CENSURA ECLESIÁSTICA Y SU DIFERENCIA DE LA CENSURA CIVIL PREVIA (Opinión pública, Nº 24. 29-XI-2015)

Hemos demostrado que para que exista Opinión Pública debe desaparecer la censura civil previa. En el discurso del 18 de Febrero de 1950, el Papa Pío XII habla también de la necesidad de una opinión pública en la Iglesia, en aquel sentido que en su lugar dejamos indicado: sólo en el campo de las cosas disputables. Sin embargo, el Derecho Canónico prescribe la previa censura eclesiástica para los escritos que traten, en todo, o en parte, de algo referente a la religión o a la moral. Así consta en el Código de Derecho Canónico, cánones 1. 384 y 1.385. Y pueden verse: la Encíclica Pascendi de Pío X, de 8 de septiembre de 1907, y el motu propio “Sacrorum antístitum” del 1 de septiembre de 1910.

 Aquí puede presentarse una dificultad. Si no se opone la censura eclesiástica previa a la existencia de una opinión pública en la Iglesia ¿por qué se va a oponer la censura civil previa a la existencia de la censura previa en la sociedad civil.?

 La solución es fácil. Existe una gran disparidad entre ambas sociedades, y en la Iglesia; la censura es necesaria y, de suyo, imparcial. No se puede decir lo mismo de la sociedad civil, donde no es lo uno ni lo otro, cuando la desempeña el Gobierno.

 LA IGLESIA ES SOBRENATURAL

 La Iglesia es sobrenatural, y su vida se deriva de la verdad revelada, y esta no puede dejarse a las fuerzas de la razón: necesita ser tutelada e ilustrada por el Magisterio de la Iglesia.

 Sería un gravísimo error no corregir previamente las desviaciones que se pueden producir, dado que de ello se seguirían grandes daños para las almas y el Cuerpo Místico de Cristo. Pero la Iglesia siempre ha dejado y deja libertad de decir lo que uno opine fundadamente, apoyándose en razones más o menos sólidas, evitando el error religioso o la corrupción moral.

 ELEMENTOS DE JUICIO DE LOS GOBIERNOS

 En cambio, la censura en manos del Gobierno no se caracteriza, de suyo, ni por la necesidad ni por la imparcialidad.

 No es necesaria porque el objeto del Gobierno son los asuntos profanos y temporales y para estos no dispone de más elementos de juicio que cualesquiera otras instituciones o personas bien informadas, ni su juicio de mayores garantías de acierto que el de los ciudadanos peritos en la materia.

 Es verdad que a veces el Gobierno puede tener más elementos de juicio para lograr un conocimiento objetivo de cierto asunto, pero esos elementos los alcanzarán siempre los doctos y técnicos que le sirven, o que pueden servirle en un determinado momento, en cada zona de la vida pública.

 Y, entonces, ese juicio de los técnicos parece que debe ser la verdad y que deben tenerlo en cuenta tanto la opinión pública como el Gobierno.

 La otra dificultad es que la censura en manos del Gobierno sea imparcial. Porque es difícil que el Estado no prohíba las críticas sobre sus planes, sus criterios, su administración, sus actos concretos en el campo de la enseñanza, de la industria, del comercio, de las relaciones internacionales… Es fácil que identifique su bien con el bien común, y que prohíba publicar lo que no le conviene.

 Estos y otros muchísimos males que ya hemos indicado resultarían de una censura previa en manos del Estado y todo esto no creemos que pueda compaginarse con la doctrina de Pío XII sobre la opinión pública. De donde la censura previa en manos de la Iglesia y en manos del Estado son cosas distintas, como distintas son también ambas sociedades. Precisamente Eustaquio Guerrero en su obra “Reflexiones sobre la previa censura civil”, estudia con bastante claridad este tema de la censura solo eclesiástica y su diferencia con la censura civil previa.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CUANDO VEAMOS VENIR AL HIJO DEL HOMBRE, DIGAMOS: SE ACERCA NUESTRA LIBERACIÓN. (Primer Domingo de Adviento: 29-XI-2015)

En el comienzo del año litúrgico, la Santa Madre Iglesia nos presenta las palabras evangélicas en las que Nuestro Señor Jesucristo se refirió a la conmoción de los elementos de la naturaleza cuando llegue el final del mundo. Efectivamente, según el Evangelio de este Domingo Primero de Adviento, fecha en la que comienza el Nuevo Año Litúrgico,  Jesús dijo: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán. Entonces verán a Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.

 En realidad, el Señor habla de su venida gloriosa al final de los tiempos, en la que los humanos contemplaremos el poder y la gloria del Hijo del Hombre, Dios Todopoderosos que viene a juzgar a vivos y muertos, y lo hará también en cuanto hombre. Precisamente, la Sagrada Escritura describe la solemnidad de este juicio. En él se confirmará la sentencia dada a cada uno en el juicio particular, y brillarán con total resplandor la justicia y la misericordia de Dios Nuestro Señor, que ha tenido con los humanos, a lo largo de los siglos.

