SI LOS CRISTIANOS NOS HEMOS DORMIDO, HEMOS PERMITIDO QUE EL ENEMIGO SE ACERCARA (Homilía: 23-VII-2017: DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO).

Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”. (San José María, en “Es Cristo que pasa”, número 123).

LA CIZAÑA Y EL TRIGO

Como sabemos, la cizaña es una planta muy parecida al trigo, con el que fácilmente se confunde antes de brotar la espiga. Mezclada con harina buena contamina el pan y produce graves náuseas y mareos. Sembrar cizaña entre el trigo era un caso de venganza personal, que se dio no pocas veces en Oriente. El Derecho Romano, en el Libro Digesto, IX, II, lo preveía y lo castigaba.

Efectivamente, “cuando los servidores –añade San José María Escrivá, en el Libro citado­- irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: inimicus homo hoc fecit-, ¡ ha sido el enemigo!. Nosotros los cristianos que debíamos estar vigilantes, para que las cosas buenas, puestas por el Creador en el mundo, se desarrollaran al servicio de la verdad y del bien, nos hemos dormido -¡triste pereza, ese sueño-, mientras el enemigo y todos los que le sirven se movían sin cesar. Ya veis como ha crecido la cizaña: ¡que siembra tan abundante y en todas partes!”.

EXPLICACIÓN DE LA PARÁBOLA

El final de la parábola de la cizaña explica, en figura, la misteriosa permisión provisional del mal por parte de Dios y su extirpación definitiva. Lo primero se está dando en la tierra hasta el fin de los tiempos. Por eso, no debe escandalizarnos la existencia del mal en este mundo. Lo segundo no se da en esta tierra, sino después de la muerte; por el juicio (la siega) unos irán al cielo y otros al infierno.

Ahora bien, pensemos que el hombre es Jesucristo; el campo, el mundo. El grano de mostaza se entiende de la predicación del Evangelio y de la Iglesia: con unos principios muy pequeños llega a extenderse por todo el mundo.

Pensemos además que, la parábola alude evidentemente a la universalidad y crecimiento del Reino de Dios: la Iglesia, que acoge a todos los hombres de cualquier clase  y condición y en todas las latitudes y tiempos, se desarrolla constantemente, a pesar de las contrariedades, en virtud de la promesa y asistencia divinas.

La imagen se toma de una experiencia cotidiana; así como la levadura va poco a poco fermentando y asimilando toda la masa, de la misma manera la Iglesia va convirtiendo a todos los pueblos.

La levadura es también figura del cristiano. Viviendo en medio del mundo, sin desnaturalizarse, el cristiano conquista con su ejemplo y con su palabra las almas para el Señor. “Efectivamente nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solo nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura que ha de informar la masa entera” (San José María Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 120).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


POR MEDIO DE ENSEÑANZAS Y PARÁBOLAS, EL SEÑOR EXPLICA EL REINO DE DIOS. (HOMILÍA: 16-VII-2017: XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO)

Gracias a Dios he visitado siete veces la fértil llanura occidental del Lago de Genesaret, y tal vez pienso que puedo apreciar mejor la entrañable descripción de Nuestro Señor Jesucristo, en la parábola del sembrador. Efectivamente, la llanura está traspasada de veredas, pequeños desniveles entre los que emergen, como nervios, hileras rocosas, pequeños desniveles, que a veces no llegan a aflorar, pero quedan a pocos centímetros de la superficie.

Se ven arroyuelos que, aunque están secos una gran parte del año, conservan una cierta humedad. Incluso hay zonas en las que crecen grandes espinos y cardos. Y, efectivamente, el labrador de esta región, cuando siembra el grano por este terreno desigual, ya sabe que la semilla brotará desigualmente también, según la condición de la tierra por donde va pasando.

EL DISCURSO DE LAS PARÁBOLAS

Por otra parte, si nos detenemos un poco en el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo, que estamos comentando, encontraremos hasta siete parábolas de Jesús, por lo que puede llamarse a este capítulo, del que en este domingo comentamos un poco, “el discurso de las parábolas del Reino” y también “parábolas del Lago”, porque las pronunció Jesús junto al Lago de Genesaret.

