LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE LOS HOMBRES. (HOMILÍA: 1-I-2017)

El domingo día uno de enero, en la Octava de la Natividad del Señor y en el día de su Circuncisión, se celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Precisamente, los Padres del Concilio de Èfeso la aclamaron como “Theotokos”, porque en ella la Palabra se hizo carne, y acampó entre los hombres el Hijo de Dios, príncipe de la paz, cuyo nombre está por encima de todo otro nombre.

Por su parte, la piedad cristiana ha plasmado de mil formas diferentes la festividad que hoy celebramos: la Maternidad de María, el hecho central que ilumina toda la vida de la Virgen y fundamento de los otros privilegios con que Dios quiso adornarla.

Ciertamente, hoy alabamos y damos gracias a Dios Padre porque María concibió a su Único Hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo nuestro Señor, como dice el Misal Romano en el Prefacio de la Maternidad de la Virgen María.

A ELLA LA CANTAMOS EN NUESTRO CORAZÓN

Y a Ella la cantamos también en nuestro corazón: Salve, Madre Santa, Virgen, Madre de Rey, cuyo nombre es eterno, la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad.

Santa María es la Señora, llena de gracia y de virtudes, concebida sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y está en los cielos en cuerpo y alma. La Sagrada Escritura nos habla de Ella como la más excelsa de todas las criaturas, la bendita, la más alabada entre las mujeres, la llena de gracia y la que –dice el evangelista San Lucas­- todas las generaciones llamarán bienaventurada.

Por su parte, la Santa Madre Iglesia nos enseña que María ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina. Efectivamente, Ella, “por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada sobre todos los ángeles y los hombres”, se dice en los textos de la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Y el Espíritu Santo, en la primera lectura de la Misa de hoy, nos dice que, “al llegar la plenitud de los tiempos, nacido de mujer, nacido bajo la Ley”.  Efectivamente, Jesús no apareció de pronto en la tierra venido del Cielo, sino que se hizo hombre, tomando naturaleza humana en las entrañas purísimas de la Virgen María. Jesús, en cuanto Dios, es engendrado eternamente, no hecho, por Dios Padre desde toda la eternidad.

LA MATERNIDAD DE MARÍA PERDURA SIN CESAR

Y esta maternidad de María “perdura –dice el Concilio Vaticano II- sin cesar hasta la consumación perpétua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.

Y la Virgen cumple su misión de Madre de los hombres intercediendo continuamente por ellos cerca de su Hijo. La Iglesia le da a María los títulos de “Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora”. Así lo dice el Concilio Vaticano II.

Esto quiere decir que la devoción filial a María, es pues, parte integrante de la vocación cristiana. Y, por lo tanto, en todo momento, hemos de recurrir, como instinto, a Ella, que “consuela nuestro temor, aviva nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestros temores y anima nuestra pusilanimidad”, dijo San Bernardo, en una Homilía pronunciada en la Natividad de la Santísima Virgen María.

Y finalmente, quiero advertir que con esta solemnidad de Nuestra Señora, comenzamos un año nuevo. Y en verdad no puede haber mejor comienzo del año que estando muy cerca de la Virgen María. A Ella nos dirigimos con confianza filial, para que nos ayude a vivir santamente cada día del año. También para que interceda ante su divino Hijo, a fin de que nos renovemos interiormente y procuremos crecer en amor de Dios y en servicio a nuestro prójimo.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA PRINCIPAL DE LAS LEYES ES LA LEY NATURAL, ESCRITA Y GRABADA, EN EL CORAZÓN DE CADA HUMANO. (OPINIÓN PÚBLICA: 1-I-2017)

La principal de todas las leyes es la ley natural, escrita y grabada en el corazón de cada humano, por ser la misma razón humana la que manda al hombre obrar el bien y prohíbe al hombre hacer el mal. Pero este precepto de la razón humana no podría tener fuerza si no fuera órgano e intérprete de otra razón más alta, a la que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad.

Porque siendo la función de la ley imponer obligaciones y atribuir derechos, la ley se apoya por entero en la autoridad, esto es, en un poder capaz de establecer obligaciones, atribuir derechos y sancionar además, por medio de premios y castigos, las órdenes dadas; cosas todas que evidentemente resultan imposibles si fuese el hombre quien, como supremo legislador, se diera a sí mismo la regla normativa de sus propias acciones.

