LIBERTAD DE PRENSA, OPINIÓN PÚBLICA Y ESTADO, EN ÉPOCAS PASADAS (Opinión Pública, nº 20: 1-XI-2015)

El pueblo tiene derecho a participar de algún modo y en grado mayor o menor en el Gobierno. Lo hace singularmente, manifestando su opinión y haciéndose representar en los cuerpos electivos, mediante el ejercicio del voto. De ahí que al llegar a este punto convenga estudiar el papel que corresponde al Estado frente a la Opinión Pública, y además su función como auténtico defensor de la libertad de Prensa. Ciertamente, si en la libertad de Prensa entra la obligación que tiene la misma Prensa de ayudar a la formación de una auténtica Opinión Pública, ya que aquella es su principal factor; se sigue de ello que el Estado, con su acción, puede cooperar a que la Prensa sea libre con esa auténtica libertad que perfecciona, no solo la razón del individuo, sino la de la comunidad. De esto se concluye que debemos estudiar como el Estado, en épocas pasadas, pudo ayudar a que la Prensa fuese auténticamente libre.

 Pío XII dijo que si la Opinión Pública fuese escuchada por los gobiernos, se evitarían grandes males. “Estas multitudes agitadas –afirma en el Mensaje de Navidad de 1944-, revueltas por la guerra hasta en sus más profundos estratos, hállanse hoy penetradas de la persuasión –antes, tal vez, vaga y confusa, pero ahora irrefrenable- de que si no hubiera faltado la posibilidad de vigilar y corregir la situación de los poderes públicos, el mundo no hubiera sido arrastrado por el torbellino desastroso de la guerra y que, para evitar en lo futuro la repetición  de semejante catástrofe, precisa crear en el pueblo mismo, eficaces garantías”.

 EL HOMBRE, RAZON DE SER DEL ESTADO

 El hombre no es un elemento pasivo dentro de un Estado, sino más bien es la razón de ser del mismo Estado. El hombre “lejos de ser el objeto y un elemento pasivo de la vida social, es, por el contrario, y debe ser permanecer, su sujeto, su fundamento y su fin”, decía Pío XII, en el mensaje citado. Los hombres, en un Estado, deben poder “manifestar su propio parecer, sobre los deberes y los sacrificios, que le vienen impuestos, no estar obligados a obedecer sin haber sido escuchados”, sigue diciendo el citado Papa.

 Por el contacto que existe entre los ciudadanos y el gobierno del Estado puede reconocerse, cual es la fuerza y el desarrollo de la sociedad, de la Prensa o de la Opinión Pública. De ahí que, hoy más que nunca, hay que “colocar al ciudadano–dice Pío XII- en condiciones cada vez mejores de tener su propia opinión personal, de expresarla y de hacerla valer, de manera conducente al bien común”.De aquí brotan consecuencias:”El Estado no contiene y no reúne mecánicamente, en un determinado territorio, una aglomeración amorfa de individuos. En realidad es, y debe ser, la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo… El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales –en su propio puesto o según su propio modo- es una persona consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones.”

 PUEBLO RESPONSABLE

 Cuando existe un pueblo responsable del papel que le corresponde en la vida social, entonces de su exuberancia, “se difunde la vida, abundante y rica, por el Estado y sus organismos, infundiéndoles con un vigor sin cesar renovado, la conciencia de su propia responsabilidad, el verdadero sentido del bien común”.

 Y “en un pueblo digno de ese nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su propia libertad y de la dignidad ajenas”, dijo Pío XII. Y frente al Estado cada individuo toma conciencia del derecho que tiene “de vivir honradamente su propia vida personal, en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le hayan colocado”. Así lo afirma el mismo Pontífice.

 El pueblo tendrá además sus representantes en el Parlamento y esta selección de hombres deberán ser “espiritualmente eminentes y de firme carácter, que se consideren como representantes de todo el pueblo”. Y estos representantes del pueblo, son los representantes de la Opinión Pública. Son los que cooperan con el Gobierno, en la producción de una sana legislación que tendrá siempre como norma superior la ley divina y la natural. Por eso, el criterio para juzgar el valor de cada ley particular es “si respeta el fundamento sobre que se apoya la persona humana asi como el Estado mismo y el poder público”.

 DE GRAN BENEFICIO PARA EL ESTADO

En resumen, la doctrina pontificia afirma que es de gran beneficio para el Estado que éste escuche a la Opinión Pública, y que ésta se haga representar por miembros de la comunidad, del pueblo. Si esto es así, el Estado no deberá oprimir la Opinión Pública. Esto quiere decir que debe permitir su expresión y su orientación. Y ¿no sigue siendo la Prensa de hoy el medio principal  de expresión y orientación de la Opinión Pública?

