QUE CRISTO HAYA SUFRIDO Y MUCHO POR NOSOTROS, INDICA QUE DEBEMOS AMAR, Y MUCHO, LA CONFESIÓN. (ADVIENTO: 4-XII-2016)

Dios todopoderoso, aviva en sus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras. Se puede calcular que habían pasado unos 25 años, desde la vuelta de la Sagrada Familia de Egipto. Y comienza ahora una nueva etapa del Reino de Dios que trae consigo la obra redentora de Cristo.

La llegada del Reino de los Cielos implica una intervención especial de Dios Nuestro Señor en favor de los humanos, pero también supone una exigencia en cada persona, en el sentido de que ordenemos nuestra conducta hacia la Vida Eterna, abriéndonos a la gracia y rectificando nuestras conductas.

TOMAR POSTURA CON DIOS Y NO EN CONTRA

Por otra parte, la vida de Jesucristo en la Tierra, nos obliga a los mundanos a tomar postura con Dios y no contra Dios. Ya lo dijo el mismo Jesucristo en este Mundo, al marcarnos a tomar postura con Dios  y no contra Dios, en aquellas palabras divinas que recoge el Evangelio de San Lucas, en el capítulo 11, versículo 23, cuando dijo: “el que no está conmigo, está contra Mí; y el que no  recoge conmigo desparrama”.

Efectivamente, desde Adán y Eva, dada la condición pecadora de la humanidad, tras el pecado original, la llegada del Reino exige que todos los humanos necesiten hacer penitencia de su vida anterior. Esto quiere decir que debemos convertirnos de nuestro caminar, si se produjera alejado de Dios, a un caminar acercándonos a El.

CONFESARNOS CON FRECUENCIA

Puesto que por medio está el pecado, no hay posibilidad de dar la vuelta hacia Dios, de convertirnos, sin hacer actos de penitencia. Ciertamente, la Conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es cumplirlo aunque nos cueste. No olvidemos que el terreno donde crece la penitencia es la humildad. Y todo humano debe reconocer sinceramente que es pecador, como consecuencia del pecado original.

Y, entonces, dada la condición pecadora de la humanidad, tras el pecado original, la llegada del Reino de Dios, exige que todos los humanos necesitamos hacer penitencia de nuestra vida anterior y confesarnos con frecuencia. Es decir que debemos convertirnos de nuestra caminar apartándose de Dios Nuestro Señor, a un caminar acercándose a Él. Y además, puesto que está por el medio, el pecado, no es posible dar la vuelta hacia Dios, de convertirse, sin hacer actos de penitencia.

TODO HUMANO DEBE OBEDECER A DIOS Y CUMPLIR SUS MANDAMIENTOS

No olvidemos que la conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es necesaria la decisión total y absoluta de cumplirlo, aunque nos cueste. Por eso, debemos recordar siempre que el terreno en el que crece la penitencia es en la humildad. Y esto quiere decir que todo humano debe reconocer sinceramente que es pecador, como lo afirma el Apóstol San Juan en la 1ª Carta 1,8-10. Y además es necesario que la penitencia esté acompañada de la obediencia. También lo dice el mismo San Juan Evangelista en la misma Carta, 2,3-6 cuando afirma que la obediencia es acompañante de la penitencia. Y –concluye- que “todo humano debe obedecer a Dios y cumplir sus mandamientos”.

En realidad, nadie debe olvidar que, toda la vida de los humanos es una incesante rectificación de conducta, que por tanto implica un continuo hacer penitencia. Como dice San Pablo en la Carta a los Colosenses, 1,24: “que Cristo haya cargado con nuestros pecados y padecido por nosotros no exime sino que exige, de cada uno, una conversión verdadera.” Es decir: amar la Confesión.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA LIBERTAD, DON EXCELENTE DE LA NATURALEZA, PROPIO Y EXCLUSIVO DE LOS SERES RACIONALES. (Opinión Pública: 4-XII-2016)

La libertad, don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres  racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones. Pero lo más importante, en esta dignidad, es el modo de su ejercicio, porque del uso de la libertad nacen los mayores bienes y los mayores males. Así se expresa el Papa León XIII en el Documento Libertas praestantissimum.

Sin duda alguna, el hombre puede obedecer a la razón, practicar el bien moral, tender por el camino recto a su último fin. Pero el hombre puede también seguir una dirección totalmente contraria y, yendo tras el espejismo de unas ilusorias experiencias, perturbar el orden debido y correr a su perdición voluntaria.

