TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS Y, SIENDO HIJOS, SOMOS TAMBIÉN HEREDEROS. (HOMILÍA: 6-III-2016)

Afirma San Lucas, en el Evangelio de este Domingo Cuarto de Cuaresma, que dado que se acercaban muchos publicanos y pecadores a Jesús, los fariseos comenzaron a murmurar porque acogía a esta gente. Y entonces Nuestro Señor Jesucristo les habló por medio de una parábola en la que les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de mi fortuna”.

 Consideremos, por tanto, que todos somos hijos de Dios y, siendo hijos –afirma San Pablo en la Carta a los Romanos– también somos herederos. Esto quiere decir que la herencia que nos espera, como fruto de nuestra fidelidad a Dios Nuestro Señor, es un conjunto de bienes incalculables y de felicidad sin límites, que sólo en el Cielo alcanzará su plenitud y la seguridad completa.

 Hasta entonces tenemos la posibilidad de hacer, con esa maravillosa herencia, lo mismo que el hijo menor de la parábola: pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana, y allí derrochó su fortuna, viviendo perdidamente.

 NO MALBARATAR EL VIVIR COMO HEREDEROS DEL CIELO. FUERA DE DIOS ES IMPOSIBLE LA FELICIDAD

 El Papa San Juan Pablo II, en una homilía pronunciada el 16 de marzo del año 1980, decía, con admiración triste: “¡Cuántos hombres en el curso de los siglos, cuántos de los de nuestro tiempo pueden encontrar en esta parábola los rasgos fundamentales de su propia historia personal!”. Es decir que, por desgracia, ¡cuántos podemos malbaratar el vivir como hijos de Dios y herederos del Cielo! Fuera de Dios es imposible la felicidad.

Ciertamente cuando un humano peca gravemente, se pierde para Dios, y también para sí mismo, porque se aparta del camino que conduce al Cielo. Y si lo pensamos con un poco de calma, nos daremos cuenta que es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano, porque se aparta radicalmente del principio de vida que es Dios, por la pérdida de la gracia santificante.

 Y en este sentido, afirma el Concilio Vaticano II: “El alejamiento del Padre Celestial lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad y disipa en sí mismo la herencia: la dignidad de la propia persona humana y el don de la gracia”.

 En realidad, aquel que un día, al salir de casa, se las prometía muy felices, pronto comenzó a sentir necesidad. En realidad, la satisfacción se acaba pronto, y el pecado no produce verdadera felicidad, porque el demonio carece de ella. Por desgracia, viene seguidamente la soledad y “el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación divina echada también a perder”, afirmaba el citado San Juan Pablo II en la Encíclica “Dives in misericordia”.

 FUERA DE DIOS ES IMPOSIBLE LA FELICIDAD

Hermanos, no olvidemos nunca que fuera de Dios es imposible la felicidad, incluso aunque durante un tiempo pueda parecer otra cosa. Recordemos lo que decía el profeta Jeremías: Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobre manera, dice Jahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para ir a excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua. Hermano mío piénsalo  de verdad: Fuera de Dios es imposible la felicidad, incluso aunque durante un tiempo pueda parecer otra cosa.

 Pensemos ahora como el hijo, lejos de su casa, siente hambre. Y entonces, recapacitando, decidió volver a su domicilio. Decía también el citado San Juan Pablo II: “No bastan los análisis sociológicos para traer la justicia y la paz. La raíz del mal está en el interior del hombre. El remedio parte del corazón. Por eso, aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal, y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado”.

 Por lo tanto, consideremos que nos hemos de acercar al Sacramento de la Penitencia, con el deseo de confesar nuestros pecados, sin desfigurarlos, sin justificarlos. Ciertamente la sinceridad manifiesta el arrepentimiento de los pecados cometidos. Y con ello veremos también como la misericordia de nuestro Padre Dios corre hacia nosotros, en cuanto atisba en la lejanía nuestro más pequeño deseo del volver a Él.

