LA EUCARISTÍA, PAN DE VIDA QUE RECIBIDA DIGNAMENTE NOS ENCAMINA A LA VIDA ETERNA. (Homilía: XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 2-VIII-2015)

Ir a Jesús es creer en El, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que El es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones de los humanos. “¡Qué hermosa es nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón”, dice San Josemaría, en un libro suyo titulado Camino.

Según el Evangelio de la Misa del Domingo dieciocho del Tiempo Ordinario que hoy celebramos, el Señor comienza corrigiendo la falta de rectitud de intención de aquellos israelitas que les movía a seguirle, preparándoles así para entender la doctrina del discurso eucarístico. “Me buscáis por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados sólo por intereses temporales!. Apenas se busca a Jesús por Jesús”, dice San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan.

LOS DONES MESIÁNICOS, SALVACIÓN DEL MUNDO

En esta ocasión de encuentro con los judíos, el Señor se revela como el que viene a la Tierra para traer los dones mesiánicos, es decir, aquellos que iban a dar la salvación al Mundo. Y así, efectivamente, Jesús, en su discurso a los judíos, se presenta como el Pan de Vida, que se da sacramentalmente en el Misterio de la Eucaristía, que nos encamina, recibida dignamente, a la Vida Eterna.

Como todos sabemos, el alimento corporal sirve para la vida en este mundo. Por su parte, el alimento espiritual sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Se trata del alimento que sólo Dios puede darnos, y que consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. E incluso entendemos que, por amor divino infinito, en la Sagrada Eucaristía, recibimos como alimento del alma, al mismo autor de esos bienes, que es Nuestro Señor Jesucristo.

LOS MISTERIOS DE LA ENCARNACIÓN Y LA EUCARISTÍA

Por otra parte, en el diálogo que Jesús mantiene con sus oyentes vemos que se habla de un pan que baja del Cielo, para dar la vida al mundo, es decir, se trata, en realidad, del misterio de la Encarnación y, al mismo tiempo, el Señor se refiere al Misterio de la Eucaristía.

En el Evangelio de este Domingo vemos además el diálogo entre Jesús y sus oyentes, en el que el mismo Señor trata de llevarles, ante todo, a un acto de fe en El, para revelarles abiertamente el misterio de la Sagrada Eucaristía. Así, en efecto, les confirma que El es el pan “que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo”. Y también el mismo San Pablo explica, en la Primera Carta a los Corintos, que el maná y los demás prodigios que acaecieron en el desierto eran prefiguración clara de Jesucristo.

Pero, la actitud incrédula de aquellos judíos les incapacitaba para aceptar la revelación de Jesús. Ciertamente, para reconocer el misterio de la Eucaristía es necesaria la fe. Lo resaltó el Papa, Beato Pablo VI, en la Encíclica Mysterium fidei, con las siguientes palabras: “Ante todo queremos recordar una verdad, de vosotros bien sabida, pero muy necesaria para eliminar todo veneno de racionalismo, verdad que muchos católicos han sellado con su propia sangre y que célebres Padres y Doctores de la Iglesia han profesado y enseñado constantemente, esto es, que la Eucaristía es un altísimo misterio, más aún, hablando con propiedad, como dice la Sagrada Liturgia, el misterio de fe. Es, pues, necesario que nos acerquemos particularmente a este misterio, con humilde reverencia, no buscando razones humanas, que deben callar, sino adhiriéndose firmemente a la Revelación divina”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


“NO SE PUEDE CONFUNDIR EL CRISTIANISMO CON UNA IDEOLOGÍA SOCIAL O POLÌTICA”. (Homilía: Domingo 17º del Tiempo Ordinario, 26-VII-2015)

Consideremos que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea. “No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político-religiosa –sería una locura-, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está – en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas- sepa dar testimonio, con el ejemplo y la palabra, de la fe que profesa. El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte- la eficacia salvadora del Señor”. Así se expresa San Josemaría Escrivá, en un libro suyo, titulado: “Es Cristo que pasa. Homilías”.

Precisamente, el Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, afirma que “Los Evangelios muestran claramente como para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yaweh. No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños,  a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor”.

