TODOS SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR. (HOMILÍA DEL 26 DE NOVIEMBRE DE 2017. SOLEMNIDAD DE CRISTO, REY DEL UNIVERSO).

Celebramos, el Domingo correspondiente al 26 de noviembre del año 2017, la escena grandiosa del acto final, que hará entrar todas las cosas en el orden del Juicio Final. La tradición cristiana le da el nombre de “Juicio Final”, para distinguirlo del “juicio particular” al  que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte. La sentencia dictada al final de los tiempos no será sino la confirmación pública y solemne de la suerte cabida ya a elegidos y réprobos.

En este pasaje evangélico se pone de manifiesto la enseñanza de algunas verdades fundamentales de nuestra fe: 1) La existencia de un juicio universal al final de los tiempos.2) la identificación que Cristo hace de Sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado. 3) Finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

AL FINAL, EL MESÍAS JUEZ DE VIVOS Y MUERTOS

En los testimonios de los Profetas y en el Apocalipsis se representa al Mesías, como a los jueces, en un trono. Así vendrá Jesús al fin de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos.

La verdad del Juicio Universal, que consta ya en los primeros símbolos de la Iglesia, es un dogma definido solemnemente por el Papa Benedicto XII en la Constitución, “Benedictus Deus”, del 29 de enero del año 1336, Esta verdad del Juicio universal, que consta ya en los primeros símbolos.

IMPORTANCIA DE LAS OBRAS HECHAS POR AMOR

Todas las facetas enumeradas en el pasaje –dar de comer, de beber, vestir, visitar- resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos “pequeños”, se ve en ellos al mismo Cristo. De aquí la importancia del pecado de omisión. El no hacer una cosa que se debe hacer supone dejar a Cristo desprovisto de tales servicios.

“Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres, Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas- Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte del mismo poema divino, que Dios escribe en el concurso de nuestra libertad”, (Así lo afirma San José María Escrivá en una obra suya titulada “Es Cristo que pasa”, número 111).

SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR

Seremos juzgados sobre el amor. El Señor nos pedirá cuenta no solamente del mal que hemos hecho sino además, del bien que hayamos dejado de hacer. De esta forma, los pecados de omisión aparecen en toda su gravedad, y el amor al prójimo en su fundamento último: Cristo está presente en el más pequeño de nuestros hermanos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA VIGILANCIA HA DE SER CONTINUA Y PERSEVERANTE. (HOMILÍA: XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 19 DE NOVIEMBRE DE 2017).

La enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo. La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe optar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso, estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo.

VIGILANCIA CONTINUA

Esta vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, “como león rugiente, merodea buscando a quien devorar” (1 San Pedro 5,b). “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las Obras (…); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen (…), aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que El te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá” (San Agustín, Sermón 93).

El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable, que equivalía a unos cincuenta kilos de plata. Y, en esta parábola, el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante, durante toda la vida. Efectivamente, hay que hacer rendir todos los dones de la naturaleza y de la gracia recibidos del Señor. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar.

CRISTO, EN LA VIDA ORDINARIA

Tengamos en cuenta que la vocación cristiana no se puede esconder, ni esterilizar, debe ser comunicativa, apostólica, entregada. “No pierdas tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo” (San José María, en “Amigos de Dios, nº 47).

A un fiel cristiano corriente no puede pasarle inadvertido el hecho de que Jesús haya querido explicar la doctrina de la correspondencia a la gracia sirviéndose como figura del trabajo profesional de los hombres. ¿No es esto recordarnos que la vocación que la vocación cristiana se da en medio de las ocupaciones ordinarias de la vida? Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida cristiana al Señor, o no lo encontraremos nunca” San Josemaría, Conversaciones n.114.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


RESPONSABILIDAD DE LOS HUMANOS ANTE DIOS NUESTRO SEÑOR. (HOMILÍA DEL XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: 12- NOVIEMBRE-2017).

Estamos terminando las semanas del Año Litúrgico y las lecturas nos van orientando hacia el final de la historia del mundo y la vuelta gloriosa del Resucitado. El libro de la Sabiduría, en la primera lectura de la Misa del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, correspondiente al 12 de Noviembre, nos invita a prepararnos para entrar en el banquete eterno. Y Jesús saca la lección, que viene en el Evangelio: “velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Ciertamente la enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo.

La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe adoptar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

 VIGILANCIA CONTINUA

Esa vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que “como león rugiente, merodea a quien devorar”, dice la Primera  Homilía de San Pedro, capítulo cinco y versículo ocho. Y  San Agustín en el  Sermón, 93, afirma “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras; prepara las lámparas, cuida que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que El te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá.”

Por eso, es bueno recordar que existe actualmente una pésima costumbre de retrasar nuestros compromisos cristianos para más tarde: el bautismo, la confirmación, el matrimonio, sin tener en cuenta su significado profundo ni la gracia espiritual que comporta. Retrasamos el prepararnos mejor, el cumplir los mandamientos, el ser cristianos consecuentes.

Por nuestra pereza y abandono no concordamos nuestro tiempo con el de Dios, sin caer en la cuenta de que solo Dios es dueño del tiempo. Él llega cuando Él decide y si no estamos preparados, no es porque nos haya faltado tiempo. Siempre es buen tiempo para conocerle, amarle, cumplir sus deseos y ser agentes de un mundo más acorde con su voluntad. Retrasar el ser buen hijo, buen padre, buen amigo, buen ciudadano, constituye una insensatez y un desprecio para quien nos creó a su imagen, pero, vivir atentos a que Dios pueda visitarme en cualquier momento, constituye siempre una actitud filial responsable.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y también Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.