LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS ES LA FIESTA DE LA ALEGRÍA QUE NOS ESPERA A TODOS, EN EL CIELO, SI SOMOS FIELES. (Homilía. 1-XI-2016).

La solemnidad de hoy, primero de noviembre, es la fiesta que nos recuerda y propone para nuestra consideración componentes fundamentales de la fe cristiana, de tal forma que, en el centro de la Liturgia de este día destacan sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos y del destino universal de la salvación.

Por eso, la Iglesia nos invita a levantar el pensamiento y a dirigir la oración a esa inmensa multitud de hombres y mujeres que siguieron a Cristo aquí en la tierra y se encuentran ya con Él en el Cielo. Se trata de una Fiesta que se celebra en toda la Iglesia, desde el Siglo VIII. En ella se nos recuerda que la santidad es asequible a todos, en las diversas profesiones y estados, y que para ayudarnos a alcanzar esa meta, debemos vivir el dogma de la Comunión de los Santos.

Por lo tanto, cada uno de nosotros nos encontramos caminando hacia el Cielo y nos notamos muy necesitados de la misericordia del Señor, que es grande y nos mantiene día a día. Por eso, hemos de pensar muchas veces en Él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o desánimo.

FAMILIARES Y AMIGOS, EN EL CIELO, NOS PUEDEN PRESTAR AYUDA

 Efectivamente, allí en el Cielo nos espera una multitud de familiares y amigos que nos pueden prestar ayuda, no sólo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros, sino también porque nos socorren con sus oraciones. Y seguro que nos llenarán de esperanza en los momentos difíciles. Y en el Cielo nos esperará también la Virgen María, para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Pensemos también que muchos de los que ahora contemplan la faz de Dios quizá no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus deberes diarios, sus pequeños deberes diarios. Tal vez tuvieron errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, e incluso pecados graves. Pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo.

Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar, en gran medida, de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y tuvieron éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que nos trae precisamente hoy la Liturgia de la Santa Misa: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré. Es decir que se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario y además no dejaron de tener cada día un encuentro con Él.

 SOMOS LA IGLESIA PEREGRINA

 QUE CAMINA HACIA EL CIELO

Consideremos también lo que nos dice el Prefacio de la Misa de Todos los Santos, donde veremos que el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos: en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.

Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras, con el que un día nos presentaremos ante Dios Nuestro Señor. Y para la mayoría de las personas, ser santos supone santificar el propio trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios, en el camino de nuestras vidas.

Consideremos igualmente, repito que, para la gran mayoría de los humanos, ser santos supone santificar el propio trabajo y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de nuestras vidas. ¿Qué otra cosa hicieron esas madres de familia, esos intelectuales o aquellos obreros para estar en Cielo? Quienes han llegado ya, procuraron santificar las realidades pequeñas de todos los días; y si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo.

Y considero finalmente que, al menos, eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día con lo que tenemos entre manos, entre las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, amar la Confesión y poner los medios para asistir a Misa los domingos y demás días festivos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


JESUCRISTO ES EL SALVADOR DE TODOS LOS HUMANOS QUE SE LE ACERCAN CON FE.(HOMILÍA: 30-X-2016)

Jesucristo es el Salvador de todos los humanos. Leyendo el Evangelio observamos como ha curado a muchos enfermos, ha resucitado a muertos, pero sobre todo ha traído el perdón de los pecados y el don de la gracia, a los que se le acercan con fe. Concretamente, en el texto evangélico de este Domingo trigésimo primero del Tiempo Ordinario vemos como el Señor trae la salvación a Zaqueo, que pertenecía al oficio de los publicanos, odiados por el pueblo porque eran colaboradores del poder romano y abusaban frecuentemente, en la recaudación de los impuestos.

ENCUENTRO MISERICORDIOSO DE JESÚS CON ZAQUEO

Efectivamente, el Evangelio de este Domingo Trigésimo Primero del Tiempo Ordinario nos habla del encuentro misericordioso de Jesús con Zaqueo, cuando el Señor pasa por Jericó, camino de Jerusalén. Y, efectivamente, a la entrada de la ciudad se produce la curación de un mendigo ciego, que logró con su fe y su insistencia llegar hasta Jesús, a pesar de la multitud y de los que pretendían que callara, puesto que la misión de Nuestro Señor Jesucristo es salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo pertenecía al oficio de los publicanos, odiados por el pueblo porque eran colaboradores del poder romano y abusaban frecuentemente en la recaudación de los impuestos. Y, efectivamente, se sabe que el Imperio Romano no tenía funcionarios propios, para este servicio, y por esa razón encargaba a determinadas personas que lo hicieran.

