LA SANTA MADRE IGLESIA DEMUESTRA EL AMOR QUE NOS TIENE INVITÁNDONOS A CONFESARNOS (Homilía: domingo, 5 de junio del año 2016)

Afirma Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, que “lo propio de Dios” es la misericordia, y añade que se manifiesta en Jesucristo, tantas veces cuantas se encuentra con el sufrimiento. Y San Juan Pablo II en la Encíclica “Dives in misericordia” afirma que “Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza”.

Todo el Evangelio, pero de un modo especial el texto de este domingo, nos muestra el Corazón misericordioso de Nuestro Señor Jesucristo, que ha de movernos a acudir a Él en las necesidades del alma y del cuerpo. Él sigue estando en medio de los hombres, y sólo espera que nos dejemos ayudar.

 Precisamente, muchos Padres de la Iglesia han visto, en la madre que recupera a su hijo muerto, una imagen de la misma Iglesia, que recibe también a sus hijos muertos por el pecado, a través de la acción misericordiosa de Cristo. La Iglesia, que es Madre, con su dolor  “intercede –dice San Ambrosio- por cada uno de sus hijos como lo hizo la madre viuda por su hijo único”. Ella “se alegra a diario –comenta San Agustín- con los hombres que resucitan en su alma. Aquél, muerto en cuanto al cuerpo; éstos en cuanto a su espíritu”.

 LA IGLESIA ES MISERICORDIOSA

 Pensemos realmente que la Iglesia es misericordiosa –dijo el Papa San Juan Pablo II-  “cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de la que es depositaria y dispensadora”. Especialmente, “en la Eucaristía –sigue diciendo el Pontífice- y en el Sacramento de la Penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte”. Y es el Sacramento de la Penitencia “el que allana el camino de cada uno –sigue diciendo el Pontífice-, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este Sacramento, cada hombre puede experimentar, de manera singular, la misericordia, es decir que el amor es más fuerte que la muerte”.

 Consideremos, hermanos, que Jesús pasa de nuevo por nuestras calles, aldeas y ciudades y se compadece de tantos males como padece esta humanidad doliente; sobre todo se compadece de los humanos que cargan con el único mal que existe, que es , sin lugar a duda, el pecado. Y ejerce su misericordia sanando y aliviando el lastre más pesado que es el pecado, por medio del Sacramento de la Confesión o Penitencia.

No olvidemos tampoco que la misericordia de Dios es infinita e inagotable. “Es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que volvemos a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del Sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre, puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia; es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad”. Así lo afirmaba también san Juan Pablo II.

 LA CONFESIÓN, FUENTE DE GRACIA

 Pensemos que solo cada uno de nosotros podemos impedir que la gracia de Dios Nuestro Señor nos llegue al fondo del alma. Para eso, debemos cuidar cada una de las confesiones, evitando la rutina, ahondando en el amor y en el dolor. Y esto quiere decir que tendremos en cuenta las cinco condiciones necesarias para una buena confesión. Estas son: Examen de conciencia, humilde, hecho en la presencia de Dios, descubriendo las causas y quizá los hábitos que han motivado los pecados. Dolor de los pecados, es decir la contrición que es fruto de un examen hondo y humilde, con sentido profundo de lo que es el pecado, sobre todo como ofensa a Dios Nuestro Señor. Propósito de la enmienda, concreto y firme. Confesión de los pecados, que consiste en una verdadera acusación de los pecados o faltas cometidos, con deseo de que se nos perdone. Y cumplir la penitencia, por la que nos unimos al sacrificio de expiación de Nuestro Señor Jesucristo, y que no es simplemente una obra de piedad, sino desagravio, reparación y satisfacción por la culpa contraída.

 Y termino deseando a todos los que podéis oír o leer estas palabras, que no dejemos de acudir con frecuencia a la fuente de la misericordia, que es el Sacramento de la Confesión o Penitencia. Que pidamos a Nuestra Señora, la Virgen María, que nos ayude a confesarnos con frecuencia y que cada vez lo hagamos mejor. Y que al mismo tiempo pensemos en la gran obra de misericordia que podemos llevar a cabo facilitando a amigos, parientes o conocidos que se acerquen a la recepción del Sacramento de la Penitencia o Confesión.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.

