LA VIGILANCIA HA DE SER CONTINUA Y PERSEVERANTE. (HOMILÍA: XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 19 DE NOVIEMBRE DE 2017).

La enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo. La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe optar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso, estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo.

VIGILANCIA CONTINUA

Esta vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, “como león rugiente, merodea buscando a quien devorar” (1 San Pedro 5,b). “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las Obras (…); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen (…), aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que El te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá” (San Agustín, Sermón 93).

El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable, que equivalía a unos cincuenta kilos de plata. Y, en esta parábola, el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante, durante toda la vida. Efectivamente, hay que hacer rendir todos los dones de la naturaleza y de la gracia recibidos del Señor. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar.

CRISTO, EN LA VIDA ORDINARIA

Tengamos en cuenta que la vocación cristiana no se puede esconder, ni esterilizar, debe ser comunicativa, apostólica, entregada. “No pierdas tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo” (San José María, en “Amigos de Dios, nº 47).

A un fiel cristiano corriente no puede pasarle inadvertido el hecho de que Jesús haya querido explicar la doctrina de la correspondencia a la gracia sirviéndose como figura del trabajo profesional de los hombres. ¿No es esto recordarnos que la vocación que la vocación cristiana se da en medio de las ocupaciones ordinarias de la vida? Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida cristiana al Señor, o no lo encontraremos nunca” San Josemaría, Conversaciones n.114.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


RESPONSABILIDAD DE LOS HUMANOS ANTE DIOS NUESTRO SEÑOR. (HOMILÍA DEL XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: 12- NOVIEMBRE-2017).

Estamos terminando las semanas del Año Litúrgico y las lecturas nos van orientando hacia el final de la historia del mundo y la vuelta gloriosa del Resucitado. El libro de la Sabiduría, en la primera lectura de la Misa del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, correspondiente al 12 de Noviembre, nos invita a prepararnos para entrar en el banquete eterno. Y Jesús saca la lección, que viene en el Evangelio: “velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Ciertamente la enseñanza principal de la parábola es la exhortación a la vigilancia: en la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. Entre los hebreos las bodas se celebraban en casa del padre de la desposada. Las vírgenes son las jóvenes no casadas, damas de honor de la novia, que esperan en casa de ésta la venida del esposo.

La atención de la parábola se centra en la actitud que se debe adoptar hasta la llegada del esposo. En efecto, no es suficiente saberse dentro del Reino, la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

 VIGILANCIA CONTINUA

Esa vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que “como león rugiente, merodea a quien devorar”, dice la Primera  Homilía de San Pedro, capítulo cinco y versículo ocho. Y  San Agustín en el  Sermón, 93, afirma “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras; prepara las lámparas, cuida que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que El te introduzca a la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá.”

Por eso, es bueno recordar que existe actualmente una pésima costumbre de retrasar nuestros compromisos cristianos para más tarde: el bautismo, la confirmación, el matrimonio, sin tener en cuenta su significado profundo ni la gracia espiritual que comporta. Retrasamos el prepararnos mejor, el cumplir los mandamientos, el ser cristianos consecuentes.

Por nuestra pereza y abandono no concordamos nuestro tiempo con el de Dios, sin caer en la cuenta de que solo Dios es dueño del tiempo. Él llega cuando Él decide y si no estamos preparados, no es porque nos haya faltado tiempo. Siempre es buen tiempo para conocerle, amarle, cumplir sus deseos y ser agentes de un mundo más acorde con su voluntad. Retrasar el ser buen hijo, buen padre, buen amigo, buen ciudadano, constituye una insensatez y un desprecio para quien nos creó a su imagen, pero, vivir atentos a que Dios pueda visitarme en cualquier momento, constituye siempre una actitud filial responsable.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y también Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


QUIEN AMA DE VERDAD A DIOS AMA TAMBIÉN A SUS IGUALES. HOMILÍA DEL 29/10/2017. XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Ante la pregunta, el Señor pone de relieve que toda Ley se condensa en dos mandamientos: el primero y más importante consiste en el amor incondicional a Dios; el segundo es consecuencia y efecto del primero; porque cuando es amado el hombre dice Santo Tomás, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios.

Quien ama de verdad a Dios ama también a sus iguales porque verá en ellos a sus hermanos, hijos del mismo Padre, redimidos por la misma sangre de Nuestro Señor Jesucristo: “tenemos este mandato de Dios: que el que ama a Dios ame también a su hermano (1 Ioh 4,21).

Hay en camino un peligro: si amamos al hombre por el hombre, sin referencia a Dios, este amor se convierte en obstáculo que impide el cumplimiento del primer precepto y entonces deja también de ser verdadero amor al prójimo. Pero el amor al prójimo por Dios es prueba patente de que amamos a Dios: “Si alguien dice: Amo a Dios, pero desprecia a su hermano, es un mentiroso” (1 Ioh 4,20).

“Amarás al prójimo como a ti mismo”. Establece aquí el Señor que la medida práctica del amor al prójimo ha de ser la del amor a uno mismo; tanto el amor a los demás como el amor a uno mismo se fundamentan en el amor a Dios. De ahí que, en unos casos, el amor de Dios exigirá poner una necesidad del prójimo por delante de la nuestra y, en otros casos no: depende del diverso valor que tengan a la luz del amor de Dios, los bienes espirituales y materiales que estén en juego.