Efectivamente, por medio de comparaciones o parábolas prolongadas, Jesús explica algunas características del Reino de Dios que el viene a establecer, como lo afirma el Evangelio de San Mateo, en el capítulo tercero. Y así es, porque la pequeñez y humildad de los orígenes; su crecimiento progresivo; sus dimensiones universales; su fuerza salvífica: Dios llama a todos a la salvación, pero sólo la alcanzarán los que reciben la llamada con buenas disposiciones y perseveren en ellas; el valor extraordinario de los bienes espirituales que aporta el Reino, a cambio de los cuales el hombre debe entregar cuanto posee; la mezcla de buenos y malos hasta el tiempo de la siega o juicio divino; la íntima conexión entre los aspectos terrestres y celestiales del Reino, a cambio de los cuales el hombre debe entregar cuanto posee; la mezcla de buenos y malos hasta el tiempo de la siega o juicio divino; la íntima conexión entre los aspectos terrestre y celestial del Reino, hasta su consumación al final de los tiempos.

LA FUERZA DE LAS PARÁBOLAS DEL SEÑOR

Efectivamente, en labios de Jesucristo las parábolas adquieren una fuerza singular. Con este modo de hablar Jesús atrae la atención de sus oyentes, los cultos y los incultos, y, a través de las cosas más elementales de la vida cotidiana, les da luz acerca de las realidades sobrenaturales más profundas.

Jesucristo empleó este género didáctico con suma maestría y perfección; sus parábolas son inconfundibles, tienen el sello de su personalidad y, por medio de ellas, nos ha revelado, de manera gráfica, las riquezas de la Gracia, la vida de la Iglesia, las exigencias de la fe y hasta el misterio del mismo Dios.

Por lo tanto, las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo siguen siendo luz y guía de conducta moral y de lucha ascética accesible a todas las generaciones. Al leer y meditar sus parábolas se puede saborear la adorable Humanidad del Salvador, que se complacía en entretenerse con las gentes de Palestina que le escuchaban, como ahora se complace atender amorosamente nuestras oraciones, por torpes que sean, y en responder a nuestra sana curiosidad para alcanzar el sentido de sus palabras.

Entonces, tengamos en cuenta el valor extraordinario de los bienes espirituales que aporta el Reino, a cambio de los cuales el hombre debe entregar cuanto posee; la mezcla de buenos y malos hasta el tiempo de la siega o juicio divino; la íntima conexión entre los aspectos terrestres.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


“ EL SEÑOR ES BUENO Y CARIÑOSO CON TODAS SUS CRIATURAS”. (HOMILÍA: 9-VII-2017. DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO).

El Señor es clemente y misericordioso, es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Esa bondad de Dios se manifiesta plenamente en Nuestro Señor Jesucristo, en quien se cumplió la profecía de Zacarías: “el rey que viene, pobre y montado en un borrico” (1ª lectura). Cuando estemos agobiados y cansados por las vicisitudes de la vida, acudamos a Él llenos de confianza, respondiendo a la llamada que nos hace: “Venid a mí”, y aprendamos de Él que es manso y humilde de corazón. Así, desde la sencillez, podremos acoger la revelación de las cosas de Dios, tal como nos indica el Evangelio de este domingo. Una de ellas es saber que sí con el Espíritu que habita en nosotros damos muerte a las obras del cuerpo, viviremos, nos añade la Segunda Lectura de este domingo.

 LA VISIÓN SOBRENATURAL VA SIEMPRE UNIDA A LA HUMILDAD

Los prudentes y los sabios de este mundo, esto es, los que confían en su propia sabiduría, no pueden aceptar la revelación que Cristo nos ha traído. La visión sobrenatural va siempre unida a la humildad. El que se considera poca cosa delante de Dios, el humilde ve; el que está pagado de su propia valía, no percibe lo sobrenatural.

Con estas palabras solemnes Jesús nos revela su divinidad. Es el conocimiento que tenemos de una persona lo que da idea de nuestra intimidad con ella, según el principio enunciado por San Pablo: “¿Qué hombre en efecto conoce lo íntimo del hombre que está en Él?” (1ª a los Corintios 2, 11)

Efectivamente, el Hijo conoce al Padre con el mismo conocimiento con que el Padre conoce al Hijo. Esta identidad de conocimiento implica la unidad de naturaleza; es decir, Jesús es Dios como el Padre .