 


CARACTERÍSTICAS DE UNA ORDENACIÓN JURÍDICA. (Opinión Pública: V-VI-2016)

El primer deber de una sana regulación u ordenación jurídica es salvaguardar la dignidad de la persona humana. Así lo dijo el Papa Pío XII, en el Mensaje de Navidad del año 1942. Hemos indicado así el fin de un ordenamiento jurídico. Ahora bien, un ordenamiento que quiera cumplir con su fin, único objeto de su existencia, debe tener delante la dignidad de la persona humana. Y para salvaguardarla es necesario defender sus derechos fundamentales.

 DIGNIDAD Y DERECHOS CONCEDIDOS POR DIOS

A la persona humana le concedió Dios una dignidad y unos derechos que ningún poder humano puede arrancar, añadía Pío XII, en el citado Mensaje. Por eso, toda ordenación jurídica tiene que estar fundada en el supremo dominio de Dios y libre de los caprichos humanos. El legislador solo da normas racionales, y cuando éstas tienen otro objeto distinto que la perfección del hombre, carecen de racionalidad y naturalmente no obligan.

 Todo ordenamiento tiene que buscar también la seguridad jurídica, precisaba Pío XII en el citado documento. Se trata de que el hombre tiene un derecho inalienable a esta seguridad. Por esto, deben desaparecer todas las ideas positivistas y el ansia del poder de encontrar todo en sus manos.

 CLARO FUNDAMENTO JURÍDICO

Un ordenamiento jurídico siempre trata regular las relaciones entre hombre y hombre, entre éste y la sociedad, entre la sociedad y la autoridad y también la relación de la sociedad y de la autoridad, con cada uno de los individuos. Y todo esto supone que un ordenamiento ha de cimentarse sobre un claro fundamento jurídico, que ha de estar protegido por el poder coactivo y la autoridad judicial.

Por esto, un ordenamiento jurídico, según el Papa Pío XII, supone:

 1-“Un tribunal y un juez, que reciban sus normas de un derecho claramente formulado y circunscrito.

 2- Normas jurídicas claras, que no se pueden tergiversar con abusivas apelaciones a un supuesto sentimiento popular o con meras razones de utilidad.

3- El reconocimiento del principio, según el cual, también el Estado, sus funcionarios y las organizaciones de él dependientes están obligados a reparar y revocar las medidas que ofenden a la libertad, a la propiedad, al honor, al mejoramiento y a la vida de los individuos.”

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.


EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI, SE UNEN LA LITURGIA Y LA PIEDAD CRISTIANA. (Homilía: 29-V-2016)

Hoy celebramos la gran Solemnidad en honor del misterio eucarístico. En esta gran fiesta se unen la Liturgia de la Santa Madre Iglesia y la Piedad del Pueblo Cristiano que, lleno de gozo, canta al Amor de los Amores. Se trata de una fiesta que se remonta al siglo XIII, instituida por el Papa Urbano IV para toda la Iglesia, en el año 1264, cuyo sentido es la consideración y el culto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

 El centro de esta gran fiesta, llamada del Corpus Christi, habría de ser, según describía el Papa fundador, un culto popular, reflejado en himnos y alegría. Por su parte, Santo Tomás de Aquino, a petición del Papa, compuso para día tan grande, dos oficios que han alimentado, a lo largo de los siglos, la piedad del pueblo cristiano. Y, por su parte, la Procesión de la Sagrada Custodia por las calles engalanadas de pueblos y ciudades, testimonian la fe y el amor del pueblo cristiano hacia Nuestro Señor Jesucristo.

 El citado Santo Tomás de Aquino, compuso precisamente para esta fiesta el Himno “Adoro te devote, latens Deitas”, que comienza así: Te adoro con devoción, Dios escondido, que estás verdaderamente oculto bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente.

 GRANDEZA DE ESTE DÍA

 Pensemos todos, ante la grandeza de este día, que el Creador del Universo, quiso, en su bondad infinita, habitar entre nosotros, encarnándose primero en el seno purísimo de María Santísima. Y después de su Vida Pública, su Pasión y Muerte en la Cruz, se quedó para nosotros, en la Sagrada Eucaristía.

 A Él se dirige precisamente, San José María Escrivá, con la siguiente oración: “Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía; te pedimos que vivas con nosotros, que te sintamos, que queramos estar siempre junto a Ti. Que seas el Rey de  nuestras vidas y de nuestro trabajo”.

 Consideremos la grandeza del corazón de Nuestro Señor Jesucristo, en el empeño por quedarse con nosotros en los Sagrarios. Y todavía más, al dársenos como alimento espiritual, en la Sagrada Comunión. Santo Tomás de Aquino afirma que la virtud de este Sacramento es llevar a cabo cierta transformación del hombre en Cristo, por el amor. Y ciertamente es así, porque si amamos a Dios y nos unimos a Él, viviremos por Él y para Él.

