JESÚS APARECE A LOS APÓSTOLES LA MISMA TARDE DEL DOMINGO EN QUE RESUCITÓ.(HOMILÍA: DOMINGO DE PENTECOSTÉS: 4-JUNIO- 2017)

Nuestro Señor Jesucristo se aparece a los Apóstoles la misma tarde del domingo en que resucitó. Se presenta en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas de la vivienda donde se alojaban, ya que goza de las cualidades del cuerpo glorioso; pero para deshacer la posible impresión de que es sólo un espíritu, les muestra las manos y el costado: no queda ninguna duda de que es Jesús mismo y de que verdaderamente ha resucitado.

Además les saluda por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento entrañable que en otras ocasiones pondría en ese saludo. Con estas amigables palabras quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían los Apóstoles por haberse comportado desigualmente durante la Pasión. De esta forma se ha vuelto a crear el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicarles poderes trascendentales.

CRISTO TRANSFIRIÓ SU PROPIA MISIÓN A LOS APÓSTOLES

El Papa León XIII explicaba cómo Cristo transfirió su propia misión a los Apóstoles: “¿Qué quiso y qué buscó al fundar y conservar la Iglesia? Esto: transmitir la misma misión y el mismo mandato que había recibido del Padre para que Ella los continúe. Esto es claramente lo que se había propuesto hacer y esto es lo que hizo:

“Como el Padre me envió así os envío Yo” (Jn, 20, 21). “Cómo Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo” (Jn. 17, 18) (…). Momentos antes de retornar al Cielo envía a los Apóstoles con la misma potestad con la que el Padre le había enviado; les ordenó que extendieran y sembraran por todo el mundo su doctrina (Mt 28, 18).

Efectivamente, todos los que obedezcan a los Apóstoles se salvarán; los que no les obedezcan perecerán (Mc 16,16). Por eso ordena aceptar religiosamente y guardar santamente la doctrina de los Apóstoles como suya: “Quién a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a Mí me desprecia” (San Lucas, 10,16).

LOS APÓSTOLES SON ENVIADOS POR JESUCRISTO

En conclusión, los Apóstoles son enviados por Jesucristo de la misma forma que El fué enviado por el Padre (Satis cognitum). En esta misión los Obispos son sucesores de los Apóstoles: “Cristo, por medio de los mismos Apóstoles, hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquéllos que son los Obispos, cuyo ministerio, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros, a fin de que constituidos en el orden del presbiterado fuesen cooperadores del Orden episcopal confiada por Cristo” (Presbyterorum ordinis, n. 2).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Madrid (España

 

 


LA MISIÓN DE LA IGLESIA CONSISTE EN ENSEÑAR A TODOS LOS HUMANOS LAS VERDADES ACERCA DE DIOS. (VII DOMINGO DE PASCUA. SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR: 28-V-2017)

El día de la Ascensión del Señor a los Cielos, la Santa Madre Iglesia recibe de Nuestro Señor Jesucristo, la misión de continuar por siempre su Obra, que consiste en enseñar a todos los humanos las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles sin cesar con la gracia de los Sacramentos. Una misión que durará hasta el fin de los tiempos y que, para llevarla a cabo, el mismo Cristo Glorioso promete  acompañar a su Iglesia y no abandonarla jamás.

Por eso, cuando en la Sagrada Escritura se afirma que Dios está con alguno, se quiere indicar que éste tendrá éxito en sus empresas. De ahí que la Iglesia, con la ayuda y asistencia de su Fundador Divino, está segura de poder cumplir indefectiblemente su misión hasta el fin de los siglos. Y así, efectivamente, el Señor comunica a los Apóstoles y a sus sucesores el poder de bautizar, es decir, de admitir a los humanos en la Santa Madre Iglesia, abriéndoles el camino de su salvación personal.

EL PODER DE LA IGLESIA DERIVA DEL PODER DIVINO

El pasaje del Evangelio de la Misa del Domingo Séptimo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión del Señor, aunque es un breve pasaje con que se cierra el Evangelio de San Mateo, es de extraordinaria importancia. Efectivamente, los discípulos viendo a Cristo Resucitado le adoran, se postran ante El como ante Dios. Su actitud parece indicar  que al fin son conscientes de lo que, mucho antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías, el Hijo de Dios.

Ciertamente, a los discípulos les sobrecoge el asombro y la alegría ante la maravilla que sus ojos contemplan, que parece casi imposible, si no lo estuvieran viendo. Pero, era realidad, y el pasmo dejó paso a la adoración. Y así, el Maestro les habla con la majestad propia de Dios: “Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra”. Es decir que, la Omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, es también atributo suyo: está confirmando la fe de los que le adoran. Y, a la vez, enseña que el poder que ellos van a recibir para realizar su misión universal, deriva del propio poder divino.

Recordemos, ante estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que la autoridad de la Iglesia, en orden a la salvación de los hombres, viene directamente de Jesucristo, y que esta autoridad, en las cosas de fe y moral, está por encima de cualquier otra de la tierra.

Efectivamente, los Apóstoles allí presentes, y después de ellos su legítimos sucesores, reciben el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo: lo que El mismo había enseñado con sus obras y sus palabras, el único que conduce a Dios. La Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tienen el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con su ejemplo y con su palabra, la fe que han recibido.

De modo especial, reciben esta misión los sucesores de los Apóstoles, pues en ellos recae el poder de enseñar con autoridad, “ya que Cristo resucitado antes de volver al Padre, les confiaba de este modo la misión y el poder de anunciar a los hombres lo que ellos mismos habían oído, visto con sus propios ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo divino de la vida” (1 Juan 1, 1).