 Por eso, “la Confesión es la alegría del perdón de Dios, mediante sus sacerdotes, cuando por desgracia se ha ofendido su infinito amor y arrepentidos se retorna a sus brazos de Padre”, decía San Juan Pablo II, en una Alocución a peregrinos napolitanos, el 24 de marzo del año 1979.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA LEY, COMO ORDENACIÓN DE LA RAZÓN. (Opinión Pública: 6-III-2016)

 

 Dice Santo Tomás de Aquino que ninguna ley es tal si no es racional. Si no tiene como único objeto ordenar la razón. Queda estudiada la imperfección de la razón humana, y también estudiamos como la voluntad quiere siempre aquello que le propone la razón, pero al ser ésta imperfecta fácilmente propondrá a la voluntad el error. De ahí la necesidad de prestar ayuda a la razón para lograr la auténtica libertad del hombre.

 LA ORDENACIÓN ESTÁ EN LA LEY

El Papa León XIII en la Encíclica Libertas, dice que la ordenación de la razón – que es lo que ahora tratamos de buscar- está en la Ley. Y ahora nos preguntamos: ¿Qué ley es ésta?  En primer lugar es la ley natural, impresa en el corazón de todos los hombres, que es la misma razón humana quien manda hacer el bien y prohíbe hacer el mal.

 Ahora bien, esta ley natural no tendría fuerza si no fuera la expresión de otra razón más alta a la que debemos someter entendimiento y voluntad. La ley atribuye derechos e impone obligaciones, y la razón de su existencia es ayudar al hombre a conseguir la auténtica libertad. Y todo este poder que tiene la ley le viene dado de Dios, porque “la ley natural es la misma ley eterna, que graba en los seres racionales, inclina a estos a las obras y a los fines que les son propios: ley eterna que es, a su vez, la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el Universo”. Así se expresa el Papa León XIII, en la Encíclica Libertas.

 LOS HUMANOS VIVEN EN COMUNIDAD SOCIAL

Y sucede que al hombre, como sabemos, no lo podemos considerar sólo como un ente aislado, sino como un ser que vive en comunidad, un ser que despliega su propia personalidad como ente social. Por tanto, los hombres al vivir en comunidad necesitan una ordenación que realice el mismo papel que cumplen en cada hombre la razón y la ley natural. Y esta ordenación es la ley humana promulgada para el bien común de los ciudadanos. Así lo sigue precisando el papa León XIII.

 Y el mismo Pontífice añade que la ley humana-positiva, está subordinada a la ley natural, porque la norma suprema reguladora de la libertad hay que buscarla siempre en la ley eterna de Dios; pero no solo la norma que rige al individuo, sino la que rige también al individuo viviendo en comunidad, que es lo mismo que decir la norma que rige la comunidad social.

 DISTINTAS POSTURAS

Estudiamos, entonces, el verdadero concepto de libertad, pero también hemos puesto como causa necesaria para conseguir la auténtica libertad del hombre, la necesidad de perfeccionar la razón humana, siempre imperfecta. También dijimos que no solo se tenía que ayudar a la razón del individuo considerado como tal, sino viviendo en comunidad. Y para proteger a la razón humana hemos hablado de la ley, no sólo de la ley natural sino también de la ley eterna y de la humano-positiva, y también de divino-humano-positiva.

 Supuesto esto, se comprenderán con facilidad los errores que se pueden producir. Tales errores o se equivocan al hablar de la razón o al tratar de explicar el papel que corresponde a la ley, o al explicar la libertad considerándola sólo desde el aspecto individual. Y según lo que nieguen tendremos posturas radicales, relativas, o simplemente mitigadas.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO VINO AL MUNDO PARA REPARAR POR NUESTROS PECADOS Y ABRIRNOS LAS PUERTAS DEL CIELO. (Homilía, Domingo. 28-febrero-2016)

Ciertamente todos somos pecadores y tristemente merecemos un castigo peor que las desgracias terrenas: el castigo eterno. Pero Nuestro Señor Jesucristo ha venido al Mundo para reparar por nuestros pecados y nos ha abierto las puertas del Cielo. Y el Señor sólo nos pide que nos arrepintamos, mediante la Confesión, de nuestros pecados, porque sólo así Dios Nuestro Señor nos librará del castigo merecido. Por eso, como dice San Josemaría Escrivá de Balaguer, nosotros tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados porque sólo así Dios nos librará del castigo merecido, mediante la recepción del Sacramento de la Confesión. Y en una de sus obras titulada Camino dice que “cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco?”