 EL SEÑOR LLAMA A TODOS LOS HUMANOS

El Señor llama hacia SÍ a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad, Sólo Nuestro Señor. El Maestro –y aquellos a los que el da su poder-, puede apaciguar al pecador, al decirle: “tus pecados son perdonados” (San Mateo 9, 32). En este sentido, enseña el Papa Pablo VI: Jesús dice ahora y siempre: “venid a mi todos los fatigados y agobiados, de conocimiento y de pasión, y yo os aliviaré”.

VENID A MI, DICE EL SEÑOR

Efectivamente, “Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de remedio a nuestros males, de confortador, y todavía más, de alimento, de pan, de fuente, de energía y de vida” Homilía de Corpus Christi.

                     

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


JESÚS VINO AL MUNDO PARA QUE LUCHEMOS CONTRA LAS PROPIAS PASIONES, EL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS. (Homilía del III Domingo del Tiempo Ordinario (2-7-2017)

El Señor no vino al Mundo a traer una paz simplemente terrena y falsa, la mera tranquilidad que ansía el egoísmo humano, sino la lucha contra las propias pasiones, contra el pecado y todas sus consecuencias. La espada que Jesucristo trae a la tierra para esa lucha es, según la Sagrada Escritura, “la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Carta a los Efesios, 6,17), “viva, eficaz y tajante…, que penetra hasta la división del Alma y del Espíritu, hasta las junturas y la médula; y descierne los paramentos y las intenciones del corazón” Carta de San Pablo a los Hebreos 4,12″.

En efecto, la palabra de Dios produjo esas grandes separaciones de las que nos habla el Santo Evangelio. A causa de ella, en las mismas familias, los que abrazaban la fe tuvieron por enemigos a aquellos de su propia casa que resistían a la palabra de la verdad. Por eso, continúa el Señor diciendo que nada puede interponerse entre El y su discípulo, ni siquiera el padre o las madre, el hijo o la hija: todo lo que sea un obstáculo debe apartarse (San Mateo 5, 29-3º).

EL ORDEN A GUARDAR

Es evidente que estas palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el Primero y el Cuarto Mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los padres), sino que simplemente señalan el orden que ha de guardarse.

La realidad es que debemos debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas (Evangelio de San Mateo 22, 37), tomarnos en serio la lucha por nuestra santidad; y también debemos amar y respetar –en teoría y en la práctica- a esos padres que Dios nos ha dado y que generosamente han colaborado con el poder creador de Dios para traernos a la vida, a los cuales les debemos tantas cosas.

Pero el amor a los padres no puede anteponerse al amor de Dios; en general no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos; pero si en algún caso se llegase a plantear, hay que tener bien grabadas en la mente y en el corazón estas palabras de Cristo.

Evidentemente, El mismo nos dió ejemplo de esto: “¿ Por qué me buscabais? ¿No sabías que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre? ” (San Lucas, 2, 49); respuesta de Jesús adolescente en el Templo de Jerusalén, a María y José, que le buscaban angustiados.

De este hecho de la Vida de Nuestro Señor Jesucristo, que es norma para todo cristiano, deben sacar consecuencias tanto hijos como padres. Los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño a los padres al amor de Dios, especialmente cuando nuestro Creador nos pide el seguimiento que lleva una mayor entrega; los padres, para saber que los hijos son de Dios en primer lugar, y que por tanto El tiene derecho a disponer de Dios en primer lugar, y que por tanto el tiene derecho a disponer de ellos, aunque esto suponga un sacrificio, heroico a veces.

De acuerdo con esta doctrina hay que ser generosos y dejar hacer a Dios. De todas maneras Dios nunca se deja ganar en generosidad. Jesús ha prometido dar el ciento por uno, aún en esta vida, y luego la bienaventuranza eterna (está en San Mateo, 19,29), a quienes responden con desprendimiento a su santa Voluntad.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico, Licenciado en Derecho Civil y en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.