ENSEÑANZAS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR, EN EL JORDÁN. (Homilía: Fiesta del Bautismo de Jesús. 8.I.2012).

BAUTISMO DE JESÚS POR SAN JUAN BAUTISTA, EN LAS AGUAS DEL RÍO JORDÁN.

 Proclamaba Juan: “detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo”. Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacía él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Así relata el evangelista San Marcos el Bautismo del Señor en el río Jordán.

MISTERIOS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Nuestro Señor Jesucristo, al hacerse bautizar por Juan el Bautista, en las riberas del río Jordán, realiza varios misterios. En primer lugar, santifica el agua, materia del Bautismo, y le infunde, al ir unida con las palabras del rito del Sacramento, la eficacia para borrar en el que se bautiza el pecado original, e incluso cualquier otro pecado, si se tratara de una persona adulta. En segundo lugar, nos da ejemplo de verdadera penitencia al realizarse un impresionante prodigio: ver al mismo Dios hecho Hombre, a los pies de la criatura, mientras Juan se resistía, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?. “Déjame hacer” -le respondió el Salvador-: así es como conviene que cumpla toda justicia, según relata san Mateo. Jesús quiere practicar todas las virtudes, incluso aquellas que son propias de los pecadores arrepentidos. ¡Qué humildad la de Nuestro Señor Jesucristo! Y Juan obedeció y confirió, a la más pura inocencia, el bautismo de penitencia.

REVELACIÓN DEL MISTERIO TRINITARIO

En aquel momento, se abrieron los cielos y se vió bajar al Espíritu Santo, en forma de paloma, y colocarse sobre Jesús. Y, al mismo tiempo, se oyó una vez que decía: Este es mi Hijo, el amado, en ti me he complacido. En este mismo momento, nos es revelado el Misterio de la Santísima Trinidad: el Padre que habla, el Hijo que es bautizado y el Espíritu Santo, en forma o apariencia de una paloma.

El Padre declara que tiene puestas todas sus complacencias en  el Hijo. Y ¿cómo es posible que nosotros no pongamos también las nuestras en Nuestro Señor Jesucristo?. Él es imagen verdadera del Padre, espejo de la divinidad, y en su persona se hallan reunidas todas las perfecciones del Cielo y de la Tierra. Jesús merece, por tanto, todo nuestro amor. Nadie le iguala en amabilidad. Ni padres, ni hermanos, ni esposas o esposos, ni los mejores amigos pueden ser comparados al amor de Nuestro Señor Jesucristo. De verdad, ¿será posible que Jesús que enamora a los Ángeles, a los Santos e incluso al Padre celestial, no nos llene a nosotros de amores y requiebros?.

Por su parte, el Espíritu Santo al posarse , en forma de paloma, sobre Jesús, nos enseña la dulzura y la mansedumbre de de Nuestro Santísimo Redentor. Efectivamente, Jesucristo no es un monarca, un conquistador, un juez. Él es quien nos dice: Aprended de mi, que soy manso y humilde corazón. Sí, aprended de mí y soportad los defectos del prójimo, su carácter, su aspereza, sus impaciencias, sus faltas de delicadeza y muchas veces incluso de educación. Aprended de mí a perdonar sus ofensas, lo mismo que Yo,  Jesús, os perdono las faltas de delicadeza que con tanta frecuencia me hacéis. Ciertamente, de este modo, nos habla Jesús. Y, por nuestra parte, debemos ser dóciles a su voz y estar dispuestos a obedecerle.

LA GRACIA DE LA DULZURA Y LA PAZ

Por eso, debemos pedirle al Señor que nos conceda la gracia de que tengamos dulzura en todos los momentos, dulzura con nosotros mismos para mantenernos en paz; verdadero espíritu de penitencia que nos haga renunciar a cuanto nos pueda apartar de Él, como lo hemos prometido en el Bautismo. Que nuestro pensamiento, nuestra atención, nuestro amor reposen constantemente en Dios, que es el objeto de todas las complacencias del Cielo y de las almas puras y santas.

Finalmente, al dejarse bautizar en el río Jordán, el Señor quiere enseñarnos también a purificar nuestro corazón por el arrepentimiento y a sujetar las malas inclinaciones y los instintos perversos. ¡Quizá existan en nuestra alma egoísmos y sentimientos poco nobles y conformes con la perfección que Dios quiere de cada uno de nosotros! Pidamos, por intercesión de la Santísima Madre, que el Señor nos conceda el espíritu de compunción y de humildad, para que, libres de las ataduras del orgullo y del pecado, llevemos una vida conforme a las enseñanzas y ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

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