JESÚS VINO AL MUNDO PARA QUE LUCHEMOS CONTRA LAS PROPIAS PASIONES, EL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS. (Homilía del III Domingo del Tiempo Ordinario (2-7-2017)

El Señor no vino al Mundo a traer una paz simplemente terrena y falsa, la mera tranquilidad que ansía el egoísmo humano, sino la lucha contra las propias pasiones, contra el pecado y todas sus consecuencias. La espada que Jesucristo trae a la tierra para esa lucha es, según la Sagrada Escritura, “la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Carta a los Efesios, 6,17), “viva, eficaz y tajante…, que penetra hasta la división del Alma y del Espíritu, hasta las junturas y la médula; y descierne los paramentos y las intenciones del corazón” Carta de San Pablo a los Hebreos 4,12″.

En efecto, la palabra de Dios produjo esas grandes separaciones de las que nos habla el Santo Evangelio. A causa de ella, en las mismas familias, los que abrazaban la fe tuvieron por enemigos a aquellos de su propia casa que resistían a la palabra de la verdad. Por eso, continúa el Señor diciendo que nada puede interponerse entre El y su discípulo, ni siquiera el padre o las madre, el hijo o la hija: todo lo que sea un obstáculo debe apartarse (San Mateo 5, 29-3º).

EL ORDEN A GUARDAR

Es evidente que estas palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el Primero y el Cuarto Mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los padres), sino que simplemente señalan el orden que ha de guardarse.

La realidad es que debemos debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas (Evangelio de San Mateo 22, 37), tomarnos en serio la lucha por nuestra santidad; y también debemos amar y respetar –en teoría y en la práctica- a esos padres que Dios nos ha dado y que generosamente han colaborado con el poder creador de Dios para traernos a la vida, a los cuales les debemos tantas cosas.

Pero el amor a los padres no puede anteponerse al amor de Dios; en general no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos; pero si en algún caso se llegase a plantear, hay que tener bien grabadas en la mente y en el corazón estas palabras de Cristo.

Evidentemente, El mismo nos dió ejemplo de esto: “¿ Por qué me buscabais? ¿No sabías que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre? ” (San Lucas, 2, 49); respuesta de Jesús adolescente en el Templo de Jerusalén, a María y José, que le buscaban angustiados.

De este hecho de la Vida de Nuestro Señor Jesucristo, que es norma para todo cristiano, deben sacar consecuencias tanto hijos como padres. Los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño a los padres al amor de Dios, especialmente cuando nuestro Creador nos pide el seguimiento que lleva una mayor entrega; los padres, para saber que los hijos son de Dios en primer lugar, y que por tanto El tiene derecho a disponer de Dios en primer lugar, y que por tanto el tiene derecho a disponer de ellos, aunque esto suponga un sacrificio, heroico a veces.

De acuerdo con esta doctrina hay que ser generosos y dejar hacer a Dios. De todas maneras Dios nunca se deja ganar en generosidad. Jesús ha prometido dar el ciento por uno, aún en esta vida, y luego la bienaventuranza eterna (está en San Mateo, 19,29), a quienes responden con desprendimiento a su santa Voluntad.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


NO OLVIDEMOS QUE LA FE CRISTIANA ORDINARIA INCLUYE EL SER AUTÉNTICOS CONFESORES DE LA FE. (HOMILÍA DEL DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO, 25-VI-2017)

Nuestro Señor Jesucristo manda a sus discípulos que no tengan miedo a las calumnias o murmuraciones. Pues llegará un día en que venga en conocimiento de todos quién es cada uno, sus verdaderas intenciones y la disposición exacta de su alma. Mientras tanto, los que son de Dios pueden ser presentados como si no lo fueran por aquellos que, por apasionamiento o por malicia, utilizan la mentira. Este es el secreto que llegará a saberse.

Ahora bien, junto a estas recomendaciones, Nuestro Señor Jesucristo manda también que los Apóstoles hablen con claridad y abiertamente. Y todos sabemos que por razones de pedagogía divina, Nuestro Señor Jesucristo ya había hablado a las muchedumbres en parábolas y les había descubierto gradualmente su verdadera personalidad. Y los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, como se nos dice en Los Hechos de Apóstoles, han de predicar a plena luz, desde los terrados, lo que Nuestro Señor Jesucristo les ha ido dando a conocer.

Y pensemos ahora en la época apostólica en que vivimos, en que nos toca hoy también continuar manifestando, sin ambigüedades, toda la doctrina que enseñó Nuestro Señor Jesucristo, sin dejarnos llevar por falsas prudencias humanas o por miedo a las consecuencias.

