EL EVANGELIO DE ESTE DOMINGO MUESTRA UNA IMAGEN DE LA ACTUACIÓN DEL SEÑOR EN LAS ALMAS, QUE NOS PUEDE AYUDAR A ENCAUZAR LA VIDA CRISTIANA DE MUCHAS PERSONAS. ( Domingo: 23º del Tiempo Ordinario: 6-9-2015)

 El Evangelio de la Misa del Domingo Vigésimo Tercero del Tiempo Ordinario narra la curación de un sordomudo. El Señor lo llevó aparte, metió los dedos en sus orejas y con saliva tocó su lengua. Después, Jesús miró al Cielo y le dijo: Effethá, que significa: ábrete. Al instante se le abrieron sus oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

Los dedos, según la Teología dogmática de Schmaus, significan una acción divina poderosa, y a la saliva se atribuía cierta eficacia para aliviar las heridas. Aunque son las palabras de Cristo las que curan, quiso, como en otras ocasiones, utilizar elementos materiales visibles que, de alguna manera, expresaran la acción más profunda que los sacramentos iban a efectuar en las almas. Ya en los primeros siglos y durante muchas generaciones, como afirma Martimort, en su obra La Iglesia en oración, la misma Iglesia empleó, en el momento del Bautismo, estos mismos gestos del Señor, mientras oraba sobre quien iba a ser bautizado, con estas palabras: El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda a su tiempo escuchar su palabra y proclamar la fe.

IMAGEN DE LA ACTUACIÓN EL SEÑOR, EN LAS ALMAS

En esta actuación, que realiza el Señor, podemos ver una imagen de su actuación en las almas: libra al hombre del pecado, abre su oído para escuchar la palabra de Dios y suelta su lengua para alabar y proclamar las maravillas divinas. En el momento del Bautismo, el Espíritu Santo, el dedo de la diestra de Dios Padre, como lo llama la Liturgia, nos dejó libre el oído para escuchar la palabra de Dios, y también nos dejó expedita la lengua para anunciarla por todas las partes; y esta acción se prolonga a lo largo de la vida.

San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio, en uno de sus sermones, dice que la lengua de quien está unido a Dios “hablará del bien, pondrá de acuerdo a quienes no lo están, consolará a los que lloran…Dios será alabado, Cristo será anunciado”. Efectivamente, esto haremos nosotros si tenemos el oído atento a las continuas mociones del Espíritu Santo y si también tenemos dispuesta la lengua para hablar de Dios, sin respetos humanos.

LA SORDERA DEL ALMA PEOR QUE LA DEL CUERPO

Ahora bien, existe una sordera del alma peor que la del cuerpo, pues no hay mayor sordo que el que no quiere oír. Son muchos los que tienen los oídos cerrados a la Palabra de Dios, y son muchos también quienes se van endureciendo más y más a las innumerables llamadas de la gracia. El apostolado paciente, tenaz, lleno de comprensión, acompañado de la oración, hará que muchos conocidos nuestros oigan la voz de Dios y se conviertan en nuevos apóstoles, que la pregonen por todas partes. Ciertamente, esta es una de las misiones que hemos recibido, el día que nos bautizaron.

En realidad, repito, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Son muchos los que tienen los oídos cerrados a la Palabra de Dios, y muchos también los que se van endureciendo ante las innumerables llamadas de la gracia. El apostolado paciente, tenaz, lleno de comprensión, acompañado de la oración, hará que muchos amigos y familiares nuestros oigan la voz de Dios y se conviertan en nuevos apóstoles que la pregonen en todas partes. Esta es una de las misiones que los cristianos hemos recibido en el Bautismo.

No debemos, por tanto, permanecer mudos, cuando debemos hablar de Dios y de sus mensajes, sin trabas de ninguna clase: por ejemplo, los padres a sus hijos, enseñándoles desde pequeños las oraciones y los primeros fundamentos de la fe. El amigo al amigo, cuando se presenta la ocasión oportuna, y provocándola cuando es necesario; el compañero de oficina, a quienes le rodean en el trabajo.