Estos podían tener empleados subalternos. De ahí que en algunas ocasiones se habla de “jefe de publicanos”, como es en el caso de Zaqueo. Pero, sin olvidar que la cantidad genérica del impuesto, para cada región, la tasaba la autoridad romana. Y por su parte, los publicanos cobraban una sobretasa, de la cual vivían, y que se prestaba a arbitrariedades; por eso normalmente eran odiados por el pueblo. Además, en el caso de los judíos, se agregaba la nota infamante de expoliar al pueblo elegido, a favor de los gentiles.

Y volvamos a Zaqueo que pertenecía al oficio de los publicanos, odiados por el pueblo porque eran colaboradores del poder romano y abusaban frecuentemente en la recaudación de los impuestos. Y, precisamente, el Evangelio de este Domingo, deja entrever que también este hombre tenía de que arrepentirse. Lo cierto es que quiere ver al Señor, sin duda alguna movido por la gracia, y para ello pone todos los medios a su alcance.

Jesús premia este esfuerzo de Zaqueo, hospedándose en su casa, conmovido por la presencia del Señor. Consiguiendo de este modo que, conmovido por la presencia de Nuestro Señor Jesucristo, iniciara una vida nueva. Por su parte, quienes ven esta escena murmuran contra Jesús porque trata afectuosamente a un hombre, a quien ellos estiman pecador. El Señor, en vez excusarse, manifiesta claramente que ha venido precisamente a eso: a buscar a los pecadores.

BUSCARÉ LA OVEJA PERDIDA

Como podemos observar, este episodio hace realidad la parábola evangélica de la oveja perdida, cuya enseñanza ya estaba profetizada por Ezequiel: “buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”.

Y el Evangelio sigue diciéndonos que Zaqueo sube a un árbol, llamado sicomoro, muy semejante al moral, pero de más altura y de tronco más grueso. Quiere ver a Jesús. Para conseguirlo no tiene reparo en mezclarse con la muchedumbre. Como el ciego de Jericó, salta por encima de los respetos humanos.  Así ha de ser nuestra búsqueda de Dios: ni falsa vergüenza ni miedo al ridículo deben impedir que pongamos los medios para encontrar al Señor. Esto me trae a la memoria una frase de San José Maria Escrivá, que escribió en un libro suyo, titulado Camino: “Convéncete de que el ridículo no existe para quien hace lo mejor”.

Estamos ante una clara manifestación de cómo actúa Dios para salvar a los hombres. Jesús llama individualmente, por su nombre, a Zaqueo pidiéndole que lo reciba en su casa. El Evangelio subraya que lo recibió prontamente y con alegría. Así debemos responder nosotros a las llamadas que Dios nos hace a través de su gracia.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA LIBERTAD, DON EXCELENTE DE LA NATURALEZA, CONFIERE AL HOMBRE LA DIGNIDAD DE SER DUEÑO DE SUS ACCIONES (El Papa León XIII, en “Libertas praestantíssimun”: Opinión Pública: 30-X-2016)

La libertad, don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones. Pero lo más importante en esta dignidad es el modo de su ejercicio, porque del uso de la libertad nacen los mayores bienes y los mayores males.

Sin duda alguna, el hombre puede obedecer a la razón, practicar el bien moral, tender por el camino recto a su último fin. Pero el hombre puede también seguir una dirección totalmente contraria y, yendo tras el espejismo de unas ilusorias apariencias, perturbar el orden debido y correr a su perdición voluntaria.

Jesucristo, liberador del género humano, que vino para restaurar y acrecentar la dignidad antigua de la Naturaleza, ha socorrido de modo extraordinario la voluntad del hombre y la ha levantado a un estado mejor, concediéndole, por una parte, los auxilios de su gracia y abriéndole, por otra parte, la perspectiva de una eterna felicidad en los cielos.

De modo semejante, la Iglesia ha sido y será siempre benemérita de este preciado don de la Naturaleza, porque su misión es precisamente la conservación, a lo largo de la Historia, de los bienes, que hemos adquirido por medio de Jesucristo. Son, sin embargo, muchos los hombres para los cuales la Iglesia es enemiga de la libertad humana.

La causa de este prejuicio reside en una errónea y adulterada idea de la libertad. Porque, al alterar su contenido, o al darle una extensión excesiva, como le dan, pretender incluir, dentro del ámbito de la libertad, cosas que quedan fuera del concepto exacto de libertad.

BUENO Y MALO EN LAS LIBERTADES MODERNAS

Afirma el Papa León XIII, que ya ha hablado en otras ocasiones, especialmente en la Encíclica Inmortale Dei, sobre las llamadas libertades modernas, separando lo que en éstas hay de bueno de lo que en ellas hay de malo. Hemos demostrado, al mismo tiempo, que todo lo bueno que estas libertades presentan, es tan antiguo como la misma verdad, y que la Iglesia lo ha aprobado siempre de buena voluntad y lo ha incorporado a la práctica diaria de su vida.

La novedad añadida modernamente, si hemos de decir la verdad, no es más que una auténtica corrupción producida por las turbulencias de la época y por la inmoderada fiebre de revoluciones.