Jesucristo, liberador del género humano, que vino para restaurar y acrecentar la dignidad de la Naturaleza, ha socorrido de modo extraordinario la voluntad del hombre y la ha levantado a un estado mejor, concediéndole, por una parte, los auxilios de su gracia y abriéndole, por otra parte, la perspectiva de una eterna felicidad en los Cielos.

De modo semejante, la Iglesia ha sido y será siempre benemérita de este preciado don de la Naturaleza, porque su misión es precisamente la conservación, a lo largo de la Historia, de los bienes que hemos adquirido por medio de Jesucristo. Son, sin embargo, muchos los hombres para los cuales la Iglesia es enemiga de la libertad humana.

La causa de este prejuicio reside en una errónea y adulterada idea de la libertad. Porque al alterar su contenido, o al darle una extensión excesiva, como le dan, pretenden incluir dentro del ámbito de la libertad cosas que quedan fuera del concepto exacto de libertad.

BUENO O MALO EN LAS LIBERTADES MODERNAS

Nos, hemos hablado ya en otras ocasiones –dijo León XIII-, especialmente en la Encíclica Inmortale Dei, sobre las llamadas libertades modernas, separando lo que en éstas hay de bueno de lo que en ellas hay de malo. Hemos demostrado, al mismo tiempo, que todo lo bueno que estas libertades presentan es tan antiguo como la misma verdad, y que la Iglesia ha aprobado siempre de buena voluntad y lo ha incorporado a la práctica diaria de la vida.

La novedad añadida modernamente, si hemos de decir la verdad, no es más que una auténtica corrupción producida por las turbulencias de la época y por la inmoderada fiebre de revoluciones. Pero como son muchos los que se obstinan en ver, aun en los aspectos viciosos de estas libertades, la gloria suprema de nuestros tiempos y fundamento necesario de toda constitución política, como si fuera imposible concebir, sin estas libertades, el Gobierno perfecto del Estado, nos ha parecido necesario, para la utilidad de todos, tratar con particular atención este asunto.

ALGUNAS IDEAS SOBRE LA LIBERTAD NATURAL

El objeto directo de esta exposición de la libertad moral,  considerada tanto en el individuo como en la sociedad. Conviene, sin embargo, exponer brevemente algunas ideas sobre la libertad natural, pues si bien ésta es totalmente distinta de la libertad moral, es, sin embargo, la fuente y el principio de donde nacen y derivan espontáneamente todas las especies de la libertad.

El juicio recto y el sentido común de todos los hombres, voz segura de la Naturaleza, reconoce esta libertad solamente en los seres que tienen inteligencia o razón; y es esta libertad la que hace al hombre responsable de todos sus actos. No podía ser de otro modo. Porque los animales, bajo el impulso exclusivo de la naturaleza, buscan lo que les es útil y huyen lo que les es perjudicial, el hombre tiene a la razón como guía en todas y en cada una de las acciones de su  vida.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


PREPARÉMONOS PARA CELEBRAR EL NACIMIENTO DEL NIÑO JESÚS. (Domingo 1º de Adviento: 27-XI-2016)

Este domingo, día 27 del mes de noviembre, entramos en el Tiempo que la Santa Madre Iglesia llama de Adviento, porque nos preparamos para celebrar el Nacimiento del Niño Jesús, es decir el principio de la venida al Mundo de Dios mismo que nos quiere ayudar para que nuestro tiempo en la Tierra, nos disponga para entrar eternamente en el Cielo. Precisamente, la oración primera de la Misa de este día, dirigida a Dios Nuestro Señor, dice: Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañados de las buenas obras.

Por otra parte, en el Evangelio de la Misa de hoy se dice que pocos le esperaban en la Tierra. Por eso, con palabras del Señor, nos dice: Estad vigilantes. Esto nos viene bien en toda época. Y, por su parte, San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos dejó escrito: despertad. Y en el Salmo responsorial de la Misa de cada día de la Primera Semana de Adviento, se nos dice: convocad a todo el mundo, anunciadlo a las naciones y decid: Mirad a Dios Nuestro Salvador, que llega. Anunciadlo y que se oiga. Proclamadlo con fuerte voz.

PREPARÉMONOS PARA CELEBRAR LA NAVIDAD

Efectivamente, la Santa Madre Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación para que nos preparemos a celebrar la Navidad. Por eso, es bueno que consideremos que, con cuatro semanas de antelación, nos prepararemos a celebrar de nuevo la Navidad y, a la vez, para que, con el recuerdo de la primera venida al Mundo de Jesucristo, estemos también atentos a esas otras venidas de Dios Nuestro Señor, al final de la vida de cada uno y al final de los tiempos.

Este es el momento de discernir qué cosas nos separan de Dios, y, entonces, echarlas lejos de nosotros, examinando a fondo nuestra alma. De esta forma, seguro que encontraremos los verdaderos enemigos que luchan para mantenernos separados de Dios Nuestro Señor.