Tampoco podemos permanecer callados ante muchas oportunidades que el Señor nos pone delante. Incluso resultaría poco natural para un buen cristiano el no hacer ninguna referencia sobrenatural, por ejemplo ante la muerte de un ser querido o cuando se comenta alguna noticia calumniosa. Estos y otros muchos casos son buenos motivos para hablar de la belleza de la fe, de la alegría incomparable de tener a Cristo; de lograr que nadie pierda la fe ante la avalancha de ideas y de errores doctrinales y morales, ante los cuales muchos se encuentran indefensos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


NO A LA IMPUREZA Y AL DESEO INMODERADO DE BIENES MATERIALES. (Homilía: Domingo 22º del Tiempo Ordinario: 30- agosto-­2015)

Las acciones de los humanos provienen del corazón. Y si éste está manchado, el hombre entero queda también manchado. La impureza no sólo se refiere al desorden de la sensualidad, aunque este desorden –es decir, la lujuria- deje una huella profunda, sino también el deseo inmoderado de bienes materiales, a la actitud que lleva a ver a los demás con malos ojos, con torcida intención, a la envidia, al rencor, a la inclinación egocéntrica de pensar en uno mismo con olvido de los demás, a la abulia interior, causa de ensueños y fantasías que impiden la presencia de Dios y un trabajo intenso. De esta forma, las obras exteriores quedan marcadas por lo que hay en el corazón. ¡Cuántas faltas externas de caridad tienen su origen en susceptibilidades o en rencores depositados en el fondo del alma, y que debieron cortarse nada más aparecer!

 Jesús, en el Evangelio de este vigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario, rechaza la mentalidad que se ocultaba detrás de aquellas prescripciones, que con frecuencia habían perdido todo contenido interior, que nos permitirá ver a Dios en medio de nuestras tareas. Él quiere –¡tantas veces nos lo ha dicho!-, reinar en nuestros afectos, acompañarnos en nuestra actividad, darle un nuevo sentido a todo lo que hacemos. Pidámosle que nos ayude a tener siempre un corazón limpio de todos esos desórdenes.

 LUCHA ALEGRE Y CONSTANTE DURANTE LA VIDA

 La pureza del alma tiene que ser plenamente amada y buscada con alegría y con empeño, apoyándonos en la gracia de Dios. Y esa limpieza interior se va logrando mediante una lucha alegre y constante, prolongada a lo largo de la vida, que se mantiene vigilante, para no pactar con actitudes y pensamientos que alejan de Dios y de los demás; es también el fruto de un gran amor a la Confesión frecuente bien hecha, donde nos purifica el Señor y nos llena de su gracia, donde “lavamos” nuestro corazón. Por su parte, la pureza interior lleva consigo un fortalecimiento y dilatación del amor, y una elevación del hombre hasta la dignidad a la que ha sido llamado.

 “El corazón humano –afirma el profesor Orlandis- sigue sintiendo hoy aquellos mismos impulsos que denunciaba Jesús como causa y raíz de la impureza: el egoísmo en todas sus formas, las intenciones torcidas, los móviles rastreros que inspiran en tantas ocasiones la conducta de los hombres. Pero parece que en estos momentos la vida del mundo registra un hecho que hay que estimar como nuevo por su difusión y gravedad: la degradación del amor humano y la oleada de impureza y sensualidad que se ha abatido sobre la faz de la tierra. Ésta es una forma de rebajamiento del hombre que afecta a la intimidad radical de su ser, a lo más nuclear de su personalidad y que, por la extensión que ha alcanzado, hay que considerar como fenómeno histórico sin precedentes”.

 DEMOSTRARLO CON PALABRAS Y VIDA LIMPIA

 Con la ayuda de la gracia, que el Señor nos concede si no ponemos obstáculos, es tarea de todos los cristianos mostrar, con vida limpia y con la palabra, que la castidad es virtud esencial para todos –hombres y mujeres, jóvenes y adultos-, y que cada uno ha de vivirla, de acuerdo con las exigencias del estado al que le llamó el Señor.

 Ciertamente, la pureza cristiana, la castidad, ha sido siempre la gloria de la Iglesia y una de las manifestaciones más claras de su santidad. Por lo tanto, cada uno en su estado, pida al Señor que le conceda un corazón bueno, limpio, capaz de comprender a todas las criaturas y de acercarlas a Dios. Nos puede servir en muchas ocasiones, a modo de oración corta, la petición que la Liturgia dirige al Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés: “Limpia en mi alma lo que está sucio, riega lo que es árido, sin fruto, cura lo que está enfermo, doblega lo que es rígido, calienta lo que está frío, dirige lo extraviado”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EL CONCEPTO DE LIBERTAD SE CARACTERIZA POR LA POSIBILIDAD DE HACER EL BIEN. (HOMILÍA. 21º Domingo del Tiempo Ordinario: 23–VIII-2015)

Consideremos que los Apóstoles dicen que sí a Cristo. Y nosotros también hemos dicho que sí, para siempre a Jesús. Hemos abrazado la Verdad, la Vida, el Amor. La libertad que Dios nos ha dado la hemos dirigido en la única dirección acertada. Hoy es buena ocasión para examinar cómo es nuestra entrega a Dios.

