EL SENTIDO DE LOS PRCEPTOS MORALES Y LA RESPONSABILIDAD DE LOS HUMANOS ANTE DIOS (Homilía. XXI Domingo del Tiempo Ordinario (27-VIII-2017).

Nuestro Señor proclama, según el Evangelio de este Domingo, el verdadero sentido de los preceptos morales y de la responsabilidad de los humanos ante Dios. El error de los escribas consistía en poner la atención exclusivamente en lo externo y abandonar la pureza interior o del corazón. Por ejemplo, a sus ojos la oración consistía más bien en la recitación exacta de una fórmula, de unas palabras, que en la elevación del alma a Dios. E igual sucedía con los alimentos.

EL CENTRO DE LA VIDA MORAL

Con ocasión de estos casos concretos que relata el pasaje evangélico, Jesús nos enseña dónde está el verdadero centro de la vida moral: en la decisión del hombre, buena o mala, que se forja en el corazón y que se manifiesta luego en la acción externa. Así, por ejemplo, los pecados que nombra el Señor, antes del Domingo Vigésimo Primero del Tiempo Ordinario.

ADULTERIO EN EL CORAZÓN

Efectivamente, Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que dónde está el verdadero centro de la vida moral: en la decisión del hombre, buena o mala, que se forja en el corazón y que se manifiesta luego en la acción externa. Así, por ejemplo, los pecados que nombra el Señor, antes que en la acción externa se han cometido ya en el interior del hombre. “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón” (San Mateo 5,28).

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información y Derecho Civil. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 

 


Homilía 15 de Agosto del 2017. SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA .

En la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora al Cielo, que hoy celebra la Santa Madre Iglesia, sabemos que Nuestra Señora fue llevada al Cielo en cuerpo y alma, siendo así consuelo y esperanza del pueblo de Dios que todavía peregrina en la tierra. Ciertamente, no quiso el Señor que conociera la corrupción del sepulcro, la mujer, que por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la Vida. Y hoy pedimos por intercesión de la Virgen Maria, que lleguemos a participar con ella en la gloria de la resurrección.

Efectivamente, este hecho de la vida de la Virgen, tiene una clara enseñanza para los cristianos: hemos de aprender de ella la solicitud por los demás. Dice San Josemaria Escrivá en Es Cristo que pasa, numero 145 “No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales”

Comenta San Beda que Isabel bendice a María con las mismas palabras usadas por el arcángel “para que se vea que debe ser honrada por los Ángeles y por los hombres y que con razón se ha de anteponer a todas las mujeres. Precisamente, en el rezo del Avemaría, repetimos estas salutaciones divinas con las cuales “nos alegramos con Maria Santísima de su excelsa dignidad de Madre de Dios y bendecimos al Señor y le damos gracias por habernos dado a Jesucristo por medio de María”. (Así lo dice el catecismo Mayor número 333). Precisamente, al llamar Isabel, movida por el Espíritu Santo, a María “Madre de mi  Señor” manifiesta que la virgen es Madre del Dios.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA ACTIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR Y SU ORACIÓN ES UNA LECCIÓN PARA CADA UNO DE NOSOTROS. (Homilía del 13 de agosto del año 2017: XIX Domingo del Tiempo Ordinario).

El Evangelio de este Domingo, Décimo Nono del Tiempo Ordinario, señala que la actividad de Nuestro Señor Jesucristo iba acompañada de sus tiempos de oración a solas. Todo ello es una lección para cada uno de nosotros, porque al olvidarla, podemos convertir toda nuestra actividad apostólica en puro activismo, que más bien parece propio de una ONG.

Por eso vemos, según el Evangelio, que Jesús fue a reunirse con los discípulos que estaban en medio del lago, en una madrugada tormentosa; y el fuerte viento se calmó cuando el Señor dejó de andar por las aguas y subió a la barca. Precisamente, podemos recordar lo que se dice en la Primera Lectura de este Domingo: “Al profeta Elías Dios le habló en la paz de un susurro”, como nos recuerda a todos los buenos cristianos,  que debemos buscar a Dios Nuestro Señor, en la paz de una oración personal sosegada.

