LA LEY COMO PROTECCIÓN DE LA LIBERTAD SOCIAL Y POLÍTICA. (OPINIÓN PÚBLICA, Nº 15: 4-X-2015)

Si la condición de la libertad humana es tal que, está sujeta a las imperfecciones de la razón y de la voluntad, se necesita una ordenación de la razón. Esto es la ley. Nada mejor que las palabras del Papa León XIII, en la Encíclica Libertas, para explicarlo: “la razón prescribe a la voluntad lo que debe buscar y lo que debe evitar para que el hombre pueda alcanzar, algún día, su fin último, al cual debe dirigir todas sus acciones. Y precisamente esta ordenación de la razón es lo que se llama ley”.

 La conclusión lógica es que la ley entra dentro de la misma libertad, “en la necesidad de que la voluntad humana no se aparte de la recta razón”, añade León XIII, en el documento citado. La ley es el gran sostén de la razón humana. La principal de todas las leyes es “la ley natural, escrita y grabada en el corazón de todos los hombres, por ser la misma razón humana la que manda al hombre obrar el bien y prohíbe al hombre hacer el mal”, concluye el citado Pontífice.

 Pero, esta ley natural no tendría fuerza si no fuera la expresión de otra razón más alta a la que debemos someter entendimiento y voluntad. Ciertamente, la ley atribuye derechos e impone obligaciones. Esta fuerza le viene dada de la autoridad, que no puede ser el hombre, sino Dios. “Síguese pues de lo dicho –afirma León XIII, en el lugar citado- que la ley natural es la misma ley eterna, que grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y a los fines que le son propios; ley eterna que es, a su vez, la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el universo”.

 LIBERTAD SOCIAL Y POLÍTICA

La libertad social y política no es otra cosa que la proyección de la misma libertad moral, en el campo de las relaciones sociales. “Lo dicho acerca de la libertad de cada individuo es fácilmente aplicable a los hombres unidos en sociedad civil”, afirma León XIII, en el lugar citado. La razón es sencilla: “porque –afirma el mismo Pontífice- lo que en cada hombre hacen la razón y la ley natural, esto mismo hace en los asociados la ley humana, promulgada para el bien común de los ciudadanos”. Porque es la ley humana positiva, subordinada a la ley natural, la reguladora del ejercicio recto de esta libertad social.

 La misión del legislador civil, al dar leyes, es conseguir “la obediencia de los ciudadanos –dice León XIII-, castigando a los perversos y viciosos, para apartarlos del mal y devolverlos al bien, o para impedir, al menos, que perjudiquen a la sociedad y dañen a sus ciudadanos. Existen muchas disposiciones que no proceden inmediatamente de la ley natural. Así por ejemplo, la naturaleza concede a todo ciudadano poder expresar sus ideas, pero la medida, el modo y el objeto de esta expresión no están determinadas por el derecho natural, sino por la convivencia social, determinadas según la razón y promulgadas por la legítima potestad, que constituyen el ámbito de la ley humana propiamente dicho”.

Efectivamente, decimos que la imperfección de la razón humana necesita una ley para que la voluntad del individuo se determine siempre al bien; del mismo modo, la “razón de la comunidad” necesita una ley, la ley humana, que sea ordenadora de su imperfección, en la consecución del fin de la sociedad.

 Ahora bien, la ley humana, debe tener por base la ley natural. “De todo lo cual se concluye –dice León XIII- que hay que poner, en la ley eterna de Dios, la norma reguladora de la libertad, no sólo de los particulares, sino también de la comunidad social. Por consiguiente, en una sociedad, la verdadera libertad no consiste en hacer el capricho personal de cada uno. Esto provocaría una extrema confusión y perturbación que acabarían destruyendo el propio Estado. Sino que consiste en que, por medio de la leyes civiles, pueda cada cual vivir fácilmente, según los preceptos de la ley eterna”.

 LA LEY ETERNA, FUENTE DE TODO DERECHO

Según el razonamiento de la doctrina pontificia, el gobernante no puede dictar leyes al azar, sino que tiene que considerar a la ley eterna como fuente de todo derecho. El hombre tiene que tender al bien, y todo lo que le aparte de eso no es libertad. El Estado debe dictar leyes, pero teniendo por base la ley eterna, ya que así siempre la ley humana se fundamentará en la recta razón. En este sentido, se explicaba San Agustín al afirmar que ninguna ley es legítima si no tiene en cuenta la ley eterna.

 En fin, Dios es el supremo ordenador de todo: “y este justísimo dominio de Dios sobre los hombres – concluye León XIII, en la citada encíclica- está tan lejos de suprimir o debilitar siquiera la libertad que, lo que hace, es precisamente todo lo contrario: defenderla y perfeccionarla, porque la perfección verdadera de todo ser creado consiste en tender a su propio fin y a alcanzarlo. Ahora bien, el fin supremo al que debe aspirar la libertad humana no es otro que al mismo Dios”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


JESÚS DEVUELVE A SU PUREZA ORIGINAL LA DIGNIDAD DEL HOMBRE Y DE LA MUJER, EN EL MATRIMONIO. (Homilía, 4-X-2015. Domingo 27º del Tiempo Ordinario)

Según el texto del Evangelio de este domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario, Jesús devuelve a su pureza original la dignidad del hombre y de la mujer en el matrimonio, según lo instituyera Dios al principio de la creación. Se dice en el Génesis: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Por eso Dios estableció, en un principio, la unidad e indisolubilidad del matrimonio.