 LA LEY ETERNA ES LA RAZÓN ETERNA DE DIOS

Síguese, pues, de lo dicho que la ley natural es la misma ley eterna, que, grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y al fin que le son propios; ley eterna que es, a su vez, la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el universo.

A esta regla de nuestras acciones, a este freno del pecado, la bondad divina ha añadido ciertos auxilios especiales, aptísimos para dirigir y conformar la voluntad del hombre. El principal y más eficaz auxilio de todos estos socorros es la gracia divina, la cual, iluminando el entendimiento y robusteciendo e impulsando la voluntad hacia el bien moral, facilita y asegura al mismo tiempo, con saludable constancia, el ejercicio de nuestra libertad natural.

Es totalmente errónea la afirmación de que las mociones de la voluntad, a causa de esta intervención divina, son menos libres. Porque la influencia de la gracia divina alcanza las profundidades más íntimas del hombre y se armoniza con las tendencias naturales de éste, porque la gracia nace de aquel que es autor de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad y mueve todos los seres de un modo adecuado a la naturaleza de cada uno. Como advierte el Doctor Angélico, la gracia divina, por proceder del Creador de la Naturaleza está admirablemente capacitada para defender todas las naturalezas individuales y parea conservar sus caracteres, sus facultades y su eficacia.

Lo dicho acerca de la libertad de cada individuo, es fácilmente aplicable a los hombres unidos en sociedad civil. Porque lo que en cada hombre hacen la razón y la ley natural, esto mismo hace en los asociados la ley humana, promulgada para el bien común de los ciudadanos.

EL ORIGEN DE LA LEY NATURAL HAY QUE BUSCARLO EN LA LEY ETERNA

Entre estas leyes humanas hay algunas cuyo objeto consiste en lo que es bueno o malo por naturaleza, añadiendo al precepto de practicar el bien y de evitar el mal la sanción conveniente. El origen de estas leyes no es en modo alguno el Estado; porque así como la sociedad no es origen de la naturaleza humana, de la misma manera la sociedad no es fuente tampoco de la concordancia del bien y de la discordancia del mal con la naturaleza. Todo lo contrario.

Estas leyes son anteriores a la misma sociedad, y su origen hay que buscarlo en la ley natural, y, por tanto, en la ley eterna. Por consiguiente, los preceptos de derecho natural, incluídos en las leyes humanas, no tienen simplemente el valor de una ley positiva, sino que además, y principalmente, incluyen un poder mucho más alto y augusto que proviene de la misma ley natural y de la ley eterna.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


JESÚS SE HACE NIÑO PARA QUE CADA UNO DE NOSOTROS PODAMOS IR AL CIELO. (Homilía: 25-XII-2016)

“La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de la María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos forzosamente distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros”. Así se expresa Su Santidad el Papa Francisco, con motivo de la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

Efectivamente, un día como hoy, ha nacido el Mesías, el Hijo de Dios y Salvador nuestro. Y se hace Niño para que cada uno de nosotros podamos ser perfectos y librarnos de la muerte eterna y subir al Cielo.

 PALABRA ETERNA DEL PADRE

Jesús recién nacido, aunque no habla, es la Palabra eterna del Padre. Por eso, podemos decir que el pesebre de Belén es una cátedra, llena de enseñanzas. Precisamente San José María, en Es Cristo que pasa, afirma: “Hay que entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres. Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad. “Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en un pesebre, porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de toda la tierra”.

Pensándolo bien, ante tanta grandeza, podemos decir que ¡ojalá! Jesús halle en nuestros corazones lugar donde nacer espiritualmente. Debemos aspirar a que Cristo nazca en nosotros, que es como decir que nosotros debemos nacer a una nueva vida, ser una nueva criatura, como se dice en la Carta a los Romanos. Y también debemos guardar aquella santidad y pureza de alma que se nos dió en el Bautismo y que ha sido como un nuevo nacimiento. Recemos, entonces, despacio el tercer misterio gozoso del Santo Rosario, contemplando el Nacimiento de Nuestro Salvador.

Por otra parte, es bueno que consideremos que Jesucristo es primogénito que sobrepasa toda consideración natural y biológica. Así, San Beda, resumiendo una larga tradición de los Santos Padres, expone esta profunda primogenitura de Cristo, con las siguientes palabras: “En verdad el Hijo de Dios, que se manifiesta en la carne, es en un orden más alto no sólo Unigénito del Padre, según la excelencia de su divinidad, sino también Unigénito del Padre según la excelencia de su divinidad, también primogénito de toda criatura según la vínculos de su fraternidad con los hombres; de ésta primogenitura se dice: “Porque a los que El (Dios) conoció de antemano, también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que El fuese primogénito entre muchos hermanos”. (Carta a los Romanos, 8,29). Y de aquélla (de su condición de Unigénito) se dice “y hemos visto su gloria como de Unigénito del Padre”. (San Juan 1,14).