CON CLARIDAD, NO OLVIDEMOS QUE EXISTE EL INFIERNO

Amigo lector mío, la Santa Madre Iglesia apoyada en éste y otros muchos pasajes de los Evangelios, que aparecen en los Evangelios de San Mateo, 5, 22-29; 18,9; de San Marcos, 9,43-45; y de San Lucas 12,5, que enseña con claridad que existe el Infierno, donde reciben castigo eterno las almas que mueren en pecado grave, como nos dice el Catecismo Romano, I, 6,3.

Y allí los condenados sufren las penas de daño y de sentido eternamente, de un modo que nosotros ignoramos en esta vida. Por eso el Señor proviene a sus discípulos contra el falso miedo. Porque no hay que temer a los que solamente pueden quitar la vida del cuerpo.  La realidad es que sólo Dios es quien tiene poder de arrojar alma y cuerpo en el Infierno.

 Por eso, el verdadero temor y respeto lo debemos a Dios, que es nuestro Príncipe y Juez Supremo, y no a los hombres. Y la realidad es que los mártires son los que mejor han vivido este precepto del Señor; sabían que la vida eterna valía mucho más que la vida terrena. Y por eso, también, el Señor nos ha enseñado que la confesión pública de la fe, con todas sus consecuencias, es condición indispensable para la salvación eterna. Efectivamente, Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que cobardemente se avergonzaron de El.

Como todos sabemos, la Santa Madre Iglesia siempre enseñó las palabras con las que Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que  cobardemente se avergonzaron de El.  Y como también todos sabemos, bajo el nombre de “confesores” la Iglesia honra a los santos que, sin haber sufrido el martirio de sangre, con su vida, dieron testimonio de la fe católica. Si bien todo cristiano debe estar dispuesto al martirio. No olvidemos que la vocación cristiana ordinaria es la de ser confesores de la fe.

 José Manuel Ardións Neo. Natural de San Vicente de Aro, Ayuntamiento de Negreira, provincia de La Coruña. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Derecho Civil y en  Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sedes en Roma y Madrid y en otras muchas partes del Mundo.

 


NO OLVIDEMOS QUE LA FE CRISTIANA ORDINARIA INCLUYE EL SER AUTÉNTICOS CONFESORES DE LA MISMA FE. (HOMILÍA DEL DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO, 25-VI-2017)

Nuestro Señor Jesucristo manda a sus discípulos que no tengan miedo a las calumnias o murmuraciones. Pues llegará un día en que venga en conocimiento de todos quién es cada uno, sus verdaderas intenciones y la disposición exacta de su alma. Mientras tanto, los que son de Dios pueden ser presentados como si no lo fueran por aquellos que, por apasionamiento o por malicia, utilizan la mentira. Este es el secreto que llegará a saberse.

Ahora bien, junto a estas recomendaciones, Nuestro Señor Jesucristo manda también que los Apóstoles hablen con claridad y abiertamente. Y todos sabemos que por razones de pedagogía divina, Nuestro Señor Jesucristo ya había hablado a las muchedumbres en parábolas y les había descubierto gradualmente su verdadera personalidad. Y los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, como se nos dice en Los Hechos de Apóstoles, han de predicar a plena luz, desde los terrados, lo que Nuestro Señor Jesucristo les ha ido dando a conocer.

Y pensemos ahora en la época apostólica en que vivimos, en que nos toca hoy también continuar manifestando, sin ambigüedades, toda la doctrina que enseñó Nuestro Señor Jesucristo, sin dejarnos llevar por falsas prudencias humanas o por miedo a las consecuencias.

CON CLARIDAD, NO OLVIDEMOS QUE EXISTE EL INFIERNO

Amigo lector mío, la Santa Madre Iglesia apoyada en éste y otros muchos pasajes de los Evangelios, que aparecen en los Evangelios de San Mateo, 5, 22-29; 18,9; de San Marcos, 9,43-45; y de San Lucas 12,5, que enseña con claridad que existe el Infierno, donde reciben castigo eterno las almas que mueren en pecado grave, como nos dice el Catecismo Romano, I, 6,3.

Y allí los condenados sufren las penas de daño y de sentido eternamente, de un modo que nosotros ignoramos en esta vida. Por eso el Señor proviene a sus discípulos contra el falso miedo. Porque no hay que temer a los que solamente pueden quitar la vida del cuerpo.  La realidad es que sólo Dios es quien tiene poder de arrojar alma y cuerpo en el Infierno.

Por eso, el verdadero temor y respeto lo debemos a Dios, que es nuestro Príncipe y Juez Supremo, y no a los hombres. Y la realidad es que los mártires son los que mejor han vivido este precepto del Señor; sabían que la vida eterna valía mucho más que la vida terrena. Y por eso, también, el Señor nos ha enseñado que la confesión pública de la fe, con todas sus consecuencias, es condición indispensable para la salvación eterna. Efectivamente, Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que cobardemente se avergonzaron de El.

