EXAMINAR POR SEPARADO LAS DIVERSAS CLASES DE LIBERTAD. (RELIGIÓN Y OPINIÓN PÚBLICA: 26-II-2017)

Para dar mayor claridad a los puntos tratados, es conveniente examinar por separado las diversas clases de libertad, que algunos proponen como conquistas de nuestro tiempo.

En primer lugar examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna.

Esta tesis es contraria a la verdad. Porque de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios.

SIN LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN, NINGUNA ES POSIBLE

Hay que añadir, además, que sin la virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que nos lleva a Dios, considerado como y último bien del hombre; y por esto, la religión, cuyo oficio es realizar todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de la voz de todas las virtudes.

Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y la naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la Divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en un asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias.

Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando, equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal. Esto, lo hemos dicho ya, no es libertad, es una depravación de la libertad y una esclavitud del alma entregada al pecado.

VISTA SOCIAL Y POLÍTICA

Considerada desde el punto de vista social y político, esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto político alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la Religión Católica.

Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona al hombre.

Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes, para que las exigencias naturales que él por sí solo no puede colmar, las vea satisfechas dentro de la sociedad. Por esto es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones.

Siendo, pues necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. Porque el poder político ha sido constituído para utilidad de los gobernados.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EN LA MORAL DEL NUEVO TESTAMENTO JUEGA UN PAPEL FUNDAMENTAL EL SENTIDO DEL PERDÓN Y LA SUPERACIÓN DEL ORGULLO.(Homilía:19-II-2017. Domingo VII del Tiempo Ordinario)

Entre los antiguos, de los que procede el pueblo hebreo, imperaba la ley de la venganza. Esto daba lugar a unas interminables luchas y crímenes. La ley del talión constituyó, en aquellos primeros siglos del pueblo elegido, un avance ético, social y jurídico.

Ese avance consistía en que el castigo no podía ser mayor que el delito, y que cortaba de raíz toda reiteración punitiva. Con ello, por un lado, quedaba satisfecho el sentido del honor de las clases y familias y, por otro, se cortaba la interminable cadena de venganzas.

Ahora bien, en la moral del Nuevo Testamento, Nuestro Señor Jesucristo da el definitivo avance, en el que juega un papel fundamental el sentido del perdón y la superación del orgullo. Sobre estas bases morales y la defensa razonable de los derechos personales, debe establecerse todo ordenamiento jurídico para combatir el mal en el mundo.

Y precisamente, los tres últimos versículos del Evangelio de este Domingo Séptimo del Tiempo Ordinario se refieren a la caridad mutua entre los hijos del Reino; caridad que presupone e impregna la justicia. La primera parte del versículo “amarás a tu prójimo”, está en Levítico 19,18. La segunda parte “odiarás a tu enemigo”, no viene en la Ley de Moisés.

 PRÓJIMO ES TODO SER VIVIENTE

Las palabras de Jesús, sin embargo, aluden a una interpretación generalizada entre los rabinos de su época, los cuales entendían por prójimo sólo a los israelitas. Precisamente, el Señor corrige esta falsa interpretación de la Ley, entendiendo por prójimo todo ser viviente. Afirmando que el camino de la vida eterna consiste en el cumplimiento de la Ley de Dios.

Efectivamente, los Diez Mandamientos, que entregó a Moisés en el Monte Sinaí, son la expresión concreta y clara de la Ley natural. Y pertenece a la doctrina cristiana la existencia de la Ley natural, que es la participación de la Ley eterna en la criatura racional, y que ha sido impresa en la conciencia de cada hombre, al ser creado por Dios.

Es evidente, por tanto, que la Ley natural, expresada en los Diez Mandamientos, no puede cambiar, ni pasar de moda, ya que no depende de la voluntad del hombre ni de las circunstancias cambiantes de los tiempos, porque la Ley de Dios no es algo negativo, “no hacer”, sino algo claramente positivo, es amor; la santidad a la que todos los bautizados están llamados.

NUESTRA OCUPACIÓN EN LA TIERRA ES AMAR A DIOS

Finalmente no olvidemos que nuestra ocupación en la tierra es la de amar a Dios; es decir, comenzar a practicar lo que haremos durante toda la eternidad. ¿Por qué hemos de amar a Dios? Pues porque nuestra felicidad consiste, y no puede consistir en otra cosa, que el amor de Dios. De manera   que si no amamos a Dios, seremos constantemente desgraciados. Si queremos disfrutar de algún consuelo y de alguna suavidad en nuestras penas, solamente lo lograremos recurriendo al amor de Dios.

“Si queréis convenceros de ello, id a buscar al hombre más feliz según el mundo; si no ama a Dios, veréis como en realidad no deja de ser un desgraciado. Y, por el contrario, si os encontráis con el hombre más infeliz a los ojos del mundo, veréis cómo, amando a Dios, resulta dichoso en todos los conceptos. ¡Dios mío!, ¡abridnos los ojos del alma, y así buscaremos nuestra felicidad donde realmente podemos hallarla!” (Sermones escogidos, del Domingo XII después de Pentecostés).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.


LA NORMA DE NUESTRA VIDA ES QUE SE AJUSTE A TODAS Y CADA UNA DE LA LEYES DE DIOS. (OPINIÓN PÚBLICA: 19-II-2017)

Consideremos que si la razón humana llegara a arrogarse el poder de establecer por sí misma la naturaleza y la extensión de los derechos de Dios y de sus propias obligaciones, el respeto a la las leyes divinas sería una apariencia, no una realidad, y el juicio del hombre valdría más que la autoridad y la providencia del mismo Dios.