José Manuel  Ardións  Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO CONCEDE TODO LO QUE SE LE PIDE, SI CONVIENE PARA NUESTRA SALVACIÓN. (Homilía: 21-VI-2017)

Jesucristo es nuestro intercesor en el Cielo, por eso nos promete que todo lo que pidamos en su Nombre, El lo hará. Y pedir en su Nombre significa apelar al poder de Cristo resucitado, creyendo que El es omnipotente y misericordioso porque es verdadero Dios; y significa también pedir aquello que conviene a nuestra salvación, porque Nuestro Señor Jesucristo es el Salvador. Y cuando el Señor no concede lo que se pide es porque lo que se pide no conviene a nuestra salvación. De este modo se muestra igualmente Salvador cuando nos niega lo que pedimos y cuando nos lo concede.

EL AUTÉNTICO AMOR Y LAS OBRAS

 Como todos sabemos, el auténtico amor ha de manifestarse en obras. Por eso Nuestro Señor Jesucristo quiere hacernos comprender que el amor a Dios, para serlo de veras, ha de manifestarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la Voluntad divina. En realidad, siguiendo el texto del Evangelio de este Domingo vemos con claridad que quien ama  de verdad y con  obras al Señor, nos manifiesta claramente que “el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos”, como nos lo dice el Apóstol San Juan, cuando nos enseña que “el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos” (1ª de San Juan 5,3).

 JESUCRISTO ANUNCIA EL ENVIO DEL ESPÍRITU SANTO

Como sabemos, el Señor promete a los Apóstoles, en diversas ocasiones, que les enviará el Espíritu Santo. Y les anuncia además que un fruto de su mediación ante el Padre será la venida del Paráclito. Ahora bien, como sabemos, el Espíritu Santo vino sobre los Apóstoles tras la Ascensión del Señor, enviado por el Padre y por el Hijo. Y efectivamente, observamos como al prometer aquí Jesús que por medio de El, el Padre les enviará el Espíritu Santo, está revelando el misterio de la Santísima Trinidad.

Por eso es bueno que recordemos que Paráclito significa etimológicamente “llamado junto a uno” con el fin de acompañar, consolar, proteger defender… De ahí que Paráclito se traduzca por Consolador, Abogado etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de “otro Paráclito”, porque será dado a los discípulos en lugar suyo como de “otro Paráclito”, porque será dado a los discípulos en lugar suyo como Abogado o Defensor que les asista, ya que El va a subir a los Cielos. Precisamente, en la Primera Carta de San Juan se llama Paráclito a Jesucristo. “Abogados tenemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo”. Cristo, por tanto es también nuestro Abogado y Mediador en el Cielo junto al Padre.

Por otra parte, el Espíritu Santo cumple ahora el oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia, “porque, como sabemos –comenta el Papa Pablo VI- dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra: el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el  cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando.”

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO CONCEDE TODO LO QUE SE LE PIDE, SI CONVIENE PARA NUESTRA SALVACIÓN. (Homilía: 21-V-2017)

 

Jesucristo es nuestro intercesor en el Cielo, por eso nos promete que todo lo que pidamos en su Nombre, El lo hará. Y pedir en su Nombre significa apelar al poder de Cristo resucitado, creyendo que El es omnipotente y misericordioso porque es verdadero Dios; y significa también pedir aquello que conviene a nuestra salvación, porque Nuestro Señor Jesucristo es el Salvador. Y cuando el Señor no concede lo que se pide es porque lo que se pide no conviene a nuestra salvación. De este modo se muestra igualmente Salvador cuando nos niega lo que pedimos y cuando nos lo concede.

EL AUTÉNTICO AMOR Y LAS OBRAS

Como todos sabemos, el auténtico amor ha de manifestarse en obras. Por eso Nuestro Señor Jesucristo quiere hacernos comprender que el amor a Dios, para serlo de veras, ha de manifestarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la Voluntad divina. En realidad, siguiendo el texto del Evangelio de este Domingo vemos con claridad que quien ama  de verdad y con  obras al Señor, nos manifiesta claramente que “el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos”, como nos lo dice el Apóstol San Juan, cuando nos enseña que “el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos” (1ª de San Juan 5,3).

JESUCRISTO ANUNCIA EL ENVIO DEL ESPÍRITU SANTO

Como sabemos, el Señor promete a los Apóstoles, en diversas ocasiones, que les enviará el Espíritu Santo. Y les anuncia además que un fruto de su mediación ante el Padre será la venida del Paráclito. Ahora bien, como sabemos, el Espíritu Santo vino sobre los Apóstoles tras la Ascensión del Señor, enviado por el Padre y por el Hijo. Y efectivamente, observamos como al prometer aquí Jesús que por medio de El, el Padre les enviará el Espíritu Santo, está revelando el misterio de la Santísima Trinidad.

Por eso es bueno que recordemos que Paráclito significa etimológicamente “llamado junto a uno” con el fin de acompañar, consolar, proteger defender… De ahí que Paráclito se traduzca por Consolador, Abogado etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de “otro Paráclito”, porque será dado a los discípulos en lugar suyo como de “otro Paráclito”, porque será dado a los discípulos en lugar suyo como Abogado o Defensor que les asista, ya que El va a subir a los Cielos. Precisamente, en la Primera Carta de San Juan se llama Paráclito a Jesucristo. “Abogados tenemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo”. Cristo, por tanto es también nuestro Abogado y Mediador en el Cielo junto al Padre.

Por otra parte, el Espíritu Santo cumple ahora el oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia, “porque, como sabemos –comenta el Papa Pablo VI- dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra: el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el  cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando.”

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.