Así encontraremos los verdaderos enemigos y obstáculos para nuestra vida cristiana: “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida”, como dice San Juan el Evangelista, en su primera Carta. Y de esta forma amaremos y viviremos la Confesión con frecuencia.

Y cuando llegue la Navidad, el Señor nos encontrará atentos y con el alma dispuesta a enderezar los caminos de nuestra vida que nos llevarán a Èl, con las mejores disposiciones, como consecuencia del deseo de examinar a fondo nuestra alma.

FIJAOS QUIÉN ES EL QUE VIENE

Ahora bien, para mantener el estado de vigilia es necesario luchar, porque la tendencia de todo humano o humana es vivir con los ojos puestos en las cosas de la tierra. Por eso, evitemos que se ofusquen nuestros corazones y no perdamos de vista la dimensión sobrenatural que deben tener todos nuestros actos.

“Hermanos –nos dice San Bernardo en un Sermón sobre los aspectos del Adviento- a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a los sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Meditad en ellos con suma atención. Profundizad en el sentido de este Adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene”. Y salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará. Así se dice en una antífona de la Liturgia de la Santa Madre Iglesia, en este Tiempo de Adviento.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA DEFENSA DE LA RELIGIÓN CATÓLICA EXIGE UNIDAD DE PENSAMIENTO Y PERSEVERANCIA EN LA DOCTRINA ENSEÑADA POR LA IGLESIA. (Opinión Pública: 27-XI-2016)

La defensa de la Religión Católica exige necesariamente la unidad de pensamiento y la firme perseverancia de todos, en la profesión de las doctrinas enseñadas por la Iglesia. Y, en este punto, hay que evitar dos peligros: la convivencia con las opiniones falsas y una resistencia menos enérgica que lo que exige la verdad. Sin embargo, en materias opinables es lícita siempre, dejando a un lado toda sospecha injusta y toda acusación mutua.

Por lo cual, para que la unión de los espíritus no quede destruida con temerarias acusaciones, entiendan todos que la integridad de la verdad católica no puede, en manera alguna, compaginarse con las opiniones tocadas de naturalismo o racionalismo, cuyo fin último es arrasar, hasta los cimientos, la religión cristiana, y establecer, en la sociedad, la autoridad del hombre, independizada de Dios.

 EL CATÓLICO DEBE CUMPLIR SUS DEBERES EN LA ESFERA PÚBLICA Y EN LA PRIVADA

Tampoco es lícito, al católico, cumplir sus deberes, de una manera en la esfera privada y de otra forma, en la esfera pública, acatando la autoridad de la Iglesia en la vida particular y rechazándola en la vida pública.

Esta distinción vendría a unir el bien con el mal y a dividir al hombre, dentro de sí, cuando, por el contrario, lo cierto es que el hombre debe ser siempre consecuente consigo mismo, sin apartarse de la norma de la virtud cristiana, en cosa alguna ni en esfera alguna de la Vida.

Pero si se trata de cuestiones meramente políticas, del mejor régimen político, de tal o cual forma de constitución política, está permitida en estos casos, una honesta  diversidad de opiniones. Por lo cual, no tolera la justicia que a personas cuya piedad es por otra parte conocida y que están dispuestas a aceptar dócilmente las enseñanzas de la Sede Apostólica, se les acuse de falta grave porque piensen de distinta manera acerca de las cosas que venimos señalando. Mucho mayor sería la injusticia si se les acusara de violación o de sospecha de la fe católica, cosa que desgraciadamente ha sucedido más de una vez.

Tengan siempre y cumplan esta norma los escritores, y, sobre todo, los periodistas. Porque es una lucha como la presente, en la que están en peligro bienes de tanta importancia no hay lugar para las polémicas intestinas ni para el espíritu de partido, sino que, unidos los ánimos y los deseos, deben todos esforzase por conseguir el propósito que los une: la salvación de la Religión y del Estado.

Por tanto, ni anteriormente ha habido alguna división, es necesario sepultarla voluntariamente en el olvido más completo. Si ha existido alguna temeridad o alguna injusticia, quienquiera que sea el culpable, hay que repararla con una recíproca caridad y olvidarlo todo como prueba de supremo acatamiento a la Sede Apostólica.

De esta manera, los católicos conseguirán dos resultados excelentes. El primero, ayudar a la Iglesia en la conservación y propagación de los principios cristianos. El segundo, procurar el mayor beneficio posible al Estado, cuya seguridad se halla en grave peligro a causa de nocivas teorías y malvadas pasiones.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.