 Para muchos, desgraciadamente, la libertad significa seguir los impulsos o los instintos, dejarse llevar por las pasiones o por lo que les apetece en un momento dado. Estas personas -¡tantos!- están olvidando que “la libertad –dijo San Juan Pablo II- es ciertamente un derecho humano irrenunciable y básico, pero que ella no se caracteriza por el poder elegir el mal, sino por  la posibilidad de hacer responsablemente el bien, reconocido y deseado como tal”. “Un hombre que tenga un equivocado y pobre concepto de la libertad –dice el célebre Burke en su obra ·”Conciencia y Libertad”– rechazará toda verdad, que proponga una meta válida y obligatoria para todos los hombres, porque le parecerá como un enemigo de su libertad”. Esto ocurre con los Mandamientos de Dios y con las leyes y enseñanzas de la Iglesia, que son señales que garantizan nuestra libertad y señalan el camino que lleva al Cielo.

 EL SEGUIMIENTO DE CRISTO ENCUENTRA LA LIBERTAD

 Debemos considerar que, ciertamente, las señales que el Señor nos va dando son de fiar. No son restricciones impuestas al hombre, no son cargas onerosas: son brillantes puntos de luz que iluminan el camino, para que lo podamos ver y recorrer con confianza. Porque quien responde a las gracias de Dios, al escuchar su voz, experimenta que en el seguimiento de Jesús encuentra la libertad.

 Decía el Papa San Juan Pablo II, en una alocución, del  6 de junio del año 1988, que al escuchar la voz del Señor, uno ve clara su senda: “los mandamientos entonces –afirma- no se sienten ya como una imposición que viene de fuera, sino como una exigencia que nace de dentro, y a la cual, por tanto, la persona se somete de buen grado, libremente, porque sabe que, de este modo, puede realizarse en plenitud”.

Y se toma la decisión propia y personal, por la que buscamos el bien en el trabajo, en la diversión legítima, en la familia, en la amistad, en definitiva, en todo lo noble. Una decisión, muchas veces renovada, por la que nos adherimos a Cristo. Y así realizaremos la plenitud a la que Dios Nuestro Señor nos ha llamado.

 LA LIBERTAD ES SIEMPRE LA DEL HOMBRE CREADO A IMAGEN DE SU CREADOR

 “El hombre –enseñó el Papa, San Juan Pablo II, en el Mensaje para la Jornada de la Paz del 8 de septiembre de 1980- no puede ser auténticamente libre ni promover la verdadera libertad, si no reconoce y no vive la trascendencia de su ser por encima del mundo y su relación con Dios, pues la libertad es siempre la del hombre creado a imagen de su Creador”.

 Y “para ser verdaderamente libre –añade San Juan Pablo II- el hombre debe ser liberado de la esclavitud y transformado en una nueva criatura. La libertad radical del hombre se sitúa al nivel más profundo: el de la apertura a Dios por la conversión del corazón, ya que es en el corazón del hombre donde se sitúan las raíces de toda sujeción, de toda violación de la libertad”.

O HIJOS DE DIOS O ESCLAVOS DE LA SOBERBIA

Posiblemente, mientras cada día que seguimos a Cristo experimentamos con más fuerza la alegría de nuestra elección y el ensanchamiento de nuestra libertad, vemos a nuestro alrededor cómo viven en servidumbre quienes un día volvieron la espalda a Dios o no quisieron conocerle. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse.

Pensemos que el Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Ciertamente, cuando nos decidimos elegir a Cristo como fin de nuestra vida lo hemos ganado todo.

 Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Por lo tanto, reafirmemos nuestro seguimiento a Cristo, con mucho amor, confiados en su ayuda, llena de misericordia; y con plena libertad le diremos: mi libertad para Ti. Así imitaremos a la que supo decir: He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia “Europa Press”. 


LA EUCARISTÍA TIENE LA MISMA FUERZA DE DIOS QUE AL PRINCIPIO CREÓ EL UNIVERSO. (Homilía:20ºDomingo del Tiempo Ordinario, 16-VIII-2015). (Antes de esta Homilía, está la del 15 de agosto: Solemnidad de la Asunción)

Los Santos Padres de la Iglesia tuvieron siempre gran cuidado en advertir a los fieles que, al considerar el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, confiaran no en los sentidos que se fijan en las propiedades del pan y del vino, sino en las palabras de Cristo, que tienen tal fuerza que cambian, transforman el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, porque, como más de una vez lo afirman los mismos Padres, el poder que realiza esto es la misma fuerza de Dios omnipotente, que al principio del tiempo creó el universo de la nada.