Como todos sabemos, la Santa Madre Iglesia siempre enseñó las palabras con las que Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que  cobardemente se avergonzaron de El.  Y como también todos sabemos, bajo el nombre de “confesores” la Iglesia honra a los santos que, sin haber sufrido el martirio de sangre, con su vida, dieron testimonio de la fe católica. Si bien todo cristiano debe estar dispuesto al martirio. No olvidemos que la vocación cristiana ordinaria es la de ser confesores de la fe.

 José Manuel Ardións Neo. Natural de San Vicente de Aro, Ayuntamiento de Negreira, provincia de La Coruña. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Derecho Civil y en  Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sedes en Roma y Madrid y en otras muchas partes del Mundo.

 


HOMILÍA DEL DOMINGO DÍA 18 DE JUNIO del año 2017: SOLEMNIDAD DE “CORPUS CHRISTI”

  • “Oh Sagrado Banquete en el que Cristo es nuestro alimento espiritual, se celebra el memorial de la Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria”. Así canta la Santa Madre Iglesia  en la Liturgia de las Horas de  la fiesta del Corpus Christi. Y todos los católicos entendemos perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor. Pero muchos oyentes no creen que tal afirmación pueda ser verdad. Y de haberlo entendido en sentido figurado o simbólico, no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. Y Nuestro Señor Jesucristo después insistirá en su afirmación confirmando lo que ellos habían entendido.“Oh Sagrado Banquete en el que Cristo es nuestro alimento espiritual, se celebra el memorial de la Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria”. Así canta la Santa Madre Iglesia  en la Liturgia de las Horas de  la fiesta del Corpus Christi. Y todos los católicos entendemos perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor. Pero muchos oyentes no creen que tal afirmación pueda ser verdad. Y de haberlo entendido en sentido figurado o simbólico, no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. Y Nuestro Señor Jesucristo después insistirá en su afirmación confirmando lo que ellos habían entendido.

JESUS REITERA LA NECESIDAD DE RECIBIRLE EN LA EUCARISTÍA

Ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo reitera, con gran fuerza, la necesidad de recibirle en la Eucaristía, para participar en la vida divina, para que crezca y se desarrolle la vida de la gracia recibida en el Bautismo. Ciertamente, ningún padre se contenta con dar la existencia a sus hijos, sino que les proporciona alimentos y medios para que puedan llegar a la madurez. Precisamente en el número 289 del Catecismo de la Doctrina Cristiana, se dice que “Recibimos a Jesucristo, en la Sagrada Comunión, para que sea alimento de nuestras almas, nos aumente la gracia y nos dé la vida eterna”.

EL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, PRENDA DE VIDA ETERNA

Y Jesús también afirma claramente que su Cuerpo y su Sangre son prenda de la vida eterna y garantía de la Resurrección Corporal.  Y Santo Tomás de Aquino da esta explicación: “El Verbo da vida a las almas, pero el Verbo hecho carne vivifica los cuerpos. En este Sacramento no se contiene sólo el Verbo con su divinidad sino también con su humanidad; por lo tanto, no es sólo causa de la glorificación de las almas, sino también de los cuerpos”.

Es bueno que tengamos en cuenta también que el Señor emplea una expresión más fuerte que el mero comer (el verbo original podría traducirse por “masticar”), expresando así el realismo de la Comunión: se trata de una verdadera comida. No cabe, pues, una interpretación simbólica, como si participar en la Eucaristía fuera tan sólo una metáfora, y no el comer y beber realmente el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

En definitiva, debemos tener en cuenta que así como el alimento corporal es necesario para la vida terrena, la Sagrada Comunión es necesaria para mantener la vida del alma. Por esto, la Iglesia ha exhortado siempre a recibir este Sacramento con frecuencia: “Diariamente, como es de desear, los fieles en gran número participen activamente en el Sacrificio de la Misa, se alimenten con corazón puro y santo de la Sagrada Comunión, y den gracias a Cristo nuestro Señor por tan gran don. Y recordemos todos estas palabras, del Decreto de la Sagrada Congregación del Concilio, del 20-XII-1905: “El deseo de Jesús y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete que consiste sobre todo en esto: que los fieles unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de él fuerza para dominar la sensualidad, para purificarse de las leves culpas cotidianas y para evitar los pecados graves, a los que está sujeta la humana fragilidad” (Decreto “Mysterium fidei”, de la Sagrada Congregación del  Concilio de 20 -XII-1905).

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Madrid (España).