 En el Evangelio de San Juan, capítulo tercero, Nuestro Señor Jesucristo, a una pregunta de Nicodemo,  revela una  verdad asombrosa: hay que nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el Agua y el Espíritu Santo. Y de esta forma es un mundo nuevo lo que se abre ante los ojos de Nicodemo.

LAS PALABRAS DEL SEÑOR, HORIZONTE SIN LÍMITES

 Las palabras del Señor también constituyen un horizonte sin límites para el adelantamiento espiritual de cualquier alma cristiana, que se deja dócilmente conducir por la gracia divina y los dones del Espíritu Santo, infundidos en el Bautismo y corroborados por los otros Sacramentos; junto con la apertura del alma a Dios, el cristiano debe asimismo apartar las apetencias egoístas y las inclinaciones de la soberbia, para poder ir entendiendo lo que Dios le enseña en su interior.

 “Por eso, en la Obra Subida al Monte Carmelo, libro 2, capítulo 5, se dice que se ha de desnudar el alma de su entender, gustar y sentir, para que echado todo lo que es disímil y disconforme a Dios, venga a recibir semejanza de Dios; y así se transforma en Dios. De donde, aunque es verdad que Dios está en el alma dándole y conservándole el ser natural de ella con su asistencia, no, empero, siempre la comunica el ser sobrenatural. Porque éste no se comunica sino por amor y gracia, en la cual no todas las almas están; y las que están, no en igual grado, porque unas están en más, otras en menos grados de amor. De donde, a aquella alma que se comunica más Dios, es la que está más aventajada en amor, lo cual significa tener más conforme su voluntad con la de Dios. Y la que totalmente la tiene conforme y semejante, totalmente está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente.”

 CORRESPONDER A LAS GRACIAS RECIBIDAS

 Y en el Evangelio de este domingo, el Señor insiste también en la necesidad de `producir frutos abundantes, correspondiendo a las gracias recibidas. Y junto a este imperativo profundo, Jesucristo pone de relieve la paciencia de Dios en la espera de esos frutos. El no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y como enseña San Pedro en su segunda Carta, el Señor “usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a la conversión”.

 Ahora bien, pensemos que esta clemencia divina, sin embargo, no puede llevarnos a descuidar nuestros deberes, adoptando una postura de pereza y comodidad que haría estéril la propia vida. Dios aunque es misericordioso también es justo, y castigará las faltas de correspondencia a la gracia.

 Precisamente, San Josemaría, en Es Cristo que pasa, número 147, afirma: “Hay un caso que nos debe doler sobremanera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres (San Mateo, V, 15-16); porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios (cfr. Joh IV, 10), siendo generosos sin tasa”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA LIBERTAD, EL HOMBRE Y LA COMUNIDAD. (OPINIÓN PÚBLICA: 28-II-2016)

Da la sensación que hasta aquí consideramos solo al individuo como un ser aislado. Pero sucede que el hombre no aparece en el mundo como un ser aislado, sin relación con los seres restantes. El hombre ha nacido para vivir en comunidad. Es constitutivo del hombre la comunidad. Es cierto que no es de su esencia, pero sin embargo, no lo podemos concebir a no ser viviendo en comunidad. Así se expresa el Papa León XIII, en la Encíclica Libertas.

