CADA CRISTIANO ESTÁ OBLIGADO A DEMOSTRAR EL HOMBRE NUEVO DEL QUE SE HA REVESTIDO EN EL BAUTISMO. (HOMILÍA: 29-I-2017, IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO)

Las Bienaventuranzas –oferta que nos hace el Evangelio de este domingo IV del Tiempo Ordinario- son las condiciones que nuestro Señor Jesucristo ha puesto para entrar en el Reino de los Cielos. Y el versículo del Evangelio que leemos hoy o escuchamos en la Santa Misa, a modo de recapitulación, es una invitación global a vivir esta enseñanza. Efectivamente, la vida cristiana no es, pues, tarea fácil, pero vale la pena por la plenitud de vida que promete el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

 LLAMADA DE TODO CRISTIANO, A LA MISIÓN APOSTÓLICA

 Seguidamente, los versículos del Evangelio de este domingo son una llamada a la misión apostólica que todo cristiano tiene, por el hecho de serlo. Efectivamente, cada cristiano ha de luchar por la santificación personal, pero también ha de hacerlo por la santificación de los demás.

Y ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo lo enseña con las imágenes expresivas de la sal y de la luz. Así como la sal preserva de la corrupción a los alimentos, les da sabor, los hace agradables y desaparece confundiéndose con ellos, el cristiano ha de desempeñar, entre sus semejantes, esas mismas funciones.

San José María Escrivá, en un libro suyo titulado Camino, en el número 921, afirma: “Tú eres sal, alma de apóstol –Bonum est sale- la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, -si autem sale evanuerit- pero si la sal se desvirtúa…, nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol.-Pero, si te desvirtúas nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil”.

 LAS BUENAS OBRAS SON FRUTO DE LA CARIDAD

Las buenas obras son fruto de la caridad, que consiste en amar a los demás como nos ama el Señor (San Juan 15,12). “Ahora adivino, –escribe Santa Teresita-, que la verdadera caridad consiste en soportar todos los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades, en edificarse con sus menores virtudes; pero he aprendido especialmente que la caridad no debe permanecer encerrada en el fondo del corazón pues ‘no se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa·. Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa”. (Historia de un alma, capítulo 9).

LA ACTIVIDAD APOSTÓLICA, MANIFESTACIÓN CLARA DE LA CARIDAD

 “La Iglesia debe hacerse presente en estos grupos humanos (los que aún no creen en Cristo), por medio de sus hijos que viven entre ellos o

Una de las manifestaciones más claras de la caridad es la actividad apostólica. Precisamente el Concilio Vaticano II ha puesto de relieve, en la Lumen gentium, la obligación del apostolado, derecho y deber que nacen del Bautismo y de la Confirmación, hasta el punto de que formando el cristiano parte del Cuerpo Místico, “el miembro que no contribuye, según su medida, al aumento de este Cuerpo, hay que decir que no aprovecha a la Iglesia ni a sí mismo” (Apostólicam actuositatem,

Y en este mismo documento, número 6, se afirma que “son innumerables las ocasiones que tienen los laicos para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación. El mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos”. (páginas a ellos son enviados. Porque todo los cristianos, donde quiera que vivan, por el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, están obligados a manifestar el hombre nuevo de que se han revestido por el Bautismo, y en el que se ha robustecido por la Confirmación, de tal forma que los demás, en sus obras, glorifiquen al padre y descubran el genuino sentido de la vida universal de todos los hombres”. (Documento Ad gentes, números 11 y 36).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EL PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA OPINIÓN PÚBLICA SON LA SOBERANÍA DE LA RAZÓN. (OPINIÓN PÚBLICA: 29-I-2017)

El naturalismo o racionalismo en la filosofía coincide con el liberalismo en la moral y en la política, pues los seguidores del liberalismo, aplican a la moral y a la práctica de la vida, los mismos principios que establecen los defensores del naturalismo. Ahora bien, el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad.

Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos. no hay en la vida práctica, autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo. De aquí nace esa denominada moral independiente, que, apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los mandamientos divinos, concede al hombre una licencia ilimitada.

Las consecuencias últimas de estas afirmaciones, sobre todo en el orden social, son fáciles de ver. Porque, cuando el hombre se persuade de que no tiene sobre sí superior alguno, la conclusión inmediata es colocar la causa eficiente de la comunidad civil y política no en un principio exterior o superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno; derivar el poder político de la multitud como de fuente primera. Y así como la razón individual es para el individuo en su vida privada la única norma reguladora de su conducta, de la misma manera la razón colectiva debe ser para todos la única regla normativa en la esfera de la viuda pública. De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y el deber.

PRINCIPIOS Y CONLUSIONES, EN CONTRADICCIÓN CON LA RAZÓN

Todos estos principios y conclusiones están en contradicción con la razón. Lo dicho anteriormente lo demuestra. Porque es totalmente contraria a la naturaleza la pretensión de que no existe vínculo entre el hombre o el Estado y Dios, creador y, por tanto, legislador supremo y universal. Y no sólo es contraria esa tendencia a la naturaleza humana, sino a toda la naturaleza creada. Por que todas las cosas creadas tienen que estar forzosamente vinculadas con algún lazo a la causa que las hizo. Es necesario a todas las naturalezas y pertenece a la perfección propia de cada una de ellas mantenerse en el lugar y en el grado que les asigna el orden natural; esto es, que el ser inferior se someta y obedezca al ser que le es superior.