Es necesario, por tanto, que la norma de nuestra vida se ajuste continua y religiosamente no sólo a la ley eterna, sino también a todas y cada una de las demás leyes que Dios, en su infinita sabiduría, en su infinito poder y por los medios que le ha parecido, nos ha comunicado; leyes que podemos conocer con seguridad por medio de señales claras e indubitables.

Necesidad acentuada por el hecho de que esta clase de leyes, al tener el mismo principio y el mismo autor que la ley eterna, concuerdan enteramente con la razón, perfeccionan el derecho natural e incluyen además el magisterio del mismo Dios, quien, para nuestro entendimiento y nuestra voluntad no caigan en el error, rige a entrambos benignamente con su amorosa dirección.

Manténgase, pues, santa e inviolablemente unido lo que no puede ni debe ser separado, y sírvase a Dios en todas las cosas, como lo ordena la misma razón natural, con toda sumisión y obediencia.

Hay otros liberales algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman efectivamente que, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada. De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre Iglesia y Estado.

Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones. Es la misma naturaleza la que exige a veces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia.

LOS GOBERNANTES Y LOS BIENES DEL ESPÍRITU

Pero, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que la contradiga. Pero, además, los gobernantes tienen, respecto de la sociedad, la obligación estricta de procurarle por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu.

Ahora bien, en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno de Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían al poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza.

Pero hay otro hecho importante que se ha subrayado más de una vez en otras ocasiones: el poder político y el poder religioso, aunque tienen fines y medios específicamente distintos, deben sin embargo, necesariamente, en el ejercicio de sus respectivas funciones, encontrarse algunas veces.

Ambos poderes ejercen su autoridad sobre los mismos hombres, y no es raro que uno u otro poder legislen acerca de una misma materia, aunque por razones distintas. Y en esta convergencia de poderes, el conflicto sería absurdo y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría de la voluntad divina.

 Es necesario, por tanto, que haya un medio, un procedimiento para evitar los motivos de disputas y luchas y para restablecer un acuerdo en la práctica. Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente provechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


JESUCRISTO NOS ENSEÑA EL VALOR PERENNE DEL ANTIGUO TESTAMENTO, EN CUANTO PALABRA DE DIOS.(HOMILÍA: 12-II-2017)

 Nuestro Señor Jesucristo nos enseña, en el pasaje evangélico de este domingo sexto del Tiempo Ordinario, el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios. Por tanto, goza de autoridad divina y no puede despreciarse lo más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos.

 Los preceptos morales del Antiguo Testamento conservan su valor en el Nuevo, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas. Los preceptos judiciales y ceremoniales, en cambio, fueron dados por Dios Nuestro Señor para una etapa concreta en la Historia de la Salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observancia material no obliga de suyo a los cristianos, según lo afirma Santo Tomás de Aquino, en su obra principal titulada Suma Teológica.

CRISTO REDENTOR Y LEGISLADOR

Ciertamente, la ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los Profetas constituía un don de Dios para el pueblo, como anticipo de la Ley definitiva que daría el Cristo o Mesías. En efecto, como definió el Concilio de Trento, en el documento De iustificatione, canon 21, Jesús no sólo “fue dado a los hombres como Redentor en quien confíen, sino también como Legislador a quien obedezcan”.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que el concepto de justicia en la Sagrada Escritura es esencialmente religioso.  Dice San José María Escrivá, en “Es Cristo que pasa”, nº 40, que “José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo”. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la Voluntad divina (Génesis 7,1). Y otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Tobías 7,6; 9,6). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres.

Debemos tener en cuenta también que San José consideraba santa a su esposa no obstante los signos de su maternidad. Por tanto, se encontraba en una situación inexplicable para él. Tratando precisamente de actuar con arreglo a la voluntad de Dios se sentía obligado a repudiarla, pero, con el fin de evitar la infamia pública de María, decide dejarla privadamente.

Consideremos que es admirable el silencio de María. Su entrega perfecta a Dios le lleva incluso a no defender su honra y su inocencia. Prefiere que recaiga en Ella la sospecha y la infamia, que manifestar el profundo misterio de Gracia. Ante un hecho inexplicable por razones humanas, se abandona confiadamente en el amor y providencia de Dios.

CONFIAR EN DIOS Y PERMANECERLE FIELES A EJEMPLO DE JOSÉ Y MARÍA

Considero que cada uno de nosotros, hemos de contemplar la magnitud de la prueba a la que Dios sometió a estas dos almas santas de José y María. No nos puede extrañar que también nosotros seamos sometidos a veces, a lo largo de la vida, a pruebas duras; en ellas hemos de confiar en Dios y permanecerle fieles, a ajemplo de José y María.

Finalmente, no olvidemos que Dios ilumina oportunamente al hombre que actúa con rectitud y confía en el poder y sabiduría divina, ante situaciones que superan la comprensión de la razón humana. El ángel recuerda en este momento a José, al llamarle hijo de David, de quien había de venir Cristo.

Y el Catecismo Romano nos recuerda que “Jesucristo, único Señor nuestro, Hijo de Dios, cuando tomó por nosotros carne humana en el vientre de la Virgen, fue concebido no por obra de varón, como los demás hombres, sino, sobre todo el orden natural, por virtud del Espíritu Santo; de tal manera que la misma persona (del Verbo), permaneciendo Dios, como lo era desde la eternidad, se hiciese hombre, lo cual no era antes”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.