LA ACTIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR Y SU ORACIÓN ES UNA LECCIÓN PARA CADA UNO DE NOSOTROS. (Homilía del 13 de agosto del año 2017: XIX Domingo del Tiempo Ordinario).

El Evangelio de este Domingo, Décimo Nono del Tiempo Ordinario, señala que la actividad de Nuestro Señor Jesucristo iba acompañada de sus tiempos de oración a solas. Todo ello es una lección para cada uno de nosotros, porque al olvidarla, podemos convertir toda nuestra actividad apostólica en puro activismo, que más bien parece propio de una ONG.

Por eso vemos, según el Evangelio, que Jesús fue a reunirse con los discípulos que estaban en medio del lago, en una madrugada tormentosa; y el fuerte viento se calmó cuando el Señor dejó de andar por las aguas y subió a la barca. Precisamente, podemos recordar lo que se dice en la Primera Lectura de este Domingo: “Al profeta Elías Dios le habló en la paz de un susurro”, como nos recuerda a todos los buenos cristianos,  que debemos buscar a Dios Nuestro Señor, en la paz de una oración personal sosegada.

JESÚS CAMINANDO SOBRE LAS AGUAS

El impresionante episodio de Jesús caminando sobre las aguas debió de hacer pensar mucho a los Apóstoles, y quedarse grabado vivísimamente entre sus recuerdos de la vida con el Maestro. No sólo San Mateo, sino también San Marcos (6, 45-52), que debió oírlo del mismo San Pedro, y San Juan (6,14-21), lo consignan en sus respectivos Evangelios.

Ciertamente, las tempestades en el Lago de Genesaret son frecuentes y arremolinan las aguas, constituyendo un grave peligro para las embarcaciones pesqueras. Desde lo alto del Monte, Jesús en oración no olvida a sus discípulos. Los ve esforzándose en luchar con el viento que les era contrario y con el oleaje. Y terminada su oración se acercó a ellos para ayudarles.

EL EPISODIO ILUMINA LA VIDA CRISTIANA

Ciertamente también, el episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. Y le anima: “Tened confianza, soy Yo, no temáis”. Y vienen las pruebas de la fe y de la fidelidad: la lucha del cristiano por mantenerse firme, y el grito de súplica del que ve que sus propias fuerzas flaquean: “¡Señor, sálvame!”: palabras de San Pedro que vuelve a repetir toda alma que acude a Jesús como a su verdadero Salvador. Después, el Señor nos salva. Y, al final,  brota la confesión de la fe, que entonces como ahora debe proclamar: “verdaderamente eres Hijo de Dios” (14,33).

Necesidad de la colaboración: En realidad es importante recordar que San Juan Crisóstomo, comenta que en este episodio, Jesús enseñó a Pedro a conocer, por propia experiencia, que toda su fortaleza le venía del Señor, mientras que de si mismo sólo podía esperar flaqueza y miseria. Por otra parte, el Crisóstomo llega a decir que “cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios. De ahí el reproche “hombre de poca fe” (14,31). Por eso cuando Pedro empezó a temer y a dudar, empezó también a hundirse hasta que, de nuevo, lleno de fe, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Si como Pedro flaqueamos en algún momento, también como él esforcémonos en nuestra fe y gritemos a Jesús para que venga a salvarnos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.