AL COMULGAR, PIDAMOS A DIOS AUMENTO DE FE Y AMOR

Sin duda alguna, la Eucaristía fue el medio providencial elegido por Dios para permanecer personalmente, en cada uno de nosotros, cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión. Por eso, pensemos cómo vamos a comulgar, y pidamos a Dios Padre que aumente nuestra fe y amor.

Santo Tomás de Aquino, el más sabio de los Santos, se preparaba para la Comunión, con la siguiente oración: “Omnipotente y sempiterno Dios, me acerco al Sacramento de vuestro Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, como un enfermo al médico que le habrá de dar vida; como un inmundo acudo a la fuente de la misericordia; ciego, vengo a la luz de la eternidad; pobre y falto de todo, me presento al soberano Señor del Cielo y de la Tierra. Ruego a vuestra inmensa largueza se sirva sanar mis enfermedades, purificar mis manchas, iluminar mis tinieblas, enriquecer mi miseria, vestir mi desnudez. Dulcísimo Señor, concededme que reciba el Cuerpo de vuestro Hijo Unigénito, nacido de la Virgen María, con tal fervor que pueda ser unido íntimamente a Él y contado entre los miembros de su Cuerpo místico”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.


ERRORES SOBRE LA ORDENACIÓN JURÍDICA.(Opinión Pública: 29-V-2016)

El fin último de toda ordenación jurídica es conseguir que el hombre sea auténticamente libre. Para esto se necesita que la sociedad esté ordenada, porque su obligación es conseguir la perfección del individuo. Pero han aparecido varias teorías que, al tratar de buscar el fundamento del ordenamiento jurídico, lo han puesto en algo distinto del mismo Dios. Así se expresaba el Papa Pío XII.

 POSITIVISMO JURÍDICO

El positivismo jurídico afirma que las leyes puramente humanas tienen todo poder por sí mismas. No existe ninguna unión entre ellas y Dios. Por lo tanto, la norma suprema para legislar es la misma razón humana, según seguía afirmando Pío XII.

 En definitiva, el positivismo se reduce al liberalismo radical, o de primer grado, que decía que para nada interviene Dios en la perfección de la razón humana ya que esta era norma suprema. Así se expresa el Papa León XIII, en la Encíclica Libertas. El positivismo, al afirmar que la leyes humanas para nada tienen que tener en cuenta a Dios, ponen también como supremo legislador del hombre al  mismo hombre, y como suprema razón la razón humana, decía Pío XII.

 INSTINTO JURÍDICO

Los defensores de esta teoría afirman que hay determinadas naciones, estirpes y clases sociales que poseen instinto jurídico. Por lo tanto, sólo estas son las que pueden dar normas o leyes.

Las otras naciones o clases sociales tienen que atenerse a estas normas, ya que esas son las únicas que poseen esa vena luminosa jurídica.

 Esta teoría además de estar de acuerdo con lo que afirma el positivismo jurídico, dice que ese poder inapelable de dictar normas no está en manos de unos representantes de la sociedad, sino en manos de unos pocos que tienen instinto jurídico y a los cuales todos los demás tienen que obedecer.

EL ESTADO COMO ENTIDAD ABSOLUTA Y SUPREMA

Son numerosas las teorías que se pueden colocar bajo un común denominador: el Estado es entidad absoluta y suprema. Varias de estas teorías –dijo Pío XII- afirman que el Estado no solo no debe tener para nada en cuenta a Dios, sino que los mismos particulares nada tienen que enseñarle. El Estado al ser una entidad absoluta, consideraría además que está libre de toda norma y crítica.

Otras teorías admiten el poder de Dios. Pero, para evitar desmanes en la sociedad, dicen que el Estado debe controlarlo todo. De esta forma, su vigilancia se reduce a un control que puede a veces resultar molesto. Pero, aunque esta clase de Estados admiten a Dios como supremo legislador y al Magisterio eclesiástico como auténticos intérpretes de la ley natural, hay quienes dicen que se niega a los individuos y a la comunidad el derecho que tienen de intervenir en el Gobierno.

Consideremos que si esto se llevara a cabo se convertiría a los particulares y a la sociedad en una entidad absoluta. Y esto sí que dañaría al pueblo. Ayudemos, pues a los gobernantes, para que el Cielo les conceda todos aquellos bienes que ellos necesitan para servir al pueblo. Y tengamos para ellos mirada de agradecimiento, por su servicio y sacrificio por la sociedad.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.