SENSIBILIDAD DEL SEÑOR ANTE LAS NECESIDADES ESPIRITUALES Y MATERIALES

El Señor muestra su inmensa sensibilidad ante las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y aquí, en el Evangelio de la Misa de este domingo, le vemos tomando la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Efectivamente, con los diálogos que mantiene con los discípulos, Jesús  les enseña que, ante las dificultades que encontrarán en sus tareas apostólicas, deben confiar que Él sabrá multiplicar la eficacia de los medios que parecen insignificantes. “Fe, pues –dice San Josemaría, en Es Cristo que pasa, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas”.

Ahora bien, el relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces que va a realizar el Señor comienza con las palabras que los Sinópticos y San Pablo describen la Institución de la Eucaristía. Tal coincidencia indica que el milagro es figura de este Sacramento. Y el mandato que da Jesús de que se recojan los trozos sobrantes, lo explica muy bien el Papa Beato Pablo VI, en un Discurso a los participantes en la Conferencia mundial de la Alimentación, el 9-XI-1974, cuando dice que “después de haber alimentado con liberalidad a la muchedumbre, el Señor recomienda a sus discípulos recoger lo que ha sobrado para que nada se pierda. ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra, para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto”.

JESUCRISTO NO ACEPTABA LA POSICIÓN DE QUIENES MEZCLABAN LAS COSAS DE DIOS CON ACTITUDES MERAMENTE POLÍTICAS

Como vemos por el texto del Evangelio, la fe que el milagro suscita en aquellos hombres es todavía muy imperfecta: le reconocen como el Mesías prometido en el Antiguo Testamento, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, quieren hacerle rey porque consideran que el Mesías ha de librarlos de la dominación romana. Pero Nuestro Señor Jesucristo no acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. Y, realmente es así, porque la perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor. (afirmaciones recogidas de las enseñanzas del Vaticano II en la Constitución “Lumen gentium” y en el Discurso Pontificio al Episcopado latinoamericano).

Tengamos en cuenta, por tanto, que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea. “No pienso –dice San Josemaría- en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político-religiosa -sería una locura-, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa”.

“El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte- la eficacia salvadora del Señor. No importa que esta ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”. (San Josemaría, en la obra citada, “Es Cristo que pasa”, páginas 392-393).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EL TEXTO DEL EVANGELIO DE LA FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL NOS RECUERDA LA VOLUNTAD SALVÍFICA UNIVERSAL DE DIOS NUESTRO SEÑOR. (Homilía: 25-VII-2015)

Santiago Apóstol, patrono de España, es hijo de Zebedeo y María Salomé, y hermano de San Juan Evangelista. Fue uno de los tres discípulos predilectos de Jesucristo, que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor, en la Agonía de Getsemaní y en otros acontecimientos importantes de la vida pública de Jesús. Es el primer apóstol que murió mártir, por predicar el mensaje salvador  de Nuestro Señor Jesucristo. Su actividad apostólica se desarrolló inicialmente en Judea y Samaría y, seguidamente, en España. Vuelto a Palestina, sufrió martirio el año 44, por orden del rey Herodes Agripa. Sus restos  fueron trasladados a Santiago de Compostela (España), que se ha convertido en centro mundial de peregrinación.

EL GOBIERNO EN LA IGLESIA ES SERVICIO

 Según nos narra el Evangelio de la Misa de la Solemnidad, María Salomé, la Madre de Santiago y Juan, pensando en la restauración inminente del reino temporal del Mesías, solicita para sus hijos los dos puestos más influyentes. Nuestro señor Jesucristo la reprende porque observa que desconoce la verdadera naturaleza del reino de los Cielos, que es espiritual. Y también la corrige porque ignora la verdadera naturaleza del gobierno en la Iglesia que iba a fundar, que es servicio y martirio. Precisamente, San Josemaría Escrivá, en uno de sus libros titulado Camino, dice lo siguiente: Si piensas que al trabajar por Cristo los cargos son algo más que cargas, ¡cuántas amarguras te esperan!”.