 JUICIO GENERAL Y PÚBLICO

 Precisamente, el Catecismo Romano enseña que “era razonable que no sólo se estableciesen premios para los buenos y castigos para los malos en la vida futura, sino que también se decretase, en un juicio general y público, a fin de que resultase para todos más notorio y grandioso, y para que todos tributasen a Dios alabanzas por su justicia y providencia”.

 Por lo tanto, esa venida del Señor será día terrible para los malos y día de gozo para quienes le fueron fieles. Evidentemente, los seguidores del Señor han de levantar la cabeza con gozo porque se aproxima su redención. Para ellos es el día del premio y esperemos que, por la gracia de Dios y nuestra correspondencia, sea también para cada uno de los que leen estas homilías.

 No olvidemos que la victoria obtenida por Cristo en la Cruz –victoria sobre el pecado, sobre el demonio y sobre la muerte- se manifiesta con todas sus consecuencias, en las palabras del Redentor. Por eso, San Pablo en la Carta a Tito, nos recomienda que vivamos “aguardando la bienaventuranza esperada y la venida gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo”.

 EL SEÑOR VENDRÁ DEL CIELO PARA JUZGAR VIVOS Y MUERTOS

 Recordemos también lo que nos dice el Credo del Pueblo de Dios, en el número 12: “Subió al Cielo (el Señor), de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según sus propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará”.

 Por otra parte, al final de su discurso el Señor exhorta a la vigilancia, como actitud necesaria para todos los cristianos. Debemos, por lo tanto, estar vigilantes porque no sabemos ni el día ni la hora en la que el Señor vendrá. Por esta razón hay que vivir, en todo momento, pendientes de la voluntad divina, haciendo en cada instante lo que debemos hacer. Hay que vivir de tal modo que, venga la muerte cuando venga, siempre nos encuentre preparados.

 Para quienes viven así, la muerte repentina nunca es una sorpresa. Así lo decía San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, cuando afirmaba: “Vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas para que aquel día os arrebate un ladrón”. Vivamos, pues, en continua vigilancia. Y consiste la vigilancia en la lucha constante por no apegarnos a las cosas de este mundo (la concupiscencia de la carne, la concupiscenciade los ojos y la soberbia de la vida, como dice San Juan Apóstol) y en la práctica asidua de la oración que nos hace estar unidos a Dios.

 Si vivimos de este modo, aquel día será para nosotros un día de gozo y no de terror, porque nuestra vigilancia tendrá como resultado, con la ayuda de Dios, que nuestras almas estén prontas, en gracia, para recibir al Señor. Así nuestro encuentro con Cristo no será juicio condenatorio sino un abrazo definitivo en el que Jesús nos introducirá en la casa del Padre. Y pregunta San Josemaría Escrivá en su libro Camino: “¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CIERTA CENSURA PREVIA ES NECESARIA EN ALGUNOS CASOS. (Opinión Pública. Nº 23. 22-XI-2015)

No tratamos de los casos auténticamente indicados, en los cuales se imponía la censura previa: guerra, revolución… Nos referimos a aquellos en los que la falta de cultura cívica supone en las autoridades una cierta censura. Es lo que decía, en el año 1960, monseñor CANTERO, en “El ordenamiento jurídico de la libertad de prensa”: “Cuanto mas perfecto sea el hombre, tendrá mas sentido de responsabilidad, de convivencia social, de sana tolerancia, de ciudadanía, del cumplimiento del deber, del concepto y del uso de su propia libertad. Mientras la conciencia ciudadana de los lectores y de los mismos periodistas no sea capaz de ejercer una censura social sobre la Prensa será necesaria una censura legal previa de la Prensa para los lectores y para los periodistas; y por consiguiente, el margen normal de la libertad de Prensa, ha de estar en relación con la cultura y la madurez moral y política de los ciudadanos y periodistas”.

 Pero esto no quiere decir que el Estado ejerza la censura para sus fines políticos, sino para cooperar a que el hombre sea perfecto, en lo que consiste la auténtica libertad.

 Nosotros creemos que deben tener una censura previa, bien organizada el cine, el teatro, los Noticiarios documentales tal vez las revistas ilustradas, ya que sin la previa censura sería difícil eliminar el peligro próximo que crean para el público. La impresión de la fotografía, de la pintura, de la pantalla y de la escena teatral, es muy intensa, y en un instante daña gravemente al observador no bien inmunizado.

 El régimen de consignar es inadmisible

La prensa es un órgano de servicio a la Opinión Pública, por lo tanto es también un medio diálogo entre súbditos y gobernantes.

