EL AMOR A DIOS DEBE OCUPAR EL PRIMER PUESTO, EN NUESTRA VIDA. (Homilía: 4-IX-2016)

El amor a Dios Nuestro Señor debe ocupar el primer puesto en nuestra vida y debemos alejar todo aquello que ponga trabas a este amor. “Amemos en este mundo –comenta San Gregorio Magno- a todos, aunque sea al enemigo; pero ódiese al que se nos opone en el camino de Dios, aunque sea pariente… Debemos, pues, amar al prójimo; debemos tener caridad con todos; con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos”. En definitiva, se trata de guardar el orden del amor: Dios tiene prioridad sobre todos y cada uno.

El Concilio Vaticano II, en el Documento Apostólicam actuositatem, afirma que los cristianos “se esfuercen por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejarlo todo por Cristo”. Esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Nuestro Señor Jesucristo por amar más, amar mejor, más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto plazo: debemos amar con el Amor de Dios. El Concilio Vaticano II, en el Documento Apostólicam actuositatem, lo explica con las palabras siguientes: “los cristianos se esfuerzan por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejarlo todo por Cristo”.

Los cristianos –dice el Documento Gaudium et Spes- tengan en cuenta que Cristo “padeciendo por nosotros nos dió ejemplo para seguir sus pasos y, además, abrió el camino que, al seguirlo, santifica la vida y la muerte, y les da nuevo sentido”.

 EL CAMINO DEL CRISTIANO ES LA IMITACIÓN DE JESUCRISTO

 Por lo tanto, el camino del cristiano es la imitación de Jesucristo. No hay otro modo de seguirle que acompañarle con la propia Cruz. Y efectivamente, la experiencia nos muestra la realidad del sufrimiento, y que ésto lleva a la infelicidad si no se acepta con sentido cristiano.

La Cruz, por lo tanto, no es una tragedia, sino pedagogía de Dios que nos santifica, por medio del dolor, para identificarnos con Cristo y hacernos merecedores de la gloria. Por eso, es tan cristiano amar el dolor: “Bendito sea el dolor.- Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor…¡Glorificado sea el dolor!. Dice San Josemaría Escrivá, en el libro “Camino”, número 324.

 PARA SEGUIR A CRISTO HAY QUE ABRAZAR GENEROSAMENTE LA CRUZ

Por otra parte, el Señor nos muestra, con diversas comparaciones que, si la misma prudencia humana exige al hombre prevenir los riesgos de las empresas, con mayor razón el cristiano se abrazará voluntaria y generosamente a la Cruz, porque sin Ella no podrá seguir a Jesucristo.

En definitiva, para que un alma pueda llenarse de Dios ha de vaciarse primero de todo aquello que pudiera impedírselo. Como se dice en el libro teresiano La subida al Monte Carmelo, “La doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fué el menosprecio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí. Porque, en tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para recibir el espíritu de Dios en pura transformación”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA SOCIEDAD DOMÉSTICA ENCUENTRA SU FIRMEZA EN LA SANTIDAD DEL MATRIMONIO, UNO E INDISOLUBLE. (OPINIÓN PÚBLICA:4-IX-2016)

La Constitución del Estado que hemos expuesto en el artículo anterior, no menoscaba ni desdora la verdadera dignidad de los gobernantes. Y no está lejos de mermar los derechos de la autoridad, antes, por el contrario, los engrandece y consolida. Si se examina a fondo el asunto, la Constitución expuesta presenta una gran perfección, de la que carecen los restantes sistemas políticos. Perfección cuyos frutos serían excelentes y variados si cada uno de los dos poderes se mantuviera dentro de su esfera propia y se aplicase sincera y totalmente al cumplimiento de la obligación y de la misión que le corresponden.

 De hecho, en la Constitución del Estado que hemos desarrollado, lo divino y lo humano quedan repartidos de una manera ordenada y conveniente. Los derechos de los ciudadanos son respetados como derechos inviolables y quedan defendidos bajo el patrocinio de las leyes divinas, naturales y humanas.

 Los deberes de cada ciudadano son definidos con sabia exactitud, y su cumplimiento queda sancionado con oportuna eficacia. Cada ciudadano sabe que, durante el curso incierto y trabajoso de esta mortal peregrinación hacia la patria eterna, tiene a la mano guías seguros para emprender este camino y auxiliadores eficaces para llegar a su fin. Sabe también que tiene a su alcance otros guías y auxiliadores para obtener y conservar su seguridad, su sustento y los demás bienes necesarios de la vida social presente.