Ciertamente, “beber el cáliz”, significa sufrir persecuciones e incluso martirio, por el seguimiento de Cristo. Los hijos del Zebedeo contestaron audazmente a la pregunta del Señor: “¿podéis beber el cáliz que Yo he de beber?”. “Sí podemos”, dijeron. Y la respuesta del Señor es clara: “mi cáliz sí lo beberéis”. Y así fue: Santiago el Mayor morirá mártir en Jerusalén, hacia el año 44, mientras que su hermano Juan, tras haber sufrido cárcel y azotes en el mismo Jerusalén, padecerá largo destierro en la isla de Patmos.

LOS PUESTOS EN LA IGLESIA SON POR VOCACIÓN

 Naturalmente, de estas palabras del Señor, se deduce que el acceso a los puestos de gobierno en la Iglesia, no debe ser fruto de la ambición y de las intrigas humanas, sino consecuencia de la vocación. Naturalmente, Nuestro Señor Jesucristo que tenía los ojos puestos en cumplir la Voluntad de su Padre Celestial, no iba a distribuir los cargos, llevado por consideraciones humanas, sino según los designios de Dios Padre.

Precisamente, el Concilio Vaticano II insiste, de una manera notable, en este aspecto de servicio que la Iglesia ofrece al mundo, y que los católicos han de presentar como testimonio de su identidad cristiana: “No es ambición terrena lo que mueve a la Iglesia, sólo aspira a una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, que vino a este mundo a dar testimonio de la verdad, a salvar y no a juzgar, a servir y no que le sirvieran”.

Por eso, el mismo Jesucristo se presenta como ejemplo que debe ser imitado por quienes ejercen autoridad en la Iglesia. El, que es Dios y Juez que ha de venir a juzgar al mundo, no se impone, sino que nos sirve por amor, hasta entregar la vida por nosotros. Y esto fue Él mismo quien lo vivió así desde el principio, entregando su vida por nosotros. Así lo entendió San Pedro, cuando exhorta a los presbíteros a que apacienten el rebaño a ellos confiado, no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo (San Pedro, 1ª Carta 5, 1-5). Y también San Pablo, que no estando sometido a nadie, se hace siervo de todos para ganarlos a todos. (1ª y 2ª Carta a los Corintios).

Realmente, sentimos todos alegría, al ver que el “servicio” de Cristo a la humanidad va encaminado a la salvación. En efecto, la frase “dar la vida en redención por muchos” es propia del lenguaje litúrgico-sacrificial”. Ciertamente, se trata de palabras que ya habían sido anunciadas por el profeta Isaías y que ponen de manifiesto la condición sacerdotal de Cristo, que se ofrece a Sí mismo como sacerdote y víctima en el ara de la Cruz.

Y, finalmente, la última frase del Evangelio de este día, dar Su Vida en rescate por muchos, pone de manifiesto la voluntad salvífica universal de Dios Nuestro Señor, que a todos nos ofrece la salvación. Efectivamente, Él  que es Dios y Juez que ha de venir a juzgar al mundo, no se impone, sino que nos sirve por amor, hasta el punto de entregar la vida por nosotros. Y esta es su forma de ser el primero. Y así lo entendió San Pedro, que exhorta a los presbíteros a que apacienten el rebaño de Dios a ellos confiado, no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo (1ª Carta de San Pedro). Y San Pablo que, no estando sometido a nadie, se hace siervo de todos para ganarlos a todos, como está recogido en su Primera y Segunda Carta a los Corintios.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


“CONMUEVEN A JESÚS EL HAMBRE Y EL DOLOR, PERO SOBRE TODO LE CONMUEVE LA IGNORANCIA”(HOMILÍA: DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO. 19-VII-2015)

El Señor ha hecho planes para descansar un poco, junto con los Apóstoles, de las absorbentes tareas apostólicas, según nos describe el Evangelista San Marcos, en el texto evangélico de este domingo 16º del Tiempo Ordinario. Pero no puede llevarlo acabo por la presencia de un gran número de gente que acude a El, ávida de su palabra.

Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo no solo no se molesta con la presencia de mucha gente ávida de escucharle, sino que siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. Como se dice en el libro del profeta Oseas: “se muere mi pueblo por falta de doctrina”. Por lo tanto, necesitamos instrucción. Y tal necesidad quiere el Señor que se subsane con la predicación y la escucha de la palabra de Dios. San Josemaría en uno de sus libros, titulado Es Cristo que pasa, número 209, afirma: “Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia”.

INTENSIDAD DEL MINISTERIO PÚBLICO DEL SEÑOR

 Ciertamente, en el Evangelio de este Domingo dieciséis del Tiempo Ordinario, se nota la intensidad del ministerio público de Nuestro Señor Jesucristo. Efectivamente, era tal la dedicación a la almas que, por dos veces, el Evangelista San Marcos hace notar que incluso le faltaba el tiempo para comer. (Así se narra en el Evangelio de San Marcos 3,20).

 Esto quiere decir que los cristianos debemos estar dispuestos a sacrificar nuestro propio tiempo, e incluso el descanso, para servicio del Evangelio. Debemos tener, por lo tanto, una actitud de disponibilidad que nos debe llevar a saber cambiar nuestros planes, cuando lo exija el bien de las almas.

 Pero también nos enseña Jesús a tener sentido común y no pretender hacer locamente ciertos esfuerzos, que exceden absolutamente nuestras fuerzas naturales. Como se puede ver en el Evangelio de San Marcos, el mismo “Señor hace descansar a sus discípulos para enseñar a los que gobiernan que quienes trabajan de obra o de palabra por Nuestro Señor Jesucristo no pueden trabajar sin interrupción”. O hacer como enseña también San Josemaría en un libro suyo, titulado Camino: “El que se entrega a trabajar por Cristo no ha de tener un momento libre, porque el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo”.

 Como decía también San Josemaría, el “descanso significa recopilar fuerzas, ideales, planes… En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos- al quehacer habitual”. Ese tiempo ha de suponer un enriquecimiento interior, consecuencia de haber amado a Dios, de haber cuidado con esmero las normas de piedad, y de haber vivido también la entrega a los demás, tratando de fomentar el olvido de nosotros mismos. Deben ser días en los que especialmente procuramos hacer la vida más agradable a quienes nos rodean. Y su alegría y felicidad constituirán una buena parte de nuestro descanso.

 NO DEJAR A UN LADO LA VIDA SOBRENATURAL

 Por desgracia, hoy son muchos que dejan su vida sobrenatural a un lado, al elegir, imprudentemente, lugares de vacaciones donde el ambiente moral se ha degradado de tal modo que un buen cristiano no puede frecuentarlo, si desea ser consecuente con su vida cristiana. Sería triste que una persona que habitualmente vive cara a Dios aprobase con su presencia el triste espectáculo de esos ambientes y se expusiera gravemente a ofender al Señor. Y más grave sería, si se tratara de unos padres que cooperasen, a que sus hijos y las personas que de ellos dependen, sufrieran en sus almas un daño, muchas veces irreparable: cargarían sobre sus conciencias los pecados propios y los de sus hijos.

 A muchos podría decir el Señor aquellas palabras que San Agustín escribe en su libro Las Confesiones: “¿Por qué sigues caminando por caminos difíciles y penosos? El descanso no está donde tú lo buscas. Haces bien en buscar lo que buscas; pero debes saber que no está donde lo buscas. Buscas la vida feliz en la región de la muerte. ¡No está allí! ¿Cómo es posible que haya vida feliz donde ni siquiera hay vida?”.

 No olvidemos que, aunque el descanso es un deber, no lo es en modo absoluto, y que el bien del alma, propia y ajena, está por encima del bien corporal. En un cristiano que desea conducirse en unidad de vida, no quiere Dios un tiempo en el que reponerse físicamente significara para el alma quedar enferma, rota o, al menos, empobrecida. Además, con un poco de buena voluntad, siempre será posible encontrar lugares donde se pueda descansar teniendo a Dios muy cerca, en nuestra alma en gracia, y poder usar los medios que la Santa Madre Iglesia nos proporciona a través de sus templos o iglesias.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.