 Esto no quiere decir que de tal forma el Estado y la Prensa deben, el primero permitir actuar y la segunda actuar que ya el individuo desaparezca y entonces toda la línea a seguir está marcada por la Opinión Pública. De esto se quejaba Pío XII, en el Mensaje de Navidad de 1951: “Los que, por ejemplo, en el campo económico o social querrían hacer caer sobre la sociedad todo hasta la dirección y la seguridad de su propia existencia. O los que hoy esperan su único alimento espiritual diario cada vez menos de sí mismos –es decir de sus propias convicciones y conocimientos-, y cada vez más, ya preparado, de la Prensa, de la Radio, del Cine y de la Televisión, ¿cómo podrán concebir las verdadera libertad, ni como podrán estimarla y desearla, si ya no tiene ella lugar alguno en su vida?.

 “Y así ellos ya no son sino simples ruedas de los diversos organismos sociales, ya no son hombres civiles, capaces de asumir y de aceptar una parte de la responsabilidad en las cosas pública”, decía el Papa Pío XII, en el Mensaje de Navidad de 1951. Ciertamente, lo que quiere el Papa es que el individuo siga siendo responsable y no está tranquilo porque tiene sus representantes, o porque posee unos medios de influencia en el Gobierno, como es la Prensa Libre.

 LA OPINIÓN PÚBLICA NECESITA AUTÉNTICA LIBERTAD DE PRENSA

 Por lo tanto, la Opinión Pública necesita disfrutar de una auténtica libertad de Prensa. Y a esta labor tiene que cooperar el Estado ya que en sus manos está una gran parte de los poderes de una legislación verdadera que señale el cauce jurídico por donde ha de discurrir la Prensa.

 Por eso, decía monseñor Cantero, arzobispo de Zaragoza, haciendo referencia al caso español de entonces, “estimo que es inaplazable una Ley de Prensa que, salvando los derechos supremos de la Iglesia, de la Patria, de la Sociedad y del Estado, encauce y estimule un diálogo auténtico y responsable, entre la Opinión Pública y el Gobierno, dentro de unas nuevas formas jurídicas institucionales.”

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid


EL EVANGELIO DE LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS NOS SEÑALA LAS CONDICIONES PARA ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS (Homilía: Domingo, 1-XI-2015)

Ciertamente, el Evangelio de la Misa de hoy, Solemnidad de todos los Santos, nos señala las condiciones que Cristo ha puesto para entrar en el Reino de los Cielos. Y  al final del texto evangélico, se hace una invitación global a vivir esta enseñanza, que nos indica que la vida cristiana no es una tarea fácil, pero vale la pena llevarla a cabo, ante la plenitud de vida que nos promete el Hijo de Dios.

 Y las enseñanzas del Señor se pueden reducir a cinco puntos: 1) el espíritu que se debe tener para entrar en el Reino de los Cielos (las Bienaventuranzas, y ser sal de la tierra y luz del mundo); 2) la rectitud de intención en las prácticas de piedad; 3) confianza en la Providencia paternal de Dios Nuestro Señor; 4) la conducta fraternal de los Hijos de Dios; 5) la puerta angosta, apartarse de los falsos profetas y edificar sobre roca.

 Como todos sabemos, las Bienaventuranzas forman el maravilloso pórtico del Sermón de la Montaña. Y para una recta comprensión de su contenido es conveniente tener en cuenta que en ellas no se promete la salvación a unas determinadas clases de personas, sino a todos aquellos que alcancen las disposiciones religiosas y la conducta moral que Jesucristo exige. Es decir, los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de corazón limpio, los pacíficos y los que padecen persecución por tratar de vivir una vida cristiana, como auténticos discípulos de  Nuestro Señor Jesucristo.

 LAS BIENAVENTURANZAS PRODUCEN LA PAZ EN LAS TRIBULACIONES

 Por otra parte, el mismo Jesucristo tampoco promete la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino a toda persona que, sea cual fuere su situación en el mundo, se esfuerce por vivir el espíritu y las exigencias de las Bienaventuranzas, que ya en la Tierra, producen la paz en medio de las tribulaciones.

 En la historia de la humanidad, las Bienaventuranzas constituyen un cambio completo de las usuales valoraciones humanas: descalifican el horizonte de la piedad farisaica, que veía en la felicidad terrena la bendición y el premio de Dios y, en la infelicidad y desgracia, el castigo. Pensemos que, en todos los tiempos las Bienaventuranzas ponen muy por encima los bienes del espíritu sobre los bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres… son llamados, por encima de sus circunstancias, a la felicidad profunda de quienes alcanzan las Bienaventuranzas de Jesús.