Es evidente que los bienes del espíritu tienen una precedencia absoluta sobre los bienes materiales, incluso el de la misma vida. De ahí que siempre hay que salvar ante todo los bienes espirituales, sean propios o del prójimo. Cuando se trata del supremo bien espiritual, que es la salvación del alma, de ningún modo se puede correr el peligro cierto de condenarse por salvar a otro, porque, dada la libertad humana, nunca podemos estar seguros de la decisión personal que pueda tomar el prójimo: es la situación que refleja la parábola de las vírgenes necias y prudentes (Mt 25, 1-13) al negarse éstas a darles el aceite; en el mismo sentido dice San Pablo que se haría anatema para salvar a sus hermanos (cfr Rom 9,3), en una frase condicional irreal. No obstante, está claro que hemos de hacer todo lo posible a nuestros hermanos, conscientes de que quien contribuye a que el pecador se convierta de su extravío se salvará él mismo de la muerte eterna y cubrirá la muchedumbre de sus pecados (Iac 5,20). De todo ello se deduce que el mismo recto amor de sí, basado en el Amor de Dios al hombre, trae como consecuencia las exigencias radicales del olvido de sí para amar a Dios y al prójimo por Dios.

EL MANDAMIENTO DEL AMOR

El mandamiento del amor es el más importante porque en él alcanza el hombre su perfección (cfr Col 3,14). “cuanto un alma más ama, escribe San Juan de la Cruz, tanto es más perfecta en aquello que ama; de aquí es que esta alma que ya está perfecta, toda ella es amor y todas sus acciones son amor dando todas sus cosas como el sabio mercader (Mt 13,46), por este tesoro de amor que halló escondido en Dios. Porque, así como la abeja saca del todas las hierbas que allí hay y no se sirve de ellas más que para esto, así también de todas las cosas que pasan por el alma con grandes facilidades saca ella la dulzura de amor que hay; que amar a Dios en ellas, ahora sea sabroso, ahora desabrido, estando ella informada y amparada con el amor como lo está, ni lo siente, ni lo gusta, ni lo sabe porque como hemos dicho, el alma no sabe sino amor, y su gusto en todas las cosas y tratos siempre es deleite de amor de Dios (Cántico espiritual, canción 27, n.8).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 

 

 


“DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS” (HOMILÍA DEL 22-X-2017. XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO).

Los fariseos y los herodianos se unieron para conspirar contra Jesús. Los herodianos eran los partidarios de la política de Herodes y su dinastía. Veían de buen grado la dominación romana y, en materia religiosa, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos eran celosos cumplidores de la Ley, antirromanos y consideraban el régimen de Herodes y sus sucesores como una usurpación. No se puede imaginar diferencia más radical. Esta unión tan sorprendente indica hasta qué punto odiaban al Señor.

PAGAR TRIBUTO AL CÉSAR

Si el Señor contestaba que era lícito pagar tributo al César, los fariseos podían desacreditarle frente al pueblo, que pensaba con mentalidad nacionalista; si contestaba que no era lícito los herodianos podían denunciarle frente al pueblo, que pensaba con mentalidad nacionalista; si contestaba que no era lícito, los herodianos podían denunciarle frente a la autoridad romana.

Jesús da una respuesta cuya profundidad ellos no alcanzan y que es al mismo tiempo absolutamente fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: dad al César lo que le corresponde, reverso necesario de la cuestión, que no le habían planteado. No existe igualdad de nivel, pues para un israelita Dios trasciende toda cota humana.

¿Qué es lo que corresponde al César? La tributación, que la necesita para la existencia del ordenamiento temporal. ¿Qué es lo que hay que dar a Dios? Evidentemente todos los mandamientos, que implican el amor y la entrega personales.

Como vemos, la respuesta de Nuestro Señor Jesucristo supera el horizonte humano de sus tentadores; está por encima del sí y del no, que querían arrancarle.

LA RESPUESTA DE JESÚS SUPERA EL HORIZONTE HUMANO

La doctrina de Nuestro Señor Jesucristo supera cualquier planteamiento político, y si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal “recuerden – dice “Gaudium et Spes”, en el número 43-, que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión.

Jesús, con estas palabras, reconoció el poder civil y sus derechos, pero avisó claramente que deben respetarse los derechos superiores de Dios, Nuestro Señor (Así se dice en el Documento “Dignitatis Humanae”) y señaló, como parte de la voluntad de Dios, el Fiel cumplimiento de los derechos cíviles.

LOS SADUCEOS, CONTRA LA FE

Los saduceos argumentan contra la fe, en la resurrección de los muertos, apoyándose en una ley judía, la ley del levirato (Deuteronomio 25, 5-10). Esta mandaba que cuando un hombre casado moría sin dejar sucesión, uno de sus hermanos, según un orden establecido, debiera casarse con la viuda, y al primero de los hijos que tuviera se le debía imponer el nombre del difunto.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.