JESÚS CAMINANDO SOBRE LAS AGUAS

El impresionante episodio de Jesús caminando sobre las aguas debió de hacer pensar mucho a los Apóstoles, y quedarse grabado vivísimamente entre sus recuerdos de la vida con el Maestro. No sólo San Mateo, sino también San Marcos (6, 45-52), que debió oírlo del mismo San Pedro, y San Juan (6,14-21), lo consignan en sus respectivos Evangelios.

Ciertamente, las tempestades en el Lago de Genesaret son frecuentes y arremolinan las aguas, constituyendo un grave peligro para las embarcaciones pesqueras. Desde lo alto del Monte, Jesús en oración no olvida a sus discípulos. Los ve esforzándose en luchar con el viento que les era contrario y con el oleaje. Y terminada su oración se acercó a ellos para ayudarles.

EL EPISODIO ILUMINA LA VIDA CRISTIANA

Ciertamente también, el episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. Y le anima: “Tened confianza, soy Yo, no temáis”. Y vienen las pruebas de la fe y de la fidelidad: la lucha del cristiano por mantenerse firme, y el grito de súplica del que ve que sus propias fuerzas flaquean: “¡Señor, sálvame!”: palabras de San Pedro que vuelve a repetir toda alma que acude a Jesús como a su verdadero Salvador. Después, el Señor nos salva. Y, al final,  brota la confesión de la fe, que entonces como ahora debe proclamar: “verdaderamente eres Hijo de Dios” (14,33).

Necesidad de la colaboración: En realidad es importante recordar que San Juan Crisóstomo, comenta que en este episodio, Jesús enseñó a Pedro a conocer, por propia experiencia, que toda su fortaleza le venía del Señor, mientras que de si mismo sólo podía esperar flaqueza y miseria. Por otra parte, el Crisóstomo llega a decir que “cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios. De ahí el reproche “hombre de poca fe” (14,31). Por eso cuando Pedro empezó a temer y a dudar, empezó también a hundirse hasta que, de nuevo, lleno de fe, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Si como Pedro flaqueamos en algún momento, también como él esforcémonos en nuestra fe y gritemos a Jesús para que venga a salvarnos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR MUESTRA NUESTRA ADMIRABLE TRANSFORMACIÓN POR LA GRACIA DE DIOS ( Misa vespertina de la Transfiguración del Señor, el día 5, sábado, por la tarde; y Misas del Domingo de la Transfiguración, el día 6, por la mañana y por la tarde )

LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR MUESTRA NUESTRA ADMIRABLE TRANSFORMACIÓN POR LA GRACIA DE DIOS ( Misa vespertina de la Transfiguración del Señor, el día 5, sábado, por la tarde; y Misas del  Domingo de la Transfiguración, el día 6, por la mañana y por la tarde )

Según el Evangelio del XVII Domingo del Tiempo Ordinario, con dos parábolas, presenta Nuestro Señor Jesucristo el valor supremo del Reino de los Cielos y la actitud de los humanos para alcanzarlo. Aun siendo muy parecidas entre sí, presentan diferencias dignas de notar: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra, queda inundado de un profundo gozo.

Así es la vocación, la verdadera sabiduría, el “deseo del Cielo”: a veces se presenta de un modo inesperado, otras sigue a una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud de los humanos es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: va y vende cuanto tiene y la compra: el desprendimiento, la generosidad, son condición indispensable para alcanzarlo.

Dice San Josemaría Escrivá Balaguer, en “Es Cristo que pasa” que “quién entiende el reino de  Cristo, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo. El Reino de los Cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par”.

“TODA CLASE DE COSAS”

“Toda clase de cosas”: así hay que traducir con la casi totalidad de manuscritos griegos y las versiones antiguas. En algunas versiones se lee: “toda clase peces”. La red barrendera es muy larga y de unos dos metros de ancho: al extenderla entre dos barcas, forma, dentro del agua, una pared de doble y triple malla; que al arrastrarla recoge, junto con toda clase de peces, otras muchas cosas: algas, hierbas, diversos objetos…

Consideremos que la parábola puede hacer par con la de la cizaña, ésta en lenguaje agrícola, aquélla en ambiente de pescadores: la red es la Iglesia; el mar es el mundo.

“LA VERDAD DOGMÁTICA DEL JUICIO”

 En esta parábola está claramente enseñada la verdad dogmática del Juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías, especialmente al Juicio y al Infierno: con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de las verdades. Todas estas cosas se dice para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.