 Y ya en la primera Bienaventuranza se ve como se contiene en ella un germen que nos indica el camino a recorrer por el programa de la perfección evangélica. Si bien es cierto y evidente que las Bienaventuranzas no contienen toda la doctrina evangélica, pero sí tienen, como en germen, todo el programa de la perfección cristiana.

 Y sin duda alguna, en este versículo se expresa de modo amplio la relación de la pobreza con el espíritu. Por lo tanto, más que la condición social del pobre, expresa la actitud religiosa de indigencia y de humildad ante Dios. Es pobre el que acude a Dios, y sin considerar méritos propios,  confía sólo en la misericordia divina para ser salvado.

 LA ACTITUD RELIGIOSA DE LA POBREZA, EMPARENTADA CON LA INFANCIA ESPIRITUAL

 Y esta actitud religiosa de la pobreza está emparentada con la llamada infancia espiritual. Y es así, porque esta actitud religiosa de la pobreza está emparentada con la llamada infancia espiritual. Es decir que, el cristiano se considera ante Dios como un hijo pequeño que no tiene nada en propiedad, porque todo es de Dios su Padre y a Él se lo debe.

 De todos modos, la pobreza en el espíritu, es decir, la pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos. Y a algunos, como son los religiosos, Dios les pide el desprendimiento incluso de sus propiedades, como testimonio ante el mundo de la condición pasajera de las cosas terrenas.

 Por su parte, la doctrina cristiana enseña que la raíz de la calidad de los actos humanos está en el corazón, es decir, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu. Y, precisamente, la limpieza de corazón es un don de Dios que se manifiesta en la capacidad de amar, en la mirada recta y limpia para todo lo noble. Como dice el Apóstol San Pablo, “atended a todo lo que sea verdadero, limpio, justo, santo, amable, honrado, a todo lo que sea virtud y digno de elogio”, dice San Pablo, en la carta a los filipenses.

 Esto quiere decir que el cristiano, ayudado por la gracia de Dios, debe luchar de continuo para purificar su corazón y adquirir esa limpieza, por la que se promete la visión de Dios.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA LIBERTAD DE LA PRENSA Y LA OPINIÓN PÚBLICA. (Opinión Pública. Nº 19. 25-X-2015)

La Opinión Pública necesita que la Prensa disfrute de auténtica libertad. Naturalmente, es necesario que exista en todo Estado, en toda sociedad organizada. Precisamente, el Papa Pío XII nos hablaba, en el discurso del 18 de febrero  de    1950,  de la Opinión Pública y no solo la recomendaba sino que la exigía.

 Por ella, entendía el sentir, rectamente formado, sobre los asuntos de interés nacional, y libremente expresado. Por consiguiente, se trata del juicio de los hombres cultos, sensatos y honrados, sobre la situación social, expresado libremente, sí, pero con toda prudencia, ecuanimidad y de modo provechoso al bien común.

PAPEL IMPORTANTE DE LA PRENSA EN LA FORMACIÓN DE LA OPINIÓN PÚBLICA

 La Prensa, según la Doctrina Pontificia –y también según la experiencia diaria- juega un papel importante en la formación y en la manifestación de esa opinión pública. Por tanto, si la Prensa no es auténticamente libre, dañará no solo al individuo sino también a la sociedad.

 Por supuesto, seguimos entendiendo que la libertad nada tiene que ver con la falta de libertad, con el autocontrol del Estado, ni con la opresión de la libertad por la misma Prensa.

 La libertad de la Prensa puede traer daños para la sociedad cuando esa libertad no es bien entendida. De esto se quejaba Pío XII en el Radiomensaje a una Asociación de la Prensa, en mayo de 1957, cuando decía: “la misma libertad poseída, como sabéis muy bien, aumenta el peligro, que solo puede evitar o atenuar una opinión pública informada y valerosa.”

 UNA PRENSA SIN CONCIENCIA RESPONSABLE DESORIENTARÁ A LA OPINIÓN PÚBLICA

 Si la Prensa no tiene conciencia de su libertad responsable, entonces fácilmente desorientará a la opinión pública, y “nada turba –decía el Papa San Juan XXIII, en el centenario del diario “L`Italia”- nada puede esterilizar también los buenos sentimientos como un alud de noticias presentadas sin discernimiento ni reserva al servicio de tales o cuales intereses encontrados.” 

 En realidad, la Prensa puede hacer daño a la Opinión Pública, si teniendo la facultad de formarla no cumple con su misión. Por ello, invita el mismo Pontífice, en el Mensaje de Navidad del año 1961, “a quien posee la facultad de formar la opinión pública o tiene el monopolio de una parte de ella, a temer el severo juicio de Dios, y también el de la Historia, y a proceder cautamente, con respeto y sentido de moderación. No pocas veces, en los tiempos modernos, la Prensa ha cooperado a preparar un clima de animosidad y de ruptura.