El Gobierno podrá enviar a la Prensa sus consignas y el periódico las pondrá como tales, y entonces podrá criticarlas, si de ello son dignas, para orientar a la opinión pública y ser de esta forma un elemento de juicio para el propio Gobierno. Pero lo que nunca ninguna autoridad podrá hacer es dar consignas a la Prensa, y que aparezcan en los medios de difusión como el sentir del periódico o del periodista. Esto es contrario a la moral, y es inadmisible porque viola el derecho natural. De esta forma no vemos que podrá quedar en la Prensa y en la Opinión Pública.

 A este propósito escribía monseñor DELL’ACQUA, en la “Carta en nombre del Papa a la XLIII a la Semana Social de Francia”, en la que decía que por “la presión de una información dirigida, por la seducción de la imagen, por la obsesión de la propaganda, he aquí que desde ahora, la acción conjugada de la Prensa, de la Radio, del Cine, de la Televisión, llega a conformar a su gusto la conducta de los ciudadanos”.

 Una información dirigida, de consignas, es siempre condenable. El Papa Pío XII se quejaba, en el Mensaje de Navidad de 1947 de los males que trae para la sociedad la falta de sinceridad, y el haber elevado a la categoría de estrategia la mentira. “Hasta tal punto –afirma el pontífice- el olvido de todo sentido moral es…parte integrante de la técnica moderna en el arte de formar la opinión pública, de dirigirla, de acomodarla al servicio de su política, resueltos a triunfar, como lo están, a toda costa, en las luchas de intereses y de opiniones, de doctrinas y de hegemonías”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO: UN REINO DE SANTIDAD Y DE GRACIA, EN NUESTRAS ALMAS. (El domingo, día 22 de Noviembre del año 2015)

El Señor, atado, es conducido a la residencia del Procurador Poncio Pilato. Era ya de día. Jesús iba con las manos atadas, la cara desfigurada de golpes y salivazos. Despeinado por los últimos tirones que le dieron; cardenales en las mejillas, y la sangre coagulada y seca. Y todos le miraban espantados y sobrecogidos. Al fin, rendidos, desatan a Nuestro Señor Jesucristo que se cae lleno de dolor, tronchado y medio muerto. Seguidamente, los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la ponen en la cabeza y lo visten con un manto de púrpura, y le abofetean y le escupen.

 Tristemente pensemos que también en nuestros días son muchos los que le rechazan. Parece oírse en muchos ambientes aquel grito pavoroso: no queremos que reine sobre nosotros. Con gran pena debió el Señor oír tan tremendas palabras.

 EL PECADO, MISTERIO DE INIQUIDAD

 ¡Qué misterio de iniquidad tan grande es el pecado! ¡Rechazar a Jesús!. Esto nos demuestra que el reino del pecado –donde el pecado habita- es un reino de tinieblas, de tristeza, de soledad, de engaño, de mentira. Todas las tragedias y calamidades del mundo, y nuestras miserias, tienen su origen en estas palabras: No queremos que éste (Cristo) reine sobre nosotros. Y el célebre Leclerq, en su obra Siguiendo el año litúrgico, dirigiéndose a Jesús, dice: “Él es Rey de mi corazón. Rey de ese mundo íntimo, dentro de mí mismo, donde nadie penetra y donde únicamente yo soy señor. Jesús es Rey ahí en mi corazón. Tú lo sabes bien, Señor”.

 San José María Escrivá, en uno de sus libros, titulado Es Cristo que pasa, dice que los cristianos, “si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas (…). Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen”.

JESUCRISTO, CON SU MUERTE Y RESURRECCIÓN, DEMOSTRÓ LA FALSEDAD DEL JUICIO QUE LE HICIERON LOS HOMBRES

Efectivamente, Jesús, mediante su muerte y Resurrección, demostró que el juicio llevado contra El por los hombres era falso, mentiroso; era Cristo quien decía la verdad, y no sus jueces y acusadores, y Dios respalda la verdad de Jesús, la verdad de sus palabras, de sus hechos, de su Revelación, mediante el milagro singular de su Resurrección gloriosa. Para los hombres, la realeza de Cristo puede resultar una paradoja: vive para siempre siendo muerto, vence siendo muerto, vence siendo derrotado en el juicio y en la Cruz, la verdad, oprimida por unos días, sale victoriosa tras la muerte.

 Precisamente el Papa San Juan Pablo II, en la Encíclica Redemptor hominis, afirma lo siguiente: “Jesucristo mismo, cuando compareció como prisionero ante el tribunal de Pilatos y fue preguntado por él (…) ¿no respondió acaso: “para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”? Con estas palabras era como si confirmase, una vez más, la frase: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. En el curso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los Apóstoles, ¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quizá a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad? ¿Acaso cesa El de ser continuamente portavoz y abogado del hombre que vive “en espíritu y verdad”? (Joh. 4,23 s.). Del mismo modo que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es también con respecto a la historia del hombre.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.