 LA AUTORIDAD DEL MARIDO Y EL HONOR DEBIDO A LA MUJER

La sociedad doméstica encuentra su necesaria firmeza en la santidad del matrimonio, uno e indisoluble. Los derechos y deberes de los cónyuges son regulados con toda justicia y equidad. El honor debido a la mujer es salvaguardado. La autoridad del marido se configura según el modelo de la autoridad de Dios. La patria potestad queda moderada de acuerdo con la dignidad de la esposa y de los hijos.

Por último, se provee con acierto a la seguridad, al mantenimiento y a la educación de la prole. En la esfera política y civil, las leyes se ordenan al bien común, y no son dictadas por el voto y el juicio falaces de la muchedumbre, sino por la verdad y la justicia. La autoridad de los gobernantes queda revestida de un cierto carácter sagrado y sobrehumano y frenada para que ni se aparte de la justicia ni degenere en abusos del poder.

La obediencia de los ciudadanos tiene como compañera inseparable una honrosa dignidad, porque no es esclavitud de hombre a hombre, sino sumisión a la voluntad de Dios, que ejerce su poder por medio de los hombres. Tan pronto como arraiga esta convicción en la sociedad, entienden los ciudadanos que son deberes de justicia el respeto a la majestad de los gobernantes, la obediencia constante y leal a la autoridad pública, el rechazo de toda sedición y la observancia religiosa de la constitución del Estado.

Se imponen también como obligatorias la mutua caridad, la benignidad, la liberalidad. No queda dividido el hombre, que es ciudadano y cristiano al mismo tiempo, con preceptos contradictorios entre sí. En resumen, todos los grandes bienes con que la religión cristiana enriquece abundante y espontáneamente la misma vida mortal de los hombres quedan asegurados a la comunidad del Estado. De donde se desprende la evidencia de aquella sentencia: “El destino del Estado depende del culto que se da a Dios. Entre éste y aquél existe un estrecho e íntimo parentesco”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA HUMILDAD ES MUY NECESARIA PARA ALCANZAR LA SALVACIÓN.- (Homilía: 28-VIII-2016)

Nunca debemos olvidar que el fanatismo es siempre malo, porque con frecuencia conduce a la obcecación y a negar, como lo vemos en el Evangelio de este domingo, los principios más elementales de la Caridad y de la Justicia. E incluso el mero humanismo. Esto quiere decir que nunca debemos ser fanáticos en ninguna cosa, ni aún en lo más sagrado.

Esto quiere decir que la humildad es muy necesaria para alcanzar la salvación. Y así vemos en el texto del Evangelio de este Domingo XXII del Tiempo Ordinario, como Nuestro Señor Jesucristo aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. Y el en caso del Evangelio de este domingo podemos ver como Nuestro Señore Jesucristo se sirve de las actitudes que observa entre los asistentes a un banquete, para insistir en el banquete celestial, que nuestro Padre Celestial nos tiene preparado.

Y precisamente, el santo sacerdote San Josemaría Escrivá, en una de sus obras titulada Es Cristo que pasa, insiste que en el banquete celestial es Dios quien asigna el puesto, con las siguientes palabras: “La conciencia de la magnitud de la dignidad humana –de modo eminente, inefable, al ser constituídos, por la gracia, en hijos de Dios- junto con la humildad, forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino. Es ésta una verdad que no puede olvidarse nunca”.

EL CATÓLICO NO PRETENDE OTRA RECOMPENSA QUE LA DEL CIELO

Efectivamente, el católico se debe mover en el mundo como una persona corriente, teniendo en cuenta que el fundamento del trato con sus semejantes, no puede ser ni la recompensa humana ni la vanagloria. Sino que debe buscar ante todo la gloria de Dios, sin pretender otra recompensa que la del Cielo.

Esto nos lleva a la consecuencia de que, ante la invitación de Dios Nuestro Señor a la fe y a la personal correspondencia, hay que sacrificar cualquier interés humano, por lícito y noble que se nos presente, si impide la respuesta cabal al llamamiento divino. Generalmente, no debemos olvidar que las aparentes razones o una lista de deberes, en realidad, son meras excusas. Por eso nunca debemos olvidar que cuando surgen invitados desagradecidos, estamos ante personas en las que aparecerá clara la culpabilidad. Y por ello, deben tomarse las medidas más oportunas, para dignificar los corazones en el sentido de que puedan abrirse claramente al camino que Dios Nuestro Señor tiene previsto para cada uno de nosotros, sin vivir de meras excusas, que nos pueden conducir a la culpabilidad de invitados que se convierten en personas desagradecidas.