 El hombre se distingue del bruto por la inteligencia, por la razón; en definitiva, por el presupuesto de la libertad, es decir, por el poder que tiene de gozar de auténtica libertad. Si esta es la condición del hombre, y lo único por donde podemos distinguirlo de los otros seres inferiores de la Creación, entonces la personalidad del individuo está en su inteligencia, en fin, en su libertad. Sigue diciendo León XIII, en la Encíclica citada.

 Y, por su parte, el teólogo Michael Schmaus afirma, en su obra El hombre como persona y como ser colectivo, que “si esta es la condición del hombre, y lo único por donde podemos distinguirlo de los otros seres inferiores de la creación, entonces la personalidad del individuo está en su inteligencia, en fin, en su libertad”. Y añade el mismo Schmaus: “Ahora bien, el hombre no aparece como un ser inmanente que mira solo hacia dentro, sino que aparece frente a los demás hombres, conviviendo con ellos. Y así sucede que su personalidad no se agota en si mismo, sino en los demás, en la comunidad”.

 VIVIR EN COMUNIDAD AGRANDA LA PERSONALIDAD

 Ahora bien, “si la personalidad se agotase en sí misma, sería muy pequeña y limitada. Por eso –sigue Schmaus-, cuando afirmamos que el hombre ha nacido para vivir en comunidad, no queremos decir que se acorte la libertad o la personalidad del individuo, sino que con la comunidad se agranda su personalidad. Un máximo de personalidad supone siempre un máximo de comunidad”.

 De otra forma no somos capaces de verlo. De ahí resulta que no podemos salvar solo la libertad del individuo como ente aislado. Sino que cuando hablamos del individuo y de su libertad, realmente pensamos en el individuo considerado en comunidad. De otra forma no somos capaces de verlo.

 Toda la trayectoria, que hemos estudiado en los apartados anteriores, podría llevar a afirmar que se considera al individuo aislado y se prescinde de la comunidad. Sin embargo, no es así. Es cierto que hablamos de la razón y de la voluntad del individuo y para nada consideramos la comunidad. Pero sí decimos que no podemos pensar en el individuo a no ser en comunidad, todo lo que digamos de aquel se entiende de ésta, ya que individuo y comunidad marchan unidos. La comunidad está constituida de la esencia del individuo, aunque como ya se ha dicho, no es elemento esencial.

 Si esta es la condición del hombre en relación con la comunidad, entonces además de gozar el individuo de auténtica personalidad mediante la comunidad, ésta tiene obligación de conseguir que el individuo goce de auténtica personalidad, que es lo mismo que decir que la comunidad debe luchar por la auténtica libertad. Así lo afirma Schmaus, que sigue diciendo:

 El fallo en la comunidad supone un fallo en el individuo y también un fallo del individuo supone un fallo de la comunidad. Ya que el individuo y la comunidad están formando un todo y la comunidad la forman los individuos; y al fallar estos, entonces tropezamos con un defecto de la comunidad, ya que la auténtica libertad del individuo la conseguimos con la comunidad, y si han fallado los individuos en esta relación individuo-comunidad, entonces la comunidad cuenta con un defecto que repercute en el individuo concreto y determinado.

 MÁXIMO DE LIBERTAD SUPONE MÁXIMO DE COMUNIDAD

 Podemos admitir en teoría que el individuo podría ser auténticamente libre considerado aisladamente, pero al saber que es constitutivo del hombre vivir en comunidad, no hay lugar a duda que un máximo de libertad supone un máximo de comunidad y un mínimo de comunidad supone también un mínimo de libertad.

 De aquí resulta que el individuo tiene graves deberes para esa comunidad, y ésta tiene los mismos graves deberes para con el individuo. Conseguir que los demás hombres gocen de auténtica libertad y personalidad es labor también de otros hombres, en fin, de la comunidad.

 Se concluye, por tanto, que la comunidad –en definitiva, los humanos- tienen que luchar por la auténtica libertad de los mismos individuos, y en esta lucha de la comunidad y del individuo se consigue la auténtica libertad del mismo individuo viviendo en comunidad, única manera posible de considerarlo.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.