! Y pasaremos junto a Él las tribulaciones, que dejarán de ser amargas, y no nos inquietarán las tempestades.

 Vemos en el Evangelio de este domingo, como Jesús se puso en pie, increpó al viento, y dijo al lago: ¡Silencio, cállate! Y este milagro quedó para siempre en el  alma de los Apóstoles; sirvió para confirmar su fe y para preparar su ánimo, en vista de las batallas, duras y difíciles que les aguardaban. Y también en otra ocasión, camino de Jerusalén, les había dicho el Señor que se iba a cumplir lo que habían vaticinado los profetas acerca del Hijo de Dios: será entregado en manos de los gentiles, escarnecido, azotado y escupido. Y después le darán muerte y al tercer día resucitará. Con ello, trata de persuadir a aquellos primeros y también a nosotros, de que entre Él, su doctrina y el mundo, como reino del pecado, no hay posibilidad de entendimiento. Por consiguiente, si somos fieles habrá vientos, oleadas y tempestad. Sin embargo, Jesús podrá volver a decir al lago embravecido: ¡Silencio, Cállate!

EL TRATO ÍNTIMO CON ÉL NOS HARÁ ROCAS FIRMES

Pero, con la serenidad y la fortaleza que nacen del trato íntimo con Dios Nuestro Señor seremos roca firme. Como ejemplo concreto, es de especial importancia la influencia de las familias en la vida social y pública. Por lo tanto, no podemos permanecer inactivos, ninguno de nosotros, mientras los enemigos de Dios pretenden borrar toda huella que señale el destino eterno de los humanos.

Ya decía, el beato Álvaro del Portillo, en una Carta Pastoral del 31 de mayo de 1987: “Esto nos debe mover a una incansable labor apostólica en todos los ambientes, cada uno en el suyo, aunque encontremos incomprensiones y malentendidos de personas que no quieren o no pueden entender. Y si surgen dificultades, tengamos en cuenta que más abundante llega a ser la gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio pongan a toda labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, dice San Pablo, en la Carta a los Romanos”.

Y finalmente, tengamos en cuenta que la Santísima Virgen no nos abandona en ningún momento: “Si se levantan los vientos de las tentaciones –afirma San Bernardo- mira la estrella, llama a María. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía: llegarás felizmente al puerto si ella te ampara”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LOS CATÓLICOS DEBEMOS APRENDER DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS A NO TENER FALSOS RESPETOS HUMANOS. (Homilía: Domingo, 14-VI- 2015)

Los católicos debemos aprender de los primeros cristianos a no tener falsos respetos humanos, a no temer el “que dirán”, a mantener viva la preocupación de dar a conocer a Cristo, en cualquier situación en que nos encontremos, con la conciencia clara de que es el tesoro que hemos encontrado, la perla preciosa que hallamos tras mucho buscar. De esta forma, estas realidades nos deben conducir a la lucha contra los respetos humanos, pues es fácil encontrar un clima adverso, cuando no escondemos nuestra condición de cristianos que siguen a Jesús de cerca y quieren ser consecuentes con la doctrina que profesan. Pues, por desgracia, muchos que se dicen cristianos, con una postura poco valiente a la hora de dar testimonio de su fe, parecen valorar más la opinión de los demás que la de Jesucristo. Y de esta forma, se dejan llevar por la fácil comodidad de seguir la corriente, de no significarse en nada. Actitud que revela debilidad de carácter, falta de convicciones profundas y poco amor a Dios Nuestro Señor.

Precisamente, el Señor, en el Evangelio de este domingo, en orden a que vivamos como auténticos católicos, nos pone un ejemplo, tomado de los agricultores que se esfuerzan por preparar bien el terreno para la siembra. Pero una vez sembrado el grano, ya no pueden hacer por él nada más, hasta el momento de la siega; de manera que el grano se desarrolla por su propia fuerza. Con esta comparación, expresa el Señor el vigor íntimo del crecimiento del Reino de Dios en la tierra, hasta el fin de la siega, o sea, el día del Juicio Final.

LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO DA SU FRUTO

El mismo Jesús habla de la Iglesia a sus discípulos, concretando que la predicación del Evangelio dará su fruto, gracias al mismo Dios Nuestro que da el incremento, como afirma San Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Y todo se realizará “sin que se sepa cómo”; es decir, sin que los hombres se den plenamente cuenta.

Al mismo tiempo, el Reino de Dios indica la operación de la gracia en cada alma: efectivamente, Dios opera silenciosamente en nosotros una transformación, mientras dormimos o mientras velamos, haciendo brotar en el fondo de nuestra alma resoluciones de fidelidad, de entrega, de correspondencia, hasta llevarnos a la edad “perfecta”, como afirma la Carta los Efesios.

ESFUERZO DEL HOMBRE Y ACTUACIÓN DE DIOS

Tengamos en cuenta que aunque es necesario este esfuerzo del hombre; en definitiva es Dios quien actúa, “porque – como afirma San Josemaría, en Es Cristo que pasa- el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos, cada día más a Dios Padre”. Cómo dice San Pablo en la Carta a los Romanos: Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

Ciertamente, el sentido principal de la parábola que dicha por el Señor, ofrece la Misa de este domingo 11º del Tiempo Ordinario, viene dado por el contraste entre lo pequeño y lo grande. La semilla del Reino de Dios en la tierra es algo muy pequeño al principio; luego será un árbol grande. Así vemos como el reducido grupo inicial de los discípulos crece en los comienzos de la Iglesia, se extiende a lo largo de los siglos y llegará a ser una muchedumbre inmensa “que nadie podrá contar”, como dice el Apocalipsis.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña ( Archidiócesis de Santiago de Compostela, España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.