 SERVIR A LA OPINIÓN PÚBLICA CON OBJETIVIDAD Y VERACIDAD

 La libertad de la Prensa debe servir también a la Opinión Pública con objetividad y veracidad. Por eso, en un discurso a un grupo de periodistas suizos, el 20 de abril de 1946, condenaba  el Papa Pío XII “a la Prensa que se  pone sin reservas al servicio del principio utilitario y de las pasiones políticas y nacionales; a la Prensa, que, más aun, deja conscientemente a un lado la objetividad, la veracidad y la incapacidad”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EL CIEGO BARTIMEO GRITABA CON FUERZA: JESÚS, HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ . (Homilía. Domingo 30º del Tiempo Ordinario: 25-X-2015)

Se oye un gran rumor de la gente y un ciego pregunta que es lo que está ocurriendo. Y muchos del público le contestan que se trata de Jesús de Nazaret que pasa por aquel lugar. Y se enciende tanto el alma de aquel hombre, en fe y amor a Jesucristo, que comenzó a gritar: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí.

 Y un santo de la Iglesia, como San José María Escrivá, en el curso de una Homilía sobre este texto evangélico, pregunta, a cada uno de los oyentes: “¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí?”.

 Pensemos muchas veces, que esta jaculatoria  -oración cortita- la podemos repetir con frecuencia, ante tantos problemas que, posiblemente, se acumulan en nuestra existencia, aunque a nuestro alrededor surjan mentes que no se unan a esta oración de petición, como le pasó al pobre Bartimeo, que percibió como muchos de los que estaban allí le regañaban para que se callara.

 JESÚS DESEA QUE NOS CONVENZAMOS DE QUE LE NECESITAMOS

 Pero, con toda razón, Bartimeo no les escuchaba, y aún continuaba gritando con más fuerza: “Hijo de David, ten compasión de mí”. El Señor que lo oyó, naturalmente, desde el principio, lo animaba a que perseverara en su oración de petición. Y pensemos que lo mismo hace Jesucristo con cada uno de nosotros, porque desea que nos convenzamos de que le necesitamos. Y para esto insiste en que le roguemos, incluso que seamos tozudos, como lo hizo aquel pobre ciego que estaba junto al camino, por donde pasaba el Señor.

 Y, ¡Oh alegría!, Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”, y algunos de los mejores que rodeaban al ciego le dicen: “Ánimo, levántate, que te llama”. Y pensemos  que esta es precisamente nuestra vocación cristiana, es decir, una llamada continua de Dios, porque el Señor nos busca en cada instante, indicándonos que salgamos de nuestra poltronería, de la comodidad, de los pequeños egoísmos, de los problemas sin importancia y que tengamos más visión sobrenatural.

 EL CIEGO SOLTÓ EL MANTO Y SE ACERCÓ A JESÚS

 Y aquel ciego soltó el manto y se acercó a Jesús. Tal actitud nos enseña que para llegar a Jesucristo es necesario tirar lo que nos estorbe. E inmediatamente, después de esta actitud, comienza un diálogo divino. Jesús le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti?. Y él responde: Maestro, que pueda ver.

 Lo que podemos hacer cada uno de nosotros es pedirle a Cristo que veamos. Y así es porque Él nos concede la luz necesaria, enseñándonos a cumplir su voluntad y a acompañarle y seguirle en el camino, andando a su ritmo, con obras llenas de generosidad, y arrancando y soltando lo que nos estorba. Y teniendo siempre en cuenta que los que Dios unió no son quienes los humanos para separarlos.

 Por lo tanto, debemos, con toda claridad, proteger a la familia, tratar de que se viva la santidad en el matrimonio y también en la virginidad. Recordemos que Jesús devolvió a su pureza original la dignidad del matrimonio, según lo instituyera Dios al principio de la Creación: Los hizo Dios varón y hembra; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne; de modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.

 EL MATRIMONIO FUE INSTITUÍDO POR DIOS CON LAZO PERPÉTUO E INDISOLUBLE

 Por su parte, el Magisterio de la Iglesia, custodio e intérprete de la ley natural y divina, ha enseñado de modo constante que el matrimonio fue instituido por Dios con lazo perpetuo e indisoluble, y “que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del autor mismo de la naturaleza, Dios, y el restaurador de la misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al arbitrio contrario de los mismos cónyuges” (Pío XII, Encíclica Casti connubii). El matrimonio no es un simple contrato privado, no puede romperse por la voluntad de los contrayentes. No existe razón humana, por fuerte que pueda parecer, capaz de justificar el divorcio, que es contrario a la ley natural y a la divina.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.