 Por su parte, el Magisterio de la Iglesia, único intérprete autorizado del Evangelio y de la ley natural, ha custodiado y defendido constantemente esta doctrina y la ha enseñado solemnemente en innumerables documentos. “La indisolubilidad del matrimonio –afirma San José María Escrivá en su libro Conversaciones- no es un capricho de la Iglesia, y ni siquiera una mera ley positiva eclesiástica: es de ley natural, de derecho divino, y responde perfectamente a nuestra naturaleza y al orden sobrenatural de la gracia”.

 DOCTRINA DE LA INDISOLUBILIDAD

 Es importante advertir que un católico no debe dejarse impresionar, a la hora de recordar el valor perenne y universal de la doctrina sobre el matrimonio, por las dificultades o incluso las burlas que pueda encontrar en el ambiente. “Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad. Y es  necesario además repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza, como advierte San Pablo, en la Carta a los Efesios, 5,25.

 “Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: el quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

 CRISTO OFRECE UN CORAZÓN NUEVO

 “Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del Sacramento del Matrimonio ofrece un corazón nuevo; de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la dureza de corazón, sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el testigo fiel, el de las promesas de Dios y, consiguientemente, la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por el Él hasta el fin”.

 “Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo”. (Tomado de la Familiaris consortio, número 20).

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA LIBERTAD, EN SENTIDO CRISTIANO, REPRESENTA LA RESPONSABILIDAD ANTE LOS PROPIOS ACTOS O ACCIONES.(OPINIÓN PUBLICA, NÚMERO 14. (27-IX-2015).

Me parece oportuno continuar con la exposición, aunque sólo sea en síntesis, de la doctrina pontificia, porque pensamos que el nervio del problema de la libertad, en los medios de comunicación, parte de haber entendido, con claridad, el pensamiento del Papa León XIII.

Al hablar de la libertad natural afirmamos que ésta es exclusiva de los entes dotados de inteligencia o razón. “Considerada en su misma naturaleza –dice el Papa León XIII, en la Encíclica “Libertas”-, esta libertad no es otra cosa que la facultad de elegir entre los medios aptos para alcanzar un fin determinado, en el sentido de que el que tiene facultad de elegir una cosa, entre muchas, es dueño de sus propias acciones”. 

Aquí aparece el tránsito a la libertad moral. La libertad natural no es más que la facultad que tiene el hombre de pensar. La libertad moral es algo más. Representa lo que vulgarmente se entiende por libertad en sentido cristiano: responsabilidad de los propios actos o acciones. 

RAZONAMIENTO PERFECTO DE LEÓN XIII

El razonamiento del Pontífice es perfecto. Por esto, nada mejor que sus palabras: “Como todo lo que uno elige, como medio para obtener otra cosa, pertenece al  género denominado bien útil, y el bien por su propia naturaleza tiene la facultad de mover la voluntad, por esto se concluye que la libertad es propia de la voluntad, o más exactamente, es la voluntad misma, en cuanto que ésta, al obrar, posee la facultad de elegir. Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha, o sea que el bien deseado por la voluntad es necesariamente bien, en cuanto conocido previamente por la razón” .

“Tanto más cuanto que, en todas las voliciones humanas –sigue diciendo León XIII- la elección es posterior al juicio sobre la verdad de los bienes propuestos y sobre el orden de preferencia que debe observarse en estos. Pero el juicio es, sin duda alguna, acto de la razón, no de la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón. Síguese, entonces, que la libertad, lo mismo que la voluntad, tiene por objeto un bien conforme a la razón.”

Pero, al llegar aquí, tropezamos con una dificultad. Si la razón y la voluntad fuesen perfectas, al seguir siempre sus dictados, no existiría problema alguno. “No obstante –prosigue razonando León XIII-, como la razón y la voluntad son facultades imperfectas, puede suceder, y sucede muchas veces, que la razón proponga a la voluntad un objeto que, siendo en realidad malo, presenta una engañosa apariencia de bien, y que a el se aplique la voluntad”.

LA AUTÉNTICA LIBERTAD ESTÁ SÓLO EN LA ELECCIÓN DEL BIEN

A primera vista puede parecer que aquí radica la libertad, poder elegir o no es apariencia de bien. Sin embargo, la auténtica libertad, está solo en la elección del bien verdadero. Este es el pensamiento de la doctrina pontificia. “ Pero así como la posibilidad de errar y el error de hecho es un defecto que arguye un entendimiento imperfecto –sigue diciendo el Papa León XIII, en el lugar citado-, así también adherirse a un bien engañoso y fingido, aún siendo indicio libre de albedrío, como la enfermedad es señal de la vida, constituye, sin embargo, un defecto de la libertad. De modo parecido, la voluntad, por el solo hecho de su dependencia de la razón, cuando aparece un objeto que se aparte de la recta razón, incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad”.