 Pensemos que el maná que se describe en el libro del Éxodo, era también figura de la Eucaristía, que nos alimenta a los cristianos en todo nuestro peregrinar por este mundo. Por lo tanto, la Comunión es el maravilloso banquete en el que Cristo se nos da a Sí mismo. “El pan que Yo os daré es Mi carne para la vida del mundo”. Estas palabras son la promesa  de la institución de la Eucaristía, en la Última Cena.

 

Por lo tanto, cuando comulgamos, participamos del sacrificio de Jesucristo. “Oh sagrado banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de la Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”, se recuerda en la Liturgia de las Horas, de la solemnidad del Corpus Christi. Por eso, en las Segundas Vísperas, en la antífona del “Magnificat”, se dice: “Oh sagrado banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de la Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria.”

 NECESIDAD DE RECIBIR A JESUCRISTO, EN LA EUCARISTÍA

Por eso, Nuestro Señor Jesucristo, reitera con gran fuerza la necesidad de recibirle en la Santísima Eucaristía, para participar en la vida divina, para que crezca y se desarrolle la vida de la gracia, recibida en el Bautismo. Como sabemos, por experiencia, ningún padre se contenta con dar la existencia a su hijos, sino que les proporciona alimentos y medios para que puedan llegar a la madurez. Por eso, como dice el Catecismo de la Doctrina Cristiana, “recibimos a Jesucristo, en la Sagrada Comunión, para que sea alimento de nuestras almas, nos aumente la gracia y nos dé la vida eterna”.

 Por lo tanto, como podemos observar, Nuestro Señor Jesucristo afirma claramente que su Cuerpo y su Sangre son prenda de la vida eterna y garantía de resurrección corporal. El más sabio de los Santos, Santo Tomás de Aquino, ofrece esta explicación: “El Verbo da vida a las Almas, pero el Verbo hecho carne vivifica también los cuerpos. En este Sacramento no se contiene sólo el Verbo con su divinidad, sino también con su humanidad. Por eso, no es sólo causa de la glorificación de las almas, sino también de los cuerpos”.

 Ciertamente, el Señor emplea una expresión más fuerte que el mero comer, afirmando así el realismo de la Comunión. Por lo tanto, no se puede hacer una interpretación simbólica, como si el participar en la Eucaristía fuera tan sólo una metáfora, y no el comer y beber realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

GRAN DE DESEO DE JESUCRISTO DE UNIRSE CON NOSOTROS

Enseña San Alfonso María de Ligorio, en su obra Práctica del amor a Jesucristo, que estas invitaciones, estas promesas de Jesucristo y estas amenazas nacen del gran deseo que tiene de unirse con nosotros. Y aún cuando no le veamos, Él nos mira, y se encuentra realmente presente para que le creamos. Y hasta que lleguemos a la   Patria Celestial, quiere entregársenos completamente  y vivir así unidos con nosotros. Precisamente, la Sagrada Congregación del Concilio, en el Decreto Mysterium fidei, del 20-XII-1905, afirma “que el deseo de Jesús y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete consiste sobre todo en esto: que los fieles, unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de él fuerza para dominar la sensualidad, para purificarse de las leves culpas cotidianas y para evitar pecados graves, a los que está sujeta la humana fragilidad”.

 Por eso es bueno que consideremos con frecuencia que, según la doctrina de la Iglesia, el efecto más importante de la Sagrada Eucaristía, recibida en gracia de Dios, es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión indica esta participación unitiva en la Vida del Señor: si en todos los sacramentos, por medio de la gracia que nos confieren, se consolida nuestra unión con Jesús, ésta es más intensa en la Eucaristía, puesto que no sólo nos da la gracia, sino al mismo Autor de la gracia.

 No olvidemos que en Cristo, el Verbo Encarnado y enviado al mundo “habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente”, como dice San Pablo a los Colosenses. Y esto se produce por la inefable unión de su naturaleza humana con la naturaleza divina, en la Persona del Verbo. Al recibir nosotros en este Sacramento la Carne y la Sangre de Cristo, indisolublemente unidas a su divinidad, participamos en la misma vida divina de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y nunca apreciaremos lo suficiente la humanidad y cercanía de Dios mismo –Padre, Hijo y Espíritu Santo- que se nos ofrece en la Sagrada Comunión.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.