Todo buen católico debe estar decidido a ayudar a todos los que pueda a decidirse por el bien. No se trata de violentar a nadie sino de ayudar a decidirse por el bien, rompiendo con respetos humanos, con la ocasión del pecado o con la ignorancia. Realmente se ayuda a entrar en la Casa de Dios con la oración, con el sacrificio, con el testimonio de llevar una vida cristiana, con el apostolado.

Recordemos lo que dice San José María Escrivá, en un libro celebre suyo, titulado Camino: “Si, por salvar una vida terrena, con aplauso de todos, empleamos la fuerza para evitar que un hombre se suicide…, ¿no vamos a poder emplear la misma coacción –la santa coacción- para salvar la Vida (con mayúscula) de muchos que obstinan en suicidar idiotamente su alma?”.

Palabras que en este domingo aparecen en el Evangelio no deben desconcertar a nadie, porque el amor a Dios y a Jesucristo debe ocupar el primer puesto en nuestra vida y debemos además alejar todo aquello que ponga trabas a este amor.

Precisamente un santo como Gregorio Magno, al comentar los textos del Evangelio de este domingo, dice: “Amemos en este mundo a todos, aunque sea el enemigo, pero ódiese al que se nos opone en el camino de Dios, aunque sea pariente. Debemos amar al prójimo; debemos tener caridad con todos; con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos”. Así está In Evangelia homiliae, 37.33. En definitiva, se trata de guardar el orden de la caridad: Dios tiene prioridad sobre todo.

AGRADAR ANTES A DIOS QUE A LOS HUMANOS

Precisamente el Concilio Vaticano II, en el documento Apostólica actuositatem, número 4, explica que los cristianos “se esfuerzen por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos a dejarlo todo por Cristo”, que “padeciendo por nosotros nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además, abrió el camino que, al seguirlo, santifica la vida y la muerte, y les da nuevo sentido” (dice el documento “Gaudium et spes, número 22.

En definitiva, el camino cristiano es la imitación de Jesucristo. No hay otro modo de seguirle que acompañarle con la propia Cruz. La experiencia nos muestra la realidad del sufrimiento, y que éste lleva a infelicidad si no se acepta con sentido cristiano. La cruz no es una tragedia, sino pedagogía de Dios que nos santifica por medio del dolor para identificarnos con Cristo y hacernos merecedores de la gloria. Por eso es tan cristiano amar el dolor: Bendito sea el dolor.-Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor…¡Glorificado sea el dolor! (San Josemaría Escrivá, en Camino, número 208).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


DIOS REPARTIÓ EL GOBIERNO DEL GENERO HUMANO EN DOS PODERES: EL ECLESIÀSTICO Y EL CIVIL. (OPINIÓN PÚBLICA: 28-VIII-2016

Dios ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género, Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo.

 De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure propio, su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y de otro, haya establecido en su providencia, un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y de otro poder.

 Si así no fuese, sobre vendrían frecuentes motivos de inestables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber que camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer.

Esta situación es totalmente contraria a la sabiduría y a la bondad de Dios, quien incluso en el mundo físico, de tan evidente inferioridad, ha equilibrado entre sí las fuerzas y las causas naturales, con tan concertada moderación y maravillosa armonía, que ni las unas impiden a las otras ni dejan todas de concurrir, con exacta adecuación, al fin total al que tiende el universo. Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre, entre el alma y el cuerpo.

EXAMINAR LA NATURALEA DE CADA UNO DE LOS PODERES

Para determinar la esencia y la medida de esta relación unitiva, no hay otro camino que examinar la naturaleza de cada uno de los dos poderes, teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines respectivos.

El poder civil como fin próximo y principal el cuidado de las cosas temporales. El poder eclesiástico, en cambio, la adquisición de los bienes eternos. Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto a Dios, sea por su propia naturaleza, sea en vcirtud del fin al que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia.

Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abraza y comprende, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

LA IGLESIA HA DADO PRUEBAS DE BONDAD MATERNAL

No obstante, sobrevienen a veces especiales circunstancias en las que puede convenir otro género de concordia que asegure la paz y la libertad en ambas potestades; por ejemplo, cuando los gobernantes y el Romano Pontífice admiten la misma solución para un asunto de terminado. En estas ocasiones, la Iglesia ha dado pruebas numerosas de su bondad maternal, usando la mayor indulgencia y condescendencia posibles.

Esta que sumariamente dejamos trazada es la concepción cristiana del Estado. Concepción no elaborada temerariamente y por caprichos, sino constituída sobre los supremos y más exactos principios, confirmados por la misma razón natural.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.