Pero como son muchos los que se obstinan en ver, aún en los aspectos viciosos de estas libertades, la gloria suprema de nuestros tiempos y el fundamento necesario de toda constitución política, como si fuera imposible concebir, sin estas libertades, el Gobierno perfecto del Estado, nos ha parecido necesario, para la utilidad de todos, tratar con particular atención este asunto.

El objeto directo de esta exposición es la libertad moral, considerada tanto en el individuo como en la sociedad. Conviene, sin embargo, exponer algunas ideas sobre la libertad natural, pues si bien ésta es totalmente de la libertad moral, es, sin embargo, la fuente y el principio de donde nacen y derivan espontáneamente todas las especies de libertad.

El juicio recto y el sentido común de todos los hombres, voz segura de la Naturaleza, reconoce esta libertad solamente en los seres que tienen inteligencia o razón; y es esta libertad la que hace al hombre responsable de todos sus actos. No podría ser de otro modo. Porque mientras los animales obedecen solamente a sus sentidos  y bajo el impulso exclusivo de la naturaleza humana lo que les es útil y huyen  de lo que les es perjudicial, el hombre tiene a la razón como guía en todas y en cada una de las acciones de su vida.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


DICE EL SEÑOR: LA ORACIÓN DEBE BROTAR DE UN CORAZÓN HUMILDE Y ARREPENTIDO DE SUS PECADOS. (HOMILÍA: 23-X-2016: DOMINGO XXX, DEL TIEMPO ORDINARIO)

Es necesario rezar en todo tiempo y no desfallecer, porque la oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia. No olvidemos que venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por eso, no debemos dejar de abandonarnos en El, nuestro Creador y Señor, con toda humildad y con una actitud de plena y total confianza. Y sobre todo porque la oración es un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y de reconocimiento, una actitud de confianza y abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor. En definitiva, la oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo lleno de confianza y de amor.

 Pero si además somos cristianos, debemos orar como tales. Porque efectivamente, la oración, para el cristiano, adquiere una característica particular que cambia totalmente su naturaleza íntima y su valor también íntimo. Porque realmente, el cristiano es discípulo de Jesús que cree que el Verbo Encarnado, es el Hijo de Dios venido entre nosotros, a la Tierra.

LA VIDA DE JESUS, ORACIÓN CONTINUA

Y no olvidemos que la vida de Jesús, como hombre, ha sido una oración continua, un acto también continuo de adoración y de amor al Padre, porque la expresión máxima de la oración es el sacrificio del Santo Altar, la cumbre de la oración de Jesús es el sacrificio de la Cruz, anticipado con la Eucaristía en la Última Cena y transmitida, a todos los siglos, con la Santa Misa.

“Por eso, todo cristiano sabe que su oración es Jesús; toda oración suya parte de Jesús; es El quien ora en nosotros, con nosotros y por nosotros. Todos los que creen en Dios, oran; por eso el cristiano ora en Jesucristo: ¡Cristo es nuestra oración!” –decía Juan Pablo II, en la Audiencia con los jóvenes, el 14-III-1979.

Por otra parte –añadía el mismo Pontífice- “es preciso reconocer humilde y realmente que somos pobres criaturas, con ideas confusas, frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo. La oración da fuerza para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad; la oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad; la oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma historia, en la perspectiva salvífica de Dios y de la eternidad. Por esto, ¡no dejéis de orar! ¡No pase un día sin que hayáis orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo! ¡Cada domingo la Santa Misa y, si os es posible, alguna vez también durante la semana; y cada día las oraciones de la mañana y de la noche y en los momentos más oportunos!”.

FIRMES EN LA FE Y EN LA ORACIÓN

Finalmente, tengamos en cuenta que la enseñanza de Jesús, sobre la perseverancia en la oración se une con la severa advertencia de que es preciso mantenerse firmes en la fe; fe y oración van íntimamente unidas. “Creamos para orar –comenta San Agustín-; y para que no desfallezca la fe con que oramos, oremos. La fe hace brotar la oración, y la oración, en cuanto brota, alcanza la firmeza de la fe” (Sermón 115).

 El Señor, como dejo dicho, ha anunciado su asistencia a la Iglesia, para que pueda cumplir indefectiblemente su misión hasta el fin de los tiempos (así está en el Evangelio de San Mateo, 28, 20); la Iglesia, por tanto, no puede desviarse de la verdadera fe. Pero no todos los hombres perseverarán fieles sino que algunos se apartarán voluntariamente de la fe. Es el gran misterio que San Pablo llama de iniquidad y apostasía y que el mismo Jesucristo anuncia en otros lugares, según el Evangelio de San Mateo. De este modo nos previene el Señor para que, aunque a nuestro alrededor haya quienes desfallezcan, nos mantengamos vigilantes y perseverando en la fe y en la oración.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.