En este sentido, Dios es sumamente libre, ya que el ser infinitamente perfecto, no puede querer el mal moral: sería un absurdo.

 En efecto, tengamos en cuenta que todo lo que aparta al hombre del bien no es libertad. Cuando los seres tienen las máximas posibilidades de no apartarse del bien son simplemente libres. De ahí que la posibilidad de pecar no es libertad sino esclavitud.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 

 


EL SEÑOR NOS ADVIERTE: “EL BIEN ES BIEN AUNQUE NO LO HAGA YO”. (Homilía: 26º Domingo del Tiempo Ordinario, 27-IX-2015).

En el Evangelio de este domingo vigésimo sexto del Tiempo Ordinario, el Señor previene a los Apóstoles, y tras ellos a todos los cristianos, contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en la tarea apostólica, que se expresa en el falso refrán: “El bien, si no lo hago yo, ya no es bien”. Por el contrario, debemos asimilar esta enseñanza de Jesucristo, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo.

 De esta forma, el Señor corrige la actitud exclusiva e intolerante de los Apóstoles. San Pablo había aprendido esta lección y por eso puede exclamar, cuando está en su prisión romana: “Verdad es que hay algunos que predican a Cristo por espíritu de envidia y rivalidad, mientras otros lo hacen con buena intención. Pero, ¿qué importa?, con tal que, de cualquier modo, Cristo sea anunciado, bien sea por algún pretexto o bien por verdadero celo, me gozo y me gozaré siempre (Carta a Fhilemón, 1,1,15-16). “Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro.” (San Josemaría, en Camino, n. 965).

 LAS BUENAS OBRAS Y EL AMOR A DIOS

Tengamos en cuenta que el valor y el mérito de las buenas obras está principalmente en el amor a Dios con que se realizan. Sólo un pequeño acto hecho por amor a Dios Nuestro Señor, vale muchísimo. Él recompensa, sobre todo, las acciones de servicio a los demás, por pequeñas que parezcan. “¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor a Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al humano juicio; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente, por ello, aumento de caridad”. (Tratado del amor a Dios, libro 3, capítulo 2).

 Por otra parte, está el escándalo que, como dice el Catecismo Mayor, “es cualquier dicho, hecho u omisión que da ocasión a otro de cometer pecados”. Y se llama diabólico, y lo es, cuando el fin intentado por quien produce el escándalo es el pecado del prójimo, en cuanto ofensa a Dios. Por ser el pecado el mayor de todos los males, se comprende la gravedad del escándalo y, por tanto, la tajante condena de Cristo. Y se debe tener en cuenta también que, particular gravedad reviste escandalizar a los niños, porque están más indefensos contra el mal. Y atendamos que las advertencias de Cristo rigen para todos, pero de un modo especial para los padres y educadores que son los responsables, ante el tribunal de Dios, del alma de los pequeños.

 EL INFIERNO EXISTE

 Y existe el Infierno. Precisamente, el Señor toma pié de la “gehenna” o lugar donde eran quemadas las basuras por los judíos, para explicar, de modo gráfico, el fuego inextinguible del Infierno. Y tras haber enseñado la obligación de evitar el escándalo de los demás, sienta las bases de la doctrina moral cristiana sobre la ocasión de pecado; la enseñanza del Señor es imperiosa: el hombre está obligado a apartar y evitar la ocasión próxima de pecado, como el pecado mismo, según lo que ya había dicho Dios, en el Antiguo Testamento: “El que ama el peligro en él caerá” (Eclesiástico, 3,26-27).

 El bien eterno de nuestra alma es superior a toda estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros. Y esta forma de hablar tan gráfica del Señor, deja bien sentada la gravedad de nuestra obligación.

 APARTAR DE NOSOTROS A QUIENES NOS INDUZCAN A LAS MALAS OBRAS

Los Santos padres, bajo la imagen de los miembros corporales, ven a aquellas personas que, obstinadas en el mal, nos pueden inducir a las malas obras o a la mala doctrina. En realidad, es a éstos a quienes hay que apartar de nosotros, para que lleguemos a la Vida, antes de ir “al Infierno”, con este tipo de personas, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”, termina diciendo el Evangelio de este Domingo.

 Con estas palabras, el Señor se refiere a los tormentos del Infierno. Con frecuencia, el gusano que no muere se ha aplicado a los remordimientos eternos que atormentan a los condenados; y el fuego inextinguible a la pena de sentido corporal. Por otra parte, los Santos Padres dicen también que ambas cosas se pueden referir a los tormentos corporales. De todas formas, en cualquier caso, significan un castigo horrible y eterno.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un buen número de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sedes principales en Roma y Madrid.