EN EL NACIMIENTO, MANIFESTÓ SU DIVINIDAD Y SU HUMANIDAD

Así pues, es Unigénito por la sustancia de la Deidad, y primogénito por la asunción de la humanidad; primogénito en la Gracia, Unigénito en la naturaleza. De ahí que sea nombrado hermano y Señor: hermano porque es primogénito; Señor, porque es Unigénito”. Y, por otra parte, Cristo se manifestó de tal manera en su Nacimiento que dejó igualmente patente su divinidad y su humanidad.

Por lo tanto, la fe cristiana debe confesar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, la salvación que Cristo trajo al mundo está destinada a personas de toda condición y raza. Por eso, ya en el Nacimiento, eligió, para manifestarse, a personas de diversa condición: a los Pastores, a los Magos y a los justos Simeón y Ana. Como comenta San Agustín, en un Sermón de la Natividad del Señor, “los pastores eran israelitas, los Magos, gentiles; aquéllos estaban cerca; éstos, lejos. Unos y otros acudieron a Cristo como a la piedra angular.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA POSIBILIDAD DE PECAR NO ES UNA LIBERTAD SINO UNA ESCLAVITUD. (OPINIÓN PÚBLICA: 25-XII-2016)

San Agustín y otros autores ponían sabiamente objeciones a los pelagianos. Porque si la posibilidad de apartarse del bien perteneciera a la esencia y a la perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles y los bienaventurados, todos los cuales carecen de ese poder, o no serían libres, o al menos no lo serían con la misma perfección que el hombre en estado de prueba e imperfección.

El Doctor Angélico se ha ocupado con frecuencia de esta cuestión, y de sus exposiciones se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud. Sobre las palabras de Cristo, Nuestro Señor, el que comete pecado es siervo del pecado, escribe con agudeza: “Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza”. Por consiguiente, cuando es movido por su agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo.

Ahora bien, el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuera movido por otro y estuviese sometido al dominio ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado”·

CONDICIÓN DE LA LIBERTAD HUMANA

Esto es lo que había visto con bastante claridad la filosofía antigua, especialmente los que enseñaban que sólo el sabio, como es sabido, aquel que había aprendido a vivir según la naturaleza, es decir, de acuerdo con la moral y la virtud.

Siendo ésta la condición de la libertad humana, le hacía falta a la libertad humana una protección y un auxilio capaces de dirigir todos sus movimientos hacia el bien y de apartarlos del mal. De lo contrario, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre.

En primer lugar le era necesaria una ley, es decir, una norma de lo que hay que hacer y de lo que hay que evitar. La ley, en sentido propio, no puede darse en los animales, que obran por necesidad, pues realizan todos sus actos por instinto natural y no pueden adoptar por sí mismos otra manera de acción.

En cambio, los seres que gozan de libertad tienen la facultad de obrar o no obrar, de actuar de esta manera o de aquella, porque la elección del objeto de su volición es posterior al juicio de la razón, a la que antes nos hemos referido.

Este juicio establece no sólo lo que es bueno y, por consiguiente, debe hacerse, y lo que es malo y, por consiguiente, debe evitarse. Es decir, la razón prescribe a la voluntad lo que debe buscar y lo que debe evitar para que el hombre pueda algún día alcanzar su último fin, al cual debe dirigir todas sus acciones. Y precisamente esta ordenación de la razón es lo que se llama ley.

Por lo cual, la justificación de la necesidad de la ley para el hombre ha de buscarse primera y radicalmente en la misma libertad, es decir, en la necesidad de que la voluntad humana no se aparte de la recta razón. No hay afirmación más absurda y peligrosa que ésta: que el hombre, por ser naturalmente libre, debe vivir desligado de toda ley. Porque si esta premisa fuera verdadera, la conclusión lógica sería que es esencial a la libertad andar en desacuerdo con la razón, siendo así que la afirmación verdadera es la contradictoria, o sea que el hombre, precisamente por ser libre, ha de vivir sometido a la ley. De este modo es la ley la que guía al hombre en su acción y es la ley la que mueve al hombre, con el aliciente del premio y con el temor del castigo, a obrar el bien y a evitar el mal.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.