 LA RAZÓN HUMANA

Pero además esta doctrina es en extremo perniciosa, tanto para los particulares como para los Estados. Porque, si el juicio sobre la verdad y el bien queda exclusivamente en manos de la razón humana abandonada a sí sola, desaparece toda diferencia objetiva entre el bién y el mal; el vicio y la virtud no se distinguen ya en el orden de la realidad, sino solamente en el juicio subjetivo de cada individuo; será lícito cuanto agrade, y establecida una moral imponente para refrenar y calmar las pasiones desordenadas del alma, abierta la puerta a toda clase de corrupciones, quedará espontáneamente abierta la puerta a toda clase de corrupciones.

En cuanto a la vida pública, el poder de mandar queda separado de su verdadero origen natural, del cual recibe toda la eficacia realizadora del bien común; y la ley, reguladora de lo que hay que hacer y lo que hay que evitar, queda abandonada al capricho de una mayoría numérica, verdadero plano inclinado que lleva a la tiranía.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


“CONVERTIOS, ESTÁ CERCA EL REINO DE DIOS”. (HOMILÍA: 22-I-2017: III Domingo del Tiempo Ordinario)

El Evangelio de San Mateo hace con frecuencia referencia al Antiguo Testamento, presentando cómo las profecías se van cumpliendo en Nuestro Señor Jesucristo. Precisamente, el Evangelio de la misa de hoy, Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, así lo afirma en el texto evangélico que nos presenta a Jesús estableciéndose en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí que “vió una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló” . Esa luz que Cristo emite con su predicación: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”, y que iluminó a los primeros discípulos que dejándolo todo lo siguieron. Luz y esperanza con la que curaba las enfermedades y dolencias del pueblo.

Ciertamente, el Evangelista San Mateo, inspirado por Dios, ha visto el cumplimiento de la primera profecía de Isaías, en esta venida de Jesús a Galilea. En efecto, esta tierra devastada y maltratada en tiempo del profeta Isaías, será la primera en recibir la luz de la vida y de la predicación de Jesucristo. Y después dará testimonio preparando al pueblo para recibir el Reino de Dios.En efecto, el reinado de Dios sobre los hombres es el tema central de la Revelación de Jesucristo, como lo había sido ya en el Antiguo Testamento. Tal coincidencia, subraya la función que tuvo San Juan Bautista como profeta y precursor de Jesús. Tanto el Bautista como Nuestro Señor exigen el arrepentimiento, la penitencia, como condiciones previas para la acogida del Reino de Dios que comienza. Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo irá explicando de modo progresivo la renovada naturaleza de este Reino de Dios, que ha llegado a su plenitud, situándolo en su plano espiritual de amor y santidad, y purificándolo de las desviaciones nacionalistas de los judíos.

Este Reino, al cual invita el Rey (Nuestro Señor Jesucristo) a todos sin excepción, como afirma el Evangelista San Mateo en el capítulo 22, 1 -14, tiene en la Tierra su Banquete, que exige unas condiciones que han de predicar los propagadores de este Reino: “Es, pues, la sínaxis eucarística el centro de la congregación de los fieles, que preside el presbiterio. Los presbíteros, por lo mismo enseñan a los fieles a ofrecer a Dios Padre Víctima Divina en el sacrificio de la Misa y a hacer con ella oblación de su vida; en el espíritu de Cristo Pastor los instruye a someter sus pecados con corazón contrito a la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia, para convertirse más y más cada dia” (Presbyterorum ordinis, n. 5).Los cuatro discípulos conocían ya al Señor (San Juan 1, 35-42). El breve trato con Jesús debió producirles una imperiosa atracción en sus almas. Cristo preparaba así la vocación de estos hombres. Ahora se trata ya de vocación eficaz, que les movió a abandonar todas las cosas para seguirle y ser sus discípulos. Por encima de los defectos humanos –que los Evangelios no disimulan –resalta, sin duda y de modo ejemplar, la generosidad y prontitud con que los Apóstoles correspondieron a la llamada divina.

ENTRAÑABLE SENCILLEZ EN EL RELATO EVANGELISTA

El lector atento podrá descubrir y admirar la entrañable sencillez, con que los evangelistas han relatado, para siempre, las circunstancias de la vocación de estos hombres en medio de su quehacer cotidiano.“Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto sobre entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte como un día lo hizo con Pedro y Andrés (San Josemaría Escrivá en Es Cristo que pasa, n. 45). “Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto al mar de Galilea (Es Cristo que pasa, n. 108)Son de resaltar las palabras con que la Sagrada Escritura describe la entrega inmediata de estos apóstoles. Pedro y Andrés al instante dejaron las redes y le siguieron. Del mismo modo, Santiago y Juan al instante dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Dios pasa y llama. Si no se le responde al instante, El puede seguir su camino, y nosotros perderlo de vista. El paso de Dios puede ser rápido; sería triste que nos quedásemos atrás, por quererle seguir llevando con nosotros muchas cosas